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[ARTICULITO 29] Cómo el trabajo se integra al capital

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Vamos a usar, en el texto que sigue el vocablo “subsumir”.  Cuando Marx lo utilizó en “El Capital” la palabra no estaba aceptada oficialmente en el idioma español y al traducirlo había que usarlo como un neologismo y su interpretación era más discrecional. Actualmente ya ha sido incorporado al idioma y nos parece que de una manera que se corresponde con la intensión semántica que usó Marx. El término no está ampliamente explicado en el “El Capital” sino más bien en unas notas que el mismo Marx denominó “capítulo VI” y que nunca han sido incorporadas realmente a ninguna de las versiones de dicha obra.

Lo cierto es que según el diccionario de la lengua española, el verbo transitivo “subsumir” tiene dos acepciones; 1. Incluir algo como componente en una síntesis o clasificación más amplia. 2. Considerar algo como parte de un conjunto más amplio o como caso particular sometido a un principio o norma general.

Es decir algo se subsume cuando se hace parte de algo más amplio, que lo arropa, lo incorpora a una totalidad más amplia o más general. Por eso darle sentido de subordinación, como habitualmente se hace no es, en general, correcto. De hecho Marx –según he leído de algunos de sus traductores, no se alemán y por ello lo he leído básicamente en español– cada vez que necesitaba la idea de subordinación usaba otro vocablo bien distinto. “Subsumir”, además, tiene un sentido más amplio que “incluir” aun cuando en algunos casos puedan ser sinónimos, y por ello no es correcto usarlo en esta dirección acríticamente. Para que entendamos mejor, usemos este simple ejemplo: la mantequilla se subsume a la mezcla para hacer galletas, no se subordina a ella. Notemos que esa relación no implica, necesariamente un criterio de valor de ningún tipo. Lo que si es cierto es que la cosa original, la que se subsume, en este caso la mantequilla, desaparece como tal. En el caso de las galletas, que el resultado sea positivo o negativo depende, básicamente, de la habilidad del galletero. Por supuesto la idea contiene además la idea de subordinación de una cosa en la otra, pero no de manera simple y exclusiva, sino más bien en una forma inclusiva y compleja.

En todo caso recordemos que, esencialmente, toda palabra es una metáfora, que significará lo que se quiere que signifique, tanto desde el punto de vista de quien la dice como de quien la interpreta. Es parte de ese juego que por un lado es ideología y por el otro simple cultura. Veamos que por ahí van las cosas.

Deberíamos habernos dado cuenta, a esta altura de la discusión que hemos venido desarrollando, que todo este asunto de la formación y extracción de la plusvalía, hace que el trabajo se convierta en instrumento del proceso de valorización del capital, es decir en elemento más que esencial indispensable, para la producción de plusvalía. Es así, que el proceso del trabajo se subsume en los procesos de valorización del capital.

Regresemos a la pregunta que nos hacíamos antes, pero formulada de otra forma ¿Sí ya todos entendemos que ser obrero es ser un esclavo moderno, por qué no nos revelamos y nos hacemos todos capitalistas y ya?

Ya hemos insistido varias veces en la idea capitalista de que todos somos iguales. Hemos hablado que esa idea le garantiza al trabajador que si no está dispuesto a aceptar las condiciones del patrón, puede simplemente morirse de hambre sin que nadie pueda recriminarle nada.

Pero veamos lo siguiente. Si todos llegáramos a ser propietarios de los medios de producción nadie sería obrero, es decir no habría quien trabaje y entonces no habría a quien explotar, desaparecería la ganancia y con ella el capital. Si todos fuésemos ricos, no habría pobres que nos produzcan la riqueza. Esa es una situación que no solamente no es posible, sino que además en lugar de resolver, agrava la situación.

Ya varias personas, entre ellos mi papá, han dicho antes que nadie hace plata trabajando, y ello implica al mirarlo desde la óptica del mercado, que no es que solamente que el obrero este subordinado al patrón sino que es el trabajo mismo, el que se ha hecho parte esencial del capital, se ha subsumido en él.

Recordemos que el capitalismo llegó a ser el sistema global que ha llegado a ser a través de un largo proceso  –proceso por cierto no uniforme, pues no ha ocurrido de manera idéntica en todas las sociedades, en todos los pueblo, en todas las formas de producción– a través del cual ocurrieron dos cosas: Se formó una nueva clase dominante, la burguesía, que se enfrentó de manera simultánea, a los dueños de la tierra y a los artesanos y campesinos. Todo esto condujo a que esa nueva clase le quitó, en primera instancia, los medios de producción a los sectores trabajadores, y aquí hablamos de “sectores” porque en ese momento no eran clases sociales de manera completa, por lo menos no en el sentido actual del término. Y no fue que los compró o algo así, simplemente los tomó a sangre y fuego, especialmente en todas aquellas circunstancias en que no pudo hacerlo de por las buenas.

Pero no le bastó con ese hecho, progresivamente hasta llegar a la situación actual, se fue apropiando, además, de los conocimientos y saberes contenidos en el proceso del trabajo. Pero el capital llegó, realmente, a ser dueño de todo eso, cuando reconstruyó el proceso del trabajo bajo su total hegemonía, llegando así al momento en que puede explotar a la humanidad en su conjunto sin mayores problemas.

El asunto es que nunca fue suficiente con quitarle a los trabajadores de los medios de producción, no si estos, los obreros, podían seguir siendo dueños del conocimiento y poseyendo, de alguna manera, control sobre el proceso del trabajo. Pues mientras eso siguiese siendo así, el patrón tenía problemas para hacerlos producir más de lo estrictamente necesario y al mismo tiempo controlar todo el proceso. Esencialmente, porque desde el momento en que el trabajador conoce y domina el proceso de producción puede manipularlo en función de sus intereses y en contra de los del patrón.

En segundo lugar, por ese conocimiento completo del proceso, el trabajador, si por alguna circunstancia llegara a estar en condiciones de adquirir medios de producción podría el mismo hacerse capitalista, –de hecho así surgieron algunos de los grandes capitales actuales–. Y es que en base a ese principio burgués según el cual “todos somos iguales” cualquier persona que por algún medio haya acumulado una cierta cantidad de dinero, bastante buena y no importa cuál fue el medio por el cual lo hizo, (pues entre más buena sea esa cantidad menos preguntas se le harán) puede adquirir medios de producción y como conoce el proceso de producción integralmente llegar, sin grandes problemas, a ser un capitalista más. En la historia de la burguesía venezolana  –que por cierto, no llamo nacional, porque no existe tal cosa que podamos llamar “burguesía nacional” por muy nacionalistas y reformistas que pretendan ser–, existen abundantes ejemplos de individuos y familias, los Mendoza entre ellos, que por la vía de acumular fortunas a través de actividades no muy santas, llegaron a ser lo que hoy son. Y no hay problemas en la posibilidad de ser aceptados por la burguesía, pues para estos el único pedigrí que se requiere para entrar en su exclusivo circulo, es un balance de cuenta corriente verdaderamente abultado.

Por ello, gracias a la igualdad creada por la democracia liberal, lo único que se necesita para ser un buen burgués es tener dinero, mucho dinero, bueno en realidad tener capital, mucho capital, –que es otra cosa–, sobre el origen del cual nadie preguntará nunca.

Podría ocurrir, de manera fortuita –cosa que realmente, casi nunca ocurre–, que un trabajador llegue a obtener una fuerte cantidad de dinero que le permita independizarse realmente, es decir que puede llegar a comprar un medio de producción, un taller por ejemplo, relacionado con el conocimiento que él posee. Si le va bien –cosa que habitualmente ocurre menos aún– crecerá, empezará a contratar fuerza de trabajo y puede llegar a transformarse en un burgués pequeño. Y comenzarán a pasar cosas en su vida: Se desprenderá, por ejemplo, de la obligación cotidiana de obedecer y progresivamente aprenderá, primero a dirigir y luego a mandar, y así llegará a ser un patrón. Entonces comenzará a pensar que los trabajadores solo lo quieren robar y que es por ello que se organizan y hacen huelgas. Así aprenderá a desconfiar de todo lo que representa lo que alguna vez fue y no solo se mudará del barrio a una urbanización, sino que romperá culturalmente con todo lo que huela a barrio y a obrero.

Ciertamente, mientras sea el trabajador el que sabe cómo se hacen las cosas, mientras tenga dominio conceptual sobre los procesos de producción, puede revelarse frente a los esquemas y pretensiones del patrón y por ello, en esas circunstancias el poder del capital sobre él es débil. El patrón puede verse obligado a acuerdos, pactos y negociaciones para poder seguir manteniendo el control, cosa que no le conviene pues para que el proceso no tenga riesgos todo debe estar bajo su real hegemonía.

Marx dice que en esta situación el obrero es la base técnica de la producción, es la fase subjetiva del trabajo, pues el capitalista ha tomado el trabajo tal y como lo encontró. Lo que ha hecho es controlar las materias primas, los locales y las máquinas –cosas muy costosas para un trabajador que habitualmente no posee capital– y los obliga a entregar su fuerza de trabajo, a cambio de un salario, haciendo lo mismo que hacía antes pero ahora en forma de trabajo cooperativo. Ya la costurera no cose para sí, sigue cosiendo igual y las mismas cosas pero su trabajo es para el capitalista, que es el dueño de las maquinas, las telas y de todos los otros materiales necesarios.

