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[CONTRATIEMPO] - La sombría paz venezolana: ¿El heraldo de un continente?

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El poeta Neruda cuando sentenció la paz venezolana como sombría, no sabía que estaría dibujando la impronta del futuro que parece prolongar una larga historia de una paz sitiada en la tierra de Bolívar.

Yo estoy aquí para contar la historia.
Desde la paz del búfalo
hasta las azotadas arenas
de la tierra final, en las espumas
acumuladas de la luz antártica,
y por las madrigueras despeñadas
de la sombría paz venezolana,
te busqué, padre mío,
joven guerrero de tiniebla y cobre
oh tú, planta nupcial, cabellera indomable,
madre caimán, metálica paloma.

(Pablo Neruda, Canto General)

Venezuela ha sido desde su origen como república el signo del borde, el comienzo de lo nuevo y lo insondable. La paz en Venezuela está siempre en estado de sitio pero curiosamente emerge para reconstituirse en una suerte de espiral que nos deja movernos entre actos violentos y una fraternidad que quizás por espontánea e ingenua no logra constituirse en el sustrato sobre el cual se puedan construir formas más permanentes y menos dependientes del genio de cada quien. Venezuela es así, un curioso lugar donde nuestra paz es sombría, es verdad. Pero la guerra no se ha instalado en el imaginario colectivo como salida, como urgencia histórica. Probablemente, de eso se trata este tiempo del cual estamos siendo testigos ahora. La espiral entre la paz sombría y la guerra enceguecedora parece estar en una encrucijada. Un país ordenado en las etapas de la colonia y la república por la explotación de sus bondades naturales y los caminos a las metropolis, primero el reino de España y luego el mercado global en una de sus manifestaciones más contundentes: el energético, nos abre a los venezolanos en el presente una suerte de revolución que choca con los bordes de la civilización que conocemos. Veamos las primeras luces de un alba que es aún promesa o amenaza.

Venezuela impulsó y quizás se haya agotado su capital político en estos tiempos, una mirada de nuestra patria grande en términos de un gran reservorio de recursos naturales que serían la razón y el espacio para un nuevo intento de colonización por parte de los poderes fácticos de las corporaciones trasnacionales. Colonización en un espacio que nunca ha tenido un propietario legítimo y legalizado para todas las presencias que se reúnen en nuestro subcontinente. La batalla ha sido entre facciones movidas por el lucro, las etnias que recuerdan sus orígenes y finalmente, las batallas de las ideas que se resuelven aún entre mis convicciones y la barbarie.

La actual coyuntura económica venezolana que se plantea equivocadamente, a juicio nuestro, entre ser productivo o ser rentista, sigue estando atrapada en un lugar que no existe en el imaginario colectivo venezolano. En realidad, lo que ocurre en la Venezuela actual es la transición de una sociedad extractivista energética a una sociedad extractivista de minerales estratégicos en un proceso que tiene dos componentes que son contrarios a la idea que permitió la Venezuela petrolera como paz sombría hasta el 27 de febrero de 1989.

En primer lugar, porque no está movