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[13 DE ABRIL] El día que derrotamos el silencio

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13A

El 12 de abril de 2002 fue, sin dudas, un día muy especial. La noche del 11, cuando por fin traté de ir dormir, lo hice vestido. No sabíamos que podía pasar. Aunque quiero confesarles una cosa: hasta ese momento yo no había terminado de aceptar a Chávez, habían cosas que no lograba aceptar, que chocaban en cierta forma con mi historia; para uno él no era más que, en todo caso, un militar nacionalista, con el peligro latente de que fuese simplemente un milico más, un lobo disfrazado. Sin embargo, era imposible que uno pudiera permanecer indiferente, no participar, no involucrarse.

Ese día, salí muy temprano, no aguantaba más el silencio de la habitación. Subí al centro de Mérida y fui a encontrarme con un grupo de camaradas que estaban intentando organizarse, hasta donde eso era posible en aquellos momentos de abierto desconcierto. Pero en la casa donde estábamos no habían condiciones mínimas de seguridad y decidimos no permanecer juntos. Salí caminando y llegué a la plaza Bolívar donde un tumulto de unas 300 personas, las bandas adecas, estaban asaltando la gobernación. Un camara que me reconoció se me acercó y me dijo, ¡váyase de aquí camarada, alguien lo puede reconocer! Bajé a buscar un transporte para irme donde una hermana, una casa más o menos segura. Le avise a los compas donde iba a estar y bajé. Cuando íbamos en la camioneta noté que algo pasaba. Al pensarlo con cuidado me di cuenta por fin de lo que me aturdía, era un especial silencio. Nadie decía nada, nadie hablaba, ni siquiera los que andaban acompañados. Todo el mundo miraba como si no hubiese nada que mirar. Cuando llegué a casa en el televisor también encontré silencio, pero inmediatamente me di cuenta de que era otro silencio. El del transporte era el silencio de quien espera que pase algo, esa mezcla de miedo y expectativa que circunstancias que no entendemos del todo, nos arropa. El de la televisión era otra cosa, es el silencio cómplice del que oculta algo, del que deliberadamente esconde la verdad. Ya cerca de mediodía, por unos camaradas de Caracas supe que el pueblo había salido a la calle, que los barrios estaban bajando, que pasaba algo en la puerta principal de Fuerte Tiuna, cosas que empezaron a confirmar la tesis sobre los dos silencios.

Luego, como a las 2 de la tarde vino a buscarme mi hija María Alejandra: Papá vámonos, me dijo, vamos a tomar la residencia del gobernador hasta que suelten a Florencio. Cuando llegamos allí, una zona de clase media alta, Las Tapias se llama, ya había bastante gente, por lo menos eramos más que la poblada que en la mañana estaba tomando la gobernación. Y empezamos a alborotar y a gritar consignas y la gente nos miraba, unos sonreían y otros simplemente preguntaban o dudaban. Desde un carro que huyó nos hicieron unos disparos. Un rato después de las 6, avisaron que Florencio ya estaba en la sede de la Brigada, que ya estaba libre, que subiéramos. Habían bastantes vehículos, del ejercito, de la parte de la policía que no se plegó al golpe y varios particulares (ninguno de la Guardia Nacional, por cierto). Nos montamos como pudimos y subimos en caravana. Y, cosas de la vida, me subí sin notarlo, en un transporte del ejército en el cual iban hasta unos soldados. La gente miraba con sorpresa aquella caravana, con luces de seguridad encendidas, sirenas y gran cantidad de consignas y gritos diversos, recuerdo en especial una fiesta que había en un local al lado de la venta de porquería en forma de comida que queda por la avenida Andrés Bello, donde una señora muy asombrada ella, con lágrimas en los ojos nos amenazó, haciendo señas con las manos, diciendo que era mentira, que no podía ser que estuviéramos regresando, que Chávez no podía regresar.

Al llegar a la Brigada, en la plaza Glorias Patrias, había más gente allí, ya eramos bastante, junto con el gobernador empezamos a subir a pie hacia la gobernación. Íbamos cantando y gritando consignas, y, me encontré de golpe gritando: “Queremos a Chávez, queremos a Chávez...”. Mientras, mirando la gente que desde la calle o desde los balcones seguía la marcha, sin duda numerosa para momentos tan especiales, comprendí de golpe algo, ¡ya no había silencio! El silencio, ese que tanto me impresionó en la mañana, había desaparecido, ¡había sido derrotado! Creo que a veces, no nos hemos dado completa cuenta de lo que eso realmente significa, de lo extraordinario que es esa derrota ha sido. Ojalá nunca lo olvidemos. Y ojalá no permitamos nunca que ese terrible silencio regrese. ¡Depende de todos nosotros! Pues ahora, más que silencio sería estupidez...

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