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El Contratiempo de la verdad en el ejercicio del poder

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censuraprensa

 

"Hay que tener el valor de decir la verdad,
sobre todo cuando se habla de la verdad"
Platón

Uno de los preceptos sobre los cuales se supone que se funda un relación transparente entre las personas lo constituye la voluntad de la verdad. Voluntad curiosa porque su ejercicio consciente solamente se hace evidente cuando mentir es más conveniente para la persona como individualidad o para preservar la relación. Es decir, la verdad es inevitablemente un espacio de disputa. Porque es precisamente la necesidad de mostrar una determinada sentencia como verdadera entre otras posibles lo que hace posible que la verdad emerja como distinción. Es decir, objeto de debate y de disputa.

La idea de la conveniencia personal es una instancia particular, o al menos así lo entendemos, de la idea de preservar la relación. Este tema de preservar la relación hasta el extremo de llegar a la mentira, cualquiera que sea la distancia para llegar allá es fundamental. Porque preservar la relación en los momentos de ejercicio del poder tiene inevitablemente una connotación que es casi ontológica. El poder es esencialmente un ejercicio de cierre de las posibilidades para conseguir que se haga lo que desde una posición, que denominamos de poder, se impone. Quizás, el poder más fundamental es aquel que está oculto, para decirlo con Foucault. Esto es así porque ese poder no sólo está oculto porque ocultarse quiere. Está oculto porque no lo podemos “ver”. La verdad resulta así en una suerte de antítesis del poder. No sólo porque el poder “miente” sino por una razón más fundamental: El poder impide la búsqueda de la verdad, pues ello supone explorar las condiciones que hacen posible un determinado orden de las cosas. Al ser esas condiciones contingentes, ese orden también será contingente y el poder se diluye.

La verdad se erige así en un contratiempo para el ejercicio del poder. No hablamos acá de un poder en términos valorativos de bueno o malo. Es propio en cualquier poder la pretensión de imposición e inevitabilidad. La verdad es lo contrario: es la posibilidad de hacer contingente todo, sin excepción. Pero los seres humanos, al menos los que se identifican con Occidente, somos enemigos de la contingencia. Batallamos por la permanencia y eso es, lo que curiosamente, denominamos verdad. La verdad es aquello que permanece. Pero esta es precisamente la antítesis de la verdad según lo explorado hasta ahora. ¿Y el poder? En particular, ¿Qué ocurre con el ejercicio del poder desde la política?

La pregunta no es ingenua. Pero no es sobre la ingenuidad que nos ocuparemos ahora. Nos interesa la respuesta en términos generales, pero quisiéramos abordar esa pregunta desde la contingencia de estos tiempos en Venezuela. La razón es entender la pragmática del poder y la verdad en estos tiempos. Podrían haber muchas razones, dos bastan. El gobierno prolonga hasta el cansancio un silencio que si bien no miente, cae en el ámbito de la negación al no responder. Por otra parte, la oposición decide no decir la verdad, sino predecirla. Opta entonces por mostrar como inevitable no lo que acaece sino lo que ocurrirá. Estamos sumidos en una suerte de péndulo de un poder ejercido frente a una verdad que usualmente es contraria y la otra, es el poder ejercido desde una condición de predicción que sugiere un poder más contundente y voraz. Voracidad entendida en consumir no sólo la relación en el presente sino condicionarla en el futuro inmediato. Pero, ¿Qué tiene que ver esto con aquello que es objeto del poder? En este caso, con la sociedad venezolana. Veamos.

La ausencia de un discurso que informe a la colectividad de hechos que parecieran tomar al gobierno por sorpresa es un flaco favor para el ejercicio del poder. Pero, ¿Se trata de un asunto de descuido? No lo sabemos. Parece suficiente señalar que eso hace que la relación vertical entre un gobierno que “sabe” y un pueblo que “ignora” se desdibuje y propicie cuadros de desconcierto y desamparo. La situación parece describir una situación de paternidad irresponsable. ¿Se tratará de esto: Una sociedad tutelada hasta hace poco, deberá asumir las riendas de su propio futuro y construcción en la urgencia de una crisis que se prolonga?

Por otra parte, el afán de predecir la verdad puede entenderse como un intento por hacer vertical una relación que se ha hecho “peligrosamente” horizontal para las aspiraciones de la mal llamada oposición venezolana (mal llamada porque no es la única oposición al gobierno y porque además, no fija una posición clara para ser considerada la “contra”). Esa suerte de dominio absoluto sobre la relación sería alcanzado para poder castigar al “desobediente” que ha osado quebrantar el orden de las cosas.

Puestas en estos términos la pragmática del poder, la verdad y la relación entre quienes se establece una relación de poder resulta revelador que sea el gobierno quien no esté movido por un afán autoritario, o al menos, no se revele su gestión como esencialmente autoritaria. Por otra parte, más revelador es aún que la oposición sucumba a las veleidades de autoritarismo perdiendo poder de convocatoria porque esencialmente no convoca para el ejercicio del poder sino para una especie de consagración de un poder que le es transferido de quienes parecen tener serias dudas de que sean sus genuinos representantes.

El drama que vive Venezuela, más allá del tema económico, es que quienes deben granjearse el apoyo de las mayorías, se debaten entre una especie de confianza ciega que le piden al pueblo mantener la relación a toda costa y aquellos que deciden desconocerlo para que el ejercicio del poder sea absoluto. En cualquiera de los casos deberán quienes anhelan conducir a la nación venezolana, revisar de nuevo sus percepciones. No se puede amar lo que no se conoce, ni concederle a la fuerza toda la razón para conducirnos. La tutela que se trata de imponer desde las facciones políticas al resto de los ciudadanos venezolanos es una afrenta a lo que ha sido la historia reciente de la sociedad venezolana. No se puede apelar a su incapacidad para gobernarles una vez que se ha construido un sujeto político históricamente nuevo desde una vocación protagónica, co-responsable y participativa. El diálogo estará sustentado en la verdad siempre y cuando se entienda que es una construcción que responde a diferentes lógicas y no solamente a la la lógica de la imposición y el desconocimiento.

En conclusión, sostener las relaciones con la sociedad venezolana por parte de los sectores que ejercen el poder político demanda en los actuales momentos una alta dosis de verdad. Esencialmente para volver a ganar confianza no para la calma de los mercados financieros, sino la confianza de los ciudadanos de a pie quienes en esencia, son los que a pesar de todo y de todos, siguen sosteniendo la democracia venezolana. A pesar de todos los tropiezos y a pesar de todos los ataques.

A Tiempo: Esta semana se reanudan el diálogo entre las cúpulas de los poderes políticos. Ojalá se recuerden de donde venimos todos y adónde tenemos que ir inevitablemente. El poder que creen ostentar los convierte rápidamente en autistas políticos y desenfrenados actores en un peligroso juego donde está la vida de la patria siendo usada como moneda de cambio. Poco sentido tiene pensar que el diálogo es un espectáculo para las audiencias, cuando en realidad se trata, de una batalla de ideas.

Emergencias: La espiral inflacionaria justificada por el ascenso de un marcador ilegal, sin fundamento y acaso sin cara visible es la revelación de una profunda enfermedad en el imaginario colectivo venezolano: El fetichismo del dólar. La dolarización es un hecho, no importa cuánto se haga para ocultarlo. Las medidas que se tomen deberán estar acompañadas por una campaña sostenida y prolongada de educación económica, política y social. Un aspecto fundamental es una gestión transparente y abierta de las divisas. Si es la administración de lo público y el poder popular es algo más que una entelequía, no hay razones para no hacerlo.

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