Ingrese

logo tatuytv

tatuytv banner 2

[CONTRATIEMPO] - La insoportable veleidad de la transición: ¿Contratiempo del poder?

Compartir

 42 cocodrilos

La insoportable veleidad de la transición: ¿contratiempo del poder?

“Defendemos el proceso revolucionario como

una acción cultural dialogada conjuntamente

con el acceso al poder en el esfuerzo serio

y profundo de concienciación”

(Paulo Freire)
 

Los procesos políticos que se anuncian como acontecimientos en los meses por venir no deben ser admitidos de una vez y para siempre como el cierre de ciclos históricos. Curiosamente, el poder hegemónico de la condición lineal de la historia occidental sigue siendo el instrumento de gobierno con el cual las fuerzas dominantes deciden construir lo que es el espacio de confrontación en el cual se libra la guerra no convencional del presente: la cultura.

Pero cuando decimos cultura no estamos hablando de un algo tangible, definible como espacio de intervención de algunos y mucho menos como espacios de intervención institucional. Hablamos de lo que podría entenderse como la matriz que sirve de fondo sobre el cual cobra sentido lo que hacemos. Esto último es el fundamento sobre el cual Fuenmayor aborda la crisis epocal de Venezuela (“Venezuela: Su enfermedad y crisis actual” http://www.cuestiones.ws/revista/n12/dic02-fuenmayor.htm). En realidad, lo que nos viene ocurriendo revela que lo que está en transición no sólo es un cambio de modelo sino además, un cambio en los modos como podemos entender los cambios en el plano más profundo desde donde damos cuenta de lo que acaece en el mundo. Es decir, podemos afirmar que no se puede explicar lo que nos acontece como individuos, ciudad, nación, continente, civilización o especie sin que esa explicación deba comenzar por admitir que la causalidad es no lineal y, en consecuencia, la propia noción de causalidad es insuficiente para explicar la complejidad que como civilización nos corresponde enfrentar.

Lo anterior sugiere entonces que hablar de transición deba ser revisado profundamente y desde una postura más de asombro y perplejidad que de cálculo y gobierno. Porque efectivamente, hay en el ámbito político nacional venezolano, en el latinoamericano y en el más amplio escenario mundial, procesos que parecen admitir el término transición como la expresión más precisa para dar cuenta del presente. En una evaluación rigurosa deberíamos decir que dicen poco porque en el tiempo nada permanece. Pero es esa precisamente la señal de alarma a la cual debemos estar atentos. Si se admite que estamos en un proceso de transición es porque hay certeza de que hay un conflicto de escenarios para adjudicar sentido a las acciones que ejecutamos y eso es el plano cultural. El que la transición no necesariamente comporte un signo positivo o de mejoría en el futuro pone en entredicho lo esencial del ser humano como conductor y conducido por proyectos. No sabemos que nos depara el futuro porque en sentido estricto, no atinamos a construir una definición que pueda darle cabida a la diversidad cultural que nos informa y nos hace iguales, distintos e incluso extraños.

La transición se revela así de un modo que es veleidoso, reversible e incluso llevados hasta el extremo de la complejidad; la transición es ambivalente, ecléctica, informe, heterogénea y en consecuencia, impredecible. La transición es así resumida en su propia esencia: es cambio. El cambio es el ámbito donde el ejercicio del poder se disputa en el presente. Pero es una disputa que se va diluyendo entre el afán de hacer irreversible a la realidad para alcanzar la seguridad y el afán por la libertad que permita entonces que lo no hegemónico sea posible incluso a pesar de su poca fuerza. Nos encontramos en las veleidades de la transición porque esencialmente quienes las proclamamos no estamos viendo lo mismo y, sin embargo, nos corresponde compartir la realidad que aspiramos transformar. Es una suerte de desencantamiento del primer desencantamiento.

El primer desencantamiento corresponde a la idea de que el destino de la humanidad no está pre-destinado hacia un orden material ascendente y que alcanzará una estabilidad tal que permitirá proclamar el fin de la historia. Este desencantamiento es lo que permite construir espacios de lucha contra todo poder y asumir que el acceso al poder es un asunto de voluntad. El segundo desencantamiento responde a la realización de que todo acceso al poder y cambio estará sometido a los vaivenes de las luchas por el poder lo que supondrá mucho más que un asunto de confrontación de voluntades. Implica necesariamente y, en estos tiempos con mayor énfasis, la alteración del terreno en el cual la voluntad se define, delinea y se limita. Por eso es que el campo de la batalla del presente es el cultural, porque es allí donde nosotros acotamos sin saberlo y en ocasiones sin darnos cuenta, lo que llamamos nuestra voluntad de poder.

La voluntad de poder del presente se debate entre los valores de construir una cultura para el alcance y el ejercicio de todos, o la construcción de una cultura para la manipulación de las grandes mayorías. En cualquier caso, es sospechosa cualquier pretensión que nos quiera hacer ver que la transición no es sino el proceso por medio del cual lograremos un estado irreversible. La única posibilidad de hacer irreversible una realidad es a través de la práctica y cultivo de una voluntad agónica crítica y sincera capaz de reconocer los errores y construir con los otros, por un simple acto de expansión de la humanidad, como antídoto a las oleadas que tratan de borrar la humanidad que se dibujó en la arena de la playa y que al decir de Foucault, se desdibuja inexorablemente.

Finalmente, siempre estaremos en transición por los años por venir. Ojalá no se trate de claudicar ante el empeño de los otros, ni asumir a los otros como los enemigos para el ejercicio de una voluntad individual sino como co-constructores de una voluntad general que deberá por razones de simple supervivencia, apretar los vínculos orgánicos y aflojar los egoísmos.

A TIEMPO: La propuesta del carnet de la patria es un flaco favor a la idea de la construcción heroica de una patria que incluya a las grandes mayorías de un país que requiere la participación de todos, no como un ejercicio de masas, sino como un despliegue de conciencias. Este no es el modo de construir el socialismo. Peligrosamente nos vamos quedando con las formas de una sociedad corporativizada y fragmentada.

EMERGENCIAS: Una sociedad que parece reducirse a las tácticas es una sociedad que ha decidido renunciar al futuro como construcción colectiva. No entender que el país trasciende a la vida de cada cual, nos pone en la misma situación de aquel tristemente célebre monarca francés que anunció: “Después de mi, el diluvio”.. y entonces ocurrió la revolución francesa. O mejor dicho, reducir el sentido de la sociedad a las tácticas es invitar al golpe de los tambores de la guerra.

Compartir