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[CONTRATIEMPO] La movilización política en América Latina: ¿Antídoto contra la guerra no convencional?

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Los actuales procesos políticos en América Latina impulsados por la necesidad de cambiar las estructuras de explotación irracional y desmedida de los territorios y de sus ocupantes han estado sometidos, casi que desde sus inicios, por una constante y oculta maniobra de sabotaje de sus acciones y propósitos para demostrar su carácter fallido y la imposibilidad de su realización. Curiosamente, el modo de atender esta confrontación ha tenido sus altibajos a lo largo de los 19 años que tiene el surgimiento de una postura de cambio político en los conductores de la sociedad latinoamericana después del silencio que impuso el golpe contra Allende y el aislamiento de Cuba como experiencias que no deberían repetirse. Pero ha sido precisamente en esos altibajos donde se destaca un modo que ha venido ganando espacio en los modos como los pueblos despliegan sus luchas y esfuerzos. Se trata de la movilización.

La movilización ha sido históricamente el mecanismo más importante para las clases desposeídas o marginadas por el discurso hegemónico para alcanzar sus objetivos que son esencialmente definidos por carestías antes que por proyectos. La diferencia no es poca porque condiciona esencialmente lo trascendente a lo inmediato. En este sentido, toda una tradición del pensamiento en las ciencias políticas se centró en estudiar a la movilización como una forma espontánea de construcción de un sujeto político precario pero potente. La singularidad de su potencia radicaba en su carácter desordenado que lo hacía imprevisible y, en esa misma medida, temible. Las formas en que se da la movilización en estos tiempos en América Latina hace prever que se está re-escribiendo el concepto de movilización para ser absorbido por una dinámica “institucional” que la convierte en una medida de disuasióm más que en una medida de ocupación. Veamos el caso venezolano.

Si alguna vez la movilización en la política contemporánea ha sido usada en términos perfectamente contrarios a la forma histórica de la espontaneidad, es lo que ocurrió en Venezuela en el año 2002. En cuestión de horas, se vivió la movilización como instrumento deliberado para el derrocamiento de un gobierno constitucional y casi simultaneamente, la movilización como restitución del orden constitucional y el rescate del presidente. La primera movilización fue impulsada por dos momentos que mostraron el uso de la movilización como instrumento del golpe. Convocada una marcha que fue multitudinaria, se procedió a estimular un giro que cambió el lugar y el propósito de la misma a partir de la explotación de una masa enardecida. Aquella masa, que había salido a marchar, se vio en cuestión de minutos llamada a protagonizar un capítulo de la historia con un golpe al orden constitucional. Pero la gente se devolvió de aquella “victoria” sin que en realidad, hubiera quedado una referencia sostenida del sentido de la movilización. La movilización, alcanzado su objetivo, se desdibujó para ser reemplazada por otra, esta de corte más “espontáneo” y reactivo que salvó a la nación venezolana de un baño de sangre. Las diferencias cualitativas de ambas movilizaciones es que el logro de una de ellas demandaba un proyecto de largo aliento que sostuviera las masas movilizadas. Al no ocurrir, la otra movilización que sí respondía a un proyecto de largo aliento llegó y se mantuvo lo suficiente para restituir el orden, que sería retado de nuevo 8 meses más tarde. Pero eso es parte de otra historia. Nos interesa la movilización en tiempos de guerra no convencional.

La guerra no convencional tiene tantas definiciones como alternativas que se buscan para destruir al enemigo. La guerra en estos tiempos se entiende como una confrontación que es esencialmente de percepciones y modos de leer la realidad. Para ello, un aspecto fundamental es poder hacer la realidad no sólo compleja sino caótica para con ello poder generar una situación de incertidumbre tal que permita trasladar la verdad desde la confrontación cotidiana y directa con ella, a una forma mediada, generada por una mirada que asumimos “objetiva” y “amplia” porque tiene la posibilidad de ver más allá de nosotros. Este más allá tiene que ver con superar uno de los aspectos que la guerra no convencional genera: una realidad “nebulosa”. Nuestra incapacidad (cierta o inducida) le otorga a una mirada anónima la posibilidad de ser la verdad más allá de toda duda. La verdad se constituye así no en el escrutinio riguroso de la realidad sino en la creencia ciega en lo que algún agente a quien se le concede toda credibilidad, nos impone. Para ello, el contacto con la realidad como un acto de contundencia adquiere la dimensión de ser un asalto concebido dentro de una guerra de guerrillas. El contacto con la realidad entonces se suscita para quien decide realizarse en esa realidad y a aquellos a quienes de afuera y negando la realidad que supone la presencia del otro, esa contundencia les golpea y despierta. Entonces, la movilización.

Parece que fue hace décadas en la política contemporánea de Venezuela que pudimos “disfrutar” de las movilizaciones como instrumentos de realización de una realidad no mediada por los medios masivos. De interés para nosotros, aquel huracán revolucionario con el cual Chávez convirtió una marcha realmente con poca gente en un ejercicio de “ida y vuelta” sobre una avenida de Caracas para inaugurar la contundencia de las movilizaciones más allá de la sola presencia. Ver a venezolanos entusiastas recorriendo ida y vuelta para llenar aquella calle no sólo reveló lo obvio: Faltó gente. Sino que además, puso en evidencia que la movilización debe tener una organicidad y propósito que trascienda la simple convocatoria porque de lo contrario, esa movilización se queda en estadística.

En estos tiempos, donde parecía que finalmente sería a través de las movilizaciones que se podría dirimir la confrontación política, ha quedado en evidencia que la lucha se da entre dos facciones que se disputan el poder, pero que han perdido el sustrato de hacer política. Cada vez más las movilizaciones van perdiendo el sentido trascendente del reunirse, encontrarse, sumar y llegar al sitio donde los líderes deberán decir lo que corresponda para sentir que se ha batallado. Todo se va resumiendo, paulatinamente en un acto de masas sin destino, sin propósito que vaya más allá del inmediato. El peligro de ello es que así, la movilización la va venciendo aquello que enfrenta: la rotunda cotidianidad y regularidad de estar pero no ser. Allí, quizás radica el drama de la oposición. La oposición al no asumir la derrota y desperdiciar todas sus victorias se convierte en un agente que alcanzada su meta, no sabe que hacer con ella. Acaso, su triunfo en la guerra no convencional no sea finalmente suyo... sino que es además su primera y más rotunda víctima: Compra una realidad que no entiende y sufre una realidad que por culpable incapacidad no ve que está en condiciones de transformarla. El partido de gobierno por su parte, desgasta hasta el cansancio su discurso y lo va haciendo vacío. Movido por la contingencia, el proyecto histórico se desdibuja y desfallece de mengua.

La movilización institucionalizada deja de ser una medida de presión para convertirse en un espectáculo y la trascendencia no se da bien con lo efímero por razones de su propia esencia.

A Tiempo: El gobierno de estos tiempos se hace cada vez más en los fragmentos donde llegan las luces de las cámaras y en esa misma medida, gobiernan más las sombras. Probablemente, en tiempos de la mayor visibilidad posible es cuando más ciegos estamos.

Emergentes: Hay un curioso silencio en los actores políticos. En la política, lo importante es lo que no se ve, dijo Martí. Entonces ahora, todo parece ser importante y la incertidumbre, reina.

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