Pero además la costurera ya no cose sola, lo hace en un taller donde otras costureras hacen lo mismo que ella. Es decir lo que ha cambiado no es el carácter del trabajo sino su forma social.
Esta situación que solo cambia la forma del trabajo sin alterar el proceso mismo es lo que Marx llamó subsunción formal del trabajo en el capital. Ya el trabajador ha caído bajo el control, el dominio, del capital, pero todavía podría, en teoría al menos, independizarse y convertirse en un burgués, aun pequeño, pues todavía, en teoría al menos repetimos, conoce el proceso, lo domina y los medios de producción son, todavía, relativamente alcanzables.

Decíamos que la costurera de la que hablábamos, simplemente pasa a trabajar en un taller, que ahora es del capitalista, junto con algunas o muchas otras costureras que hacen todas lo mismo, esa es la etapa del asunto que Marx llama de cooperación simple, pues cada trabajador realiza de manera completa todo el proceso de trabajo, solo que reunidos varios en el mismo sitio y bajo el control de un patrón.

El siguiente paso que realiza el capital en el control del proceso del trabajo es pasar del trabajo cooperativo a un nivel superior, al dividir dicho proceso en una secuencia de operaciones más simples, fragmentación que se incrementa hasta el punto en que ningún obrero hace el trabajo completo sino solo una parte de él, de forma tal que el trabajo terminado es producto del trabajo del conjunto de trabajadores, hasta llegar al momento en que ninguno de ellos conozca la totalidad del proceso. Todavía el proceso es el mismo, pero su realización ha sido repartida en fragmentos entre todos los trabajadores, de forma tal que ni siquiera necesitan estar en el mismo lugar. Por ejemplo, las telas se seleccionan, se cortan y se preparan en un lugar y en otro distinto se arman los vestidos, los pantalones o las chaquetas que se hacen con ellas.

Así comienza con esta parcelación del trabajo un doble proceso, por un lado aparece la especialización, ya no hay una costurera que haga de todo, sino especialistas en hacer pantalones o chaquetas o hasta en preparar y cortar las telas. Por otro lado, comienza a utilizarse la tecnología mecánica para favorecer y potenciar esta especialización. Ya no se fabrican, por ejemplo, una máquina capaz de coser cualquier tela, sino una adaptada a un trabajo especializado, supuestamente porque así se incremente la efectividad. Pero la base de todo el proceso sigue siendo la capacidad, el conocimiento, es decir la habilidad de un trabajador para hacer un determinado trabajo.

Pero el capital se las ingenia, y lo hace muy bien, para comenzar a descomponer el trabajo, para comenzar a sacarlo, no solo de las manos del trabajador sino sacarlo también de su cerebro y objetivarlo en una máquina. Ocurre entonces, lo que Marx llamó la subsunción real del trabajo en el capital.

Ya, no solamente se le expropia al trabajador de los medios de producción, sino que lo eliminan como base técnica del proceso del trabajo, siendo desplazados por máquinas. Es decir, el trabajo lo hace una máquina y el trabajador es apenas el operador de esa máquina, en cierta forma parte de ella, simplemente. Ya la fábrica de ropa no necesita costureros o costureras, contrata obreros que con un simple entrenamiento  aprenden a operar máquinas que hacen la ropa que se va enviar al mercado. De hecho no se contrata obreros que conozcan todo el proceso de producción pues ello podría generar problemas de control, sino se contrata simples operadores de máquinas.

El asunto es que al llegar a este nivel ningún obrero, ni individual ni colectivamente, puede reproducir el proceso del trabajo a menos que se apropie del capital en su totalidad, es decir a menos que ocurra una revolución que cambien no la forma social del trabajo sino su carácter mismo.

Pero además se rompe con el mito de que cualquiera que tenga algo de dinero, unos churupitos como decimos por aquí, puede hacerse capitalista. La cosa es que las cantidades de capital que se requieran son ahora mucho más grandes. Es decir el sistema-mercado no solo subsume el trabajo en el capital, sino que obliga a que el pez pequeño se deje comer por el grande. Es decir, aunque en teoría, muy en teoría, en el capitalismo cualquiera puede ascender, en la realidad los que pueden estar arriba son cada vez menos, de hecho, actualmente menos del 1% de la población mundial total.

Vamos a dejar esto hasta aquí, por ahora. Seguiremos en el próximo articulito.

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