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Abrazo de medianoche

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noche de luna llena

Vestido con un mono deportivo rojo y un pasamontañas negro, agobiado como estaba, salió a dar un paseo por el mismo camino de siempre, corredor de permutas como era, haciendo su maratón acostumbrado. Mas sentía un sobresalto por lo nuevo, esas mariposillas alborotadoras que llevaba dentro sacándole latidos. En un rato se mudaría del pequeño apartamento en que había permanecido por 12 meses, a uno quizá del mismo tamaño, delimitador de otro espacio en el tiempo de su existencia, pero desconocido.

Se dijo, mascullando las palabras, que pasar noche tan especial sin un amigo o un familiar cercano que lo estremeciera era casi un infarto.

Otro señor, circunspecto él, vestido pulcro hasta el detalle aunque igual de solo, de andar lento y estirado, caminaba el mismo parque pero en sentido opuesto. Su frac gris plata era impecable en aquella noche de algazara, cabal en su planchado y estrictamente ceñido al cuerpo. Había abandonado también la fiesta. Su rostro, lleno de venillas azules, en perfecto trazado, dejaba entrever un leve matiz, también, de angustia. Igualmente se mudaría de casa en un rato.

Corriendo el uno, caminando el otro, llegaron a un sitio común junto a un grandioso lago que, a esa hora, rompía en cristales finos la Luna sobre sus aguas. A su orilla había un banco. Sobre él un único rótulo promovía un producto, al parecer bastante frágil y de nombre corto: VIDA.

Sin percatarse ambos de estar sentados sobre el extremo del mismo mármol, pensaba cada cual en su destino, mientras el frío hacía más dura esa tormenta que es la soledad humana. El hombre vestido de manera informal latía con susto y saña. El de etiqueta, tenía la inmovilidad de los muertos. Ambos permanecieron con la impavidez de un cisne hasta que, con la medianoche, se acrecentó el ruido de una fiesta a lo lejos y el cielo se llenó de luces, apurando un amanecer desbordante de naranjas y fresas que les permitió descubrirse. Se miraron a los ojos con asombro y recelo. Pensaron lo mismo: «¡Este puede ser un atracador, un bandido!».

CORAZÓN, confiado, latió fuertemente. CEREBRO, escéptico aún, se quitó su sombrero en un gesto de acostumbrada cortesía. Se acercaron acortando la distancia que había existido entre ellos, mientras el diálogo comenzaba a calentar la lumbre de la esperanza. El primero comentó: «¡Otro año nuevo!». El segundo, con cierto rictus, preguntó: «¿Vida nueva?».

Primero empezaron a reírse bajo, a darse golpecitos de afecto mientras conversaban. Luego estalló una carcajada y hasta decidieron intercambiar prendas de sus disfraces, mientras se encaramaban sobre el banco, eufóricos.

El ahora no tan rojo, gritaba: «¡Emoción!». El ya no tan gris, todavía tratando de guardar la compostura, decía convencido: «¡Raciocinio!». Mas, al rato, una jubilosa metamorfosis les hizo fundir sus maneras de mirar la vida, al punto que ya no se entendía lo que defendía cada uno, cuando de pronto quedaron como estatuas, mas no de piedra, sino de temblor común y noble.

CEREBRO, convencido, comentó: «Creo que podríamos compartir apartamento». CORAZÓN, conmovido, soltó solo un suspiro y dijo quedo: «¿Me dejas que te dé un abrazo?».

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