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Tareas en Comunicación Por: Fernando Buen Abad Domínguez

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"La primera de todas las fuerzas es la opinión pública".

Simón Bolívar (1° de noviembre de 1817).

Tras la victoria perfecta, la autocrítica y el proyecto para la etapa naciente. En materia de Comunicación, un clamor nacional recorre cada rincón. Quedó claro que todos los avances, logrados por el Gobierno Bolivariano, son aún insuficientes para acompañar la dinámica de una Revolución que abre horizontes permanentemente. El desarrollo es desigual y combinado.

La etapa actual exige estrategias y medios de comunicación emancipadores, con agendas propias, capaces de enfrentar las debilidades políticas que restan visibilidad a los logros y que impiden fortalecer la organización y la movilización social. Necesitamos una gran Revolución Comunicacional. Salir de los estereotipos y de los acartonamientos; necesitamos revolucionar las metodologías del relato comunicacional y necesitamos ganar terreno a una estética revolucionaria capaz de orientarse a partir de la ética.

Está claro que el modelo que se ha seguido, hasta ahora, no ha sido capaz de ofrecer respuestas. Está claro que es necesario reconocer nuestras zonas ciegas y nuestras debilidades teóricas y prácticas; está claro que hay que iniciar una etapa nueva que salde lo que está pendiente y que avance hacia instancias superiores. No hay alternativa. No es tan imposible liberarse de los formatos inútiles.

Contamos con recursos, expertos, necesidades y tecnología suficientes para trazar un plan de corto plazo que dé resultados inmediatos y movilizadores. Está claro que lo que debe ser dicho y debe ser escuchado no pude quedar atrapado por la inoperancia ni por el descuido. La Revolución enfrenta una etapa exigente en sus retos ideológicos y las herramientas de comunicación deberán ser factor clave de las nuevas victorias perfectas. No su freno. ¿Nos  quedaremos callados?

(Correo del Orinoco 14 de octubre de 2012)

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México, D.F.

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Usos Delincuenciales de la Comunicación. Por Fernando Buen Abad Domínguez

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Son muchos los delitos “clásicos” a que nos tiene acostumbrados la impunidad, en los usos y abusos de la “comunicación”. Por ejemplo, la mentira planificada y la calumnia sistemática. El repertorio delincuencial en “comunicación” tiene sus fórmulas y protocolos muy rigurosos y se los emplea magistralmente cuando se trata de destruir, todo o en partes, al proletariado que lucha. ¡Cuánta falta nos hacen las fiscalías especializadas en delitos comunicacionales! Sin leyes burguesas.

El capitalismo aprendió, rápidamente, a garantizarse impunidad permanente para sus oleadas delictivas, usando “medios de comunicación”. Inventó, por ejemplo, su noción, siempre ambigua y siempre oscura, de “libertad de expresión” y además regimentó cuanta baratija ideológica fue útil para asegurarse “legalmente” el intocable imperio absurdo de la “propiedad privada”, incluso sobre las “ideas”.

Son campos de entrenamiento predilectos, para los delincuentes de la “comunicación”, todas las novedades tecnológicas y, especialmente, las más útiles para publicitar la marea infernal de mercancías que ya no saben dónde meter. A cuenta de su desesperación por vender y vender mienten, falsifican, exageran y defraudan a mansalva. Su crisis de sobre-producción los enloquece y entonces arremeten lo que sea al costo que sea. Y son tantas y tan frecuentes las andanadas de mentiras publicitarias que nos hemos acostumbrado a dejarlas pasar, por nuestra incapacidad de sancionarlas todas y porque, eso es lo peor, nos hemos acostumbrado a la impunidad que nos ha vuelto invisible su catarata delincuencial cotidiana.

No es el imperio de la “publicidad” el único reino de la delincuencia comunicacional. El campo de la “propaganda política”, incluidas todas sus mutaciones y degeneraciones, es un laboratorio costosísimo en el que se diseñan formas de la manipulación y del fraude, regidas por la lógica del utilitarismo más vulgar, regidas por el culto a la vanidad mercenaria y por el engaño como estética y moral de lo público. Hemos debido padecer las canalladas mediáticas más insolentes y absurdas, de la mano de tesis aberrantes y cínicas como las del mismísimo Paul Joseph Goebbels y sus muchos discípulos de ayer y hoy que, en el colmo de la impudicia, se aplauden y premian entre sí, internacionalmente.

La sanción de los delitos comunicacionales requiere de una corriente nueva de leyes, reglamentos y especialistas imbricados, interdisciplinariamente, con una diversidad de ciencias y técnicas de vanguardia: Sociología, Arte, Historia, Antropología… Semiótica, por ejemplo. Requerimos de espacios educativos populares, capaces de enseñar masivamente conceptos y métodos para la defensa de la integridad emocional e intelectual de los usuarios de los medios de comunicación. Requerimos de un espíritu revolucionario en materia de jurisprudencia y de justicia social. Requerimos de un sistema de sanciones, científicamente fundadas y consensuadas, que no sólo fortalezcan la libertad socialista de la expresión sino que, también, expandan la libertad socialista de la creatividad comunicacional emancipadora.

En una de sus expresiones, más descarnada, la delincuencia comunicacional galopante deja caer todo su peso patológico contra niños y niñas de todo el orbe. Son incontables las fechorías diarias cometidas en lo público y en lo privado, en las televisoras, en las radios, en la prensa escrita y en los “juegos digitales”… sólo la descarga de modelos y mensajes violentos, los crímenes, la sangre, las violaciones sexuales, los latrocinios espirituales e ideológicos que desfilan, sin control, ante los ojos de los niños y niñas, de todas las edades, de todos los países, de todas las culturas…es una monstruosidad demencial ante la que permanecemos, general y patéticamente, mudos y quietos. No es justo.

No pocas veces un hecho delictivo se expande e involucra no sólo a quien lo comete sino a quien lo presencia si se calla o se queda quieto. No pocas veces la comisión de un delito convierte en cómplices a los testigos mudos. Toda la izquierda y todos los militantes socialistas del planeta corremos el peligro de convertinos en cómplices si no accionamos lo que debemos, y lo que podamos, para combatir las oleadas delincuenciales del capitalismo que, usando “medios de comunicación” aplastan la dignidad, la inteligencia, los derechos fundamentales, los estados de ánimo y la educación de los pueblos.

Si es un delito cercenar la información, retacearla, regatearla, deformarla y convertirla en mercancía de la mentira, debe sancionarse formalmente. Si es delito pervertir la integridad intelectual de los niños y las niñas, debe sancionarse formalmente. Si es delito incitar a la violencia, esparcir discursos nazi-fascistas, aterrorizar a los pueblos y degradar la condición humana con mensajes esclavizantes y alienantes… debe sancionarse formalmente. ¿Quién asume la tarea? Del dicho al hecho.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Universidad de la Filosofía

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Los Otros Delitos. Por Mariano Ali

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¿Tiene usted chaleco antibalas en su casa?, ¿Cree que amerita tenerlo mientras escucha, ve o lee los medios? Veamos este punto de vista un tanto embarazoso para algunos. Desactivar la violencia implica desconectarla primeramente desde lo simbólico. La violencia no es solamente física. Creemos que un acto violento se circunscribe exclusivamente en agredir a otra persona vulnerando su cuerpo; pensar así nos alejaría del análisis sobre la manipulación psicológica y los subterfugios muy bien administrados desde algunos medios para usar la violencia como estrategia de captación de audiencia, teleespectadores o lectores con fines lucrativos. Aún recuerdo como mis primeros jefes de redacción en el estado Zulia me decían “la sangre vende”, hecho este que no sólo está ubicado en una experiencia personal sino que lamentablemente representa la esencia de la política editorial de muchos medios que dicen ser éticos y garantes de la libertad de expresión. Tanto usted como yo, y peor, nuestros hijos, estamos sometidos a la violencia simbólica, la cual en parte puede ser definida como aquella que se diluye en la cantidad de mensajes que se transmiten como programas de “entretenimiento” pero donde lo que impera de verdad son asesinatos, violaciones, robos y falsos derroteros de ascenso social en los que se les induce a nuestros hijos al delito como único mecanismo para alcanzar a cualquier costo metas estrictamente materiales. Semanalmente los medios –ansiosos- difunden estadísticas sobre los delitos que se cometen el fin de semana; no obstante, nadie ofrece los datos sobre los asesinatos simbólicos que se ejecutan diariamente en el interior de nuestros hogares.

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Ataques que no se ven. Por Mariano Ali

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Existen amenazas que son imperceptibles a primera vista, pero están ahí, al acecho. Presumimos que los ataques siempre son físicos, de grandes magnitudes donde muchos mueren o ataques selectivos --como expresa el sionismo y Obama- donde se eliminan uno a uno a aquellos o aquellas que no militamos con la subordinación del Destino Manifiesto (recuerde que pensar diferente es un delito para el gendarme imperial). No obstante, preocupa que poco se hable de ataques a nuestra integridad nacional a través de virus electrónicos que de ser incubados en nuestros sistemas informativos en las áreas de defensa, salud, energía, Sistema Nacional de Medios Públicos; entre otras áreas, pudieran generar un caos con lamentables consecuencias.

No es paranoia inducida, se trata de sanas advertencias que hoy incluso ya ocupan la atención de algunos medios de difusión como la BBC de Londres, quien en su portal en Internet esta semana difundió una excelente nota denominada “Las cinco mayores ciberamenazas”, en la cual señala que “la ciberamenaza mostró su cara más fea cuando el virus Stuxnet atacó infraestructuras iraníes en 2010, en un aparente intento por interrumpir su supuesto programa de enriquecimiento de uranio.

A medida que las computadoras se organizan y dominan cada vez más nuestro mundo, cinco amenazas claras pueden identificarse, asegura Eugene Kapersky, fundador y jefe ejecutivo de la firma de computación rusa Kapersky Lab.

¿Cree usted que esto debería ser materia de análisis para nuestras FANB y otros sectores del Estado venezolano?. Dice el dicho popular: “soldado avisado no muere en guerra, y si muere es por descuidado”. Ya Jean Baudrillard lo afirmó hace tiempo: “Las elites electrónicas provocarán la aparición de un Cuarto Mundo informáticamente subdesarrollado”, hoy nos corresponde entonces reflexionar al respecto y darle el lugar que amerita en este momento político que vive la Revolución Bolivariana.

Mariano Ali

@aliperiodista

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Justo en el medio. Por Mariano Ali

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FlechasUna de las características más nocivas que tienen los medios de difusión es la de hacernos creer que sólo el presente “importa”. Como una transgresión física los periodistas sucumben al perenne presente, a la precariedad del ahora. La vida en los medios transcurre y evoluciona de la siguiente manera: nace en las salas de redacción donde se define la línea editorial y pautas del día de acuerdo a los dueños de los medios y sus intereses económicos o pactos políticos, crece en las sugestiones culturales que tienen los periodistas al enfrentar la realidad social y fenece como supuesta verdad en los sentidos de quienes se alimentan exclusivamente por este tipo de racionalidad mediatizada. Para la mayoría de los que andan en este oficio –un tanto nauseabundo debo admitirlo- el pasado no tiene sentido, recordar es un acto marginal, revisar la historia es algo insignificante. Como excusa recurren a supuestos alegatos y afirman que “la noticia es el hoy y el pasado ya no importa”, sometiendo de esta manera a los receptores del proceso “informativo” a una indigestión de hechos que en su mayoría carecen de un contexto adecuado y se presentan de forma caótica y fragmentada. Una de las consecuencias de este tipo de escenarios es la percepción de que el “pasado ha sido superado y como tal pierde interés para la opinión pública”; situación esta que ha vulnerado nuestra identidad y nos ha obligado a estar como meros diletantes de una cotidianidad vacía, sin cimientos que la preceden y sobre todo como aislada de lo acaecido.

Está claro que los periodistas y quienes recorremos estos derroteros debemos estar acuciosamente atentos de lo que ocurre en la actualidad; sin embargo, es imperioso no aislarla por recurrentes excusas atribuidas a la falta de espacio o tiempo en los medios de difusión. Es inconcebible por ejemplo lo que ocurrió con el Bicentenario y sus actos sinuosamente obviados o marginados a cortos espacios en los medios; contrario a ello ve usted amiga lectora y amigo lector como si se empacha a la población de mensajes sin el menor contenido reflexivo y mucho menos ético. Bajo la consigna capitalista de que “hay que difundir lo que se vende”, los medios evidencian lo que verdaderamente son: empresas con fines de lucro (así lo señalan los documentos fundacionales de estas organizaciones del mercadeo informativo). Ahora bien, en este tipo de críticas hay varios involucrados, existe una corresponsabilidad donde estoy seguro que usted y yo tenemos alguna culpa de manera por lo menos indirecta. Si los medios exhiben vacuidad y alardean de mentiras y medias verdades es porque existe una población cómplice que robóticamente todos los días ven, leen, escuchan y compran lo que los ilustren y sesudos confabuladores de la “verdad mediática” exponen a la población. Antes existía principalmente sólo la radio, la televisión y los periódicos para que usted se enterara de aquellos hechos que no estaban al alcance inmediato de sus sentidos en estos tiempos, ese modelo se ha ido transformando dando paso a otros medios donde incluso usted puede incidir, comunicar e incluso generar tendencias en el campo informativo. Los medios de difusión privados seguirán funcionando bajo las premisas del libre mercado de la oferta y la demanda, sin importarles que eso los induzca –obligados unos y otros con gozo- a crear discursos donde “impere el pan y circo”. No podemos ser tan ilusos y pretender emplazar este tema sólo al perenne debate de la libertad de expresión, obviando otros aspectos que están vinculados a la ética, al equilibrio emocional y al derecho que tenemos como ciudadanos de estar bien informados. Los medios siempre están atentos para atacar a quienes según su visión son “populistas”, “demagogos”, “manipuladores”; no obstante es necesario subrayar que en muchos casos estas empresas tienen como política y estrategia precisamente estas características para lograr su principal objetivo: vender publicidad. Para finalizar les ofrezco algunos datos citados por Ludovico Silva en una de sus obras, tomados de Marta Colomina, quien en un momento de extraña lucidez en el año 68, reveló algunas cifras que alertaban sobre a dónde se enfocaba la tendencia de los gustos de los medios de difusión y en consecuencia de la población urbana en la mediocracia de entonces: “el 71,41% de los perceptores de televisión asignan una alta credibilidad al mensaje de las telenovelas; el 60,22% convierte a éstas en “consejos de vida”, o sea, una especie de antropología filosófica trasnochada; el 5,6% pide programas instructivos; el 2,7% exige más espacios noticiosos; el 1,3% se queja del exceso de propaganda, y finalmente, como remate el 90,4% se declara satisfecho con la televisión”.

Mariano Ali

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En Las Cavernas De La Red. Por Mariano Ali

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Cuesta en estos tiempos captar la atención de quienes vivimos en este atribulado planeta. Estamos abarrotados de un indeterminado número de dispositivos tecnológicos creados con el fin de supuestamente estar más comunicados; sin embargo ¿Qué tan cierta es esta afirmación? Con minúsculos ejemplos cotidianos podemos determinar que el tan anhelado sueño de una comunicación plena a través del boom de las nuevas tecnologías está lejos de ser alcanzado. Más que comunicación, es una interacción caótica, fragmentada entre seres vivos, más que intercambio de experiencias o subjetividades, estamos imbuidos en la reconstrucción de nuevas identidades y representaciones sociales: el espacio público o íntimo del diálogo, la palabra “pura”, sencilla, sin algoritmos informáticos, está en plena recomposición. Hoy, hablamos usando partituras mediadas por el glosario y la iconografía de la informática. Por ejemplo, si tienes un Black Berry, para expresar amor envías un corazón o carita feliz, para odio una figura con forma de diablo, para llamar la atención haces ¡Ping!, si quieres transmitir insinuaciones libidinosas mandas el combinado de figuras: un vaso de cerveza o copa de vino, un corazón y una media luna; ¡Hasta cursi suena la cosa! En fin, se trata de una remembranza del hombre de las cavernas en las cuevas de Altamira, quien dibujaba en las paredes como gesto catárquico lo visto en su medio ambiente. Pocas veces concertamos la primera vinculación con otras personas sin antes solicitar una serie de códigos alfanuméricos, números pares, impares o abreviaturas las cuales te establecen un sitio en los millones de no-lugares que “existen” en internet. Este happenings social estructurado por las “inocentes” siglas WWW y los dispositivos móviles apenas se expande y nos muestra escenarios soterrados de seres cosificados por la trama de la tecnología. Casi en extinción están aquellas personas que no tienen más sino sus desvencijados documentos primarios de identidad y la palabra para comunicarse; hoy, las nuevas tecnologías nos adosaron más aspectos identificativos de nuestra singularidad ante el corpus social. A los acostumbrados requisitos: nombre, apellido, cédula, dirección de habitación; se les ha agregado: número de celular, direcciones de correos electrónicos, Twitter, Facebook, Skype, código ping y otros aspectos más que seguro poco a poco irán apareciendo y que nos demostrarán que ya no somos individuos ajenos a lo que irónicamente llamamos a principios del siglo XXI como “realidad virtual” o era digital.

Mariano Ali

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@aliperiodista

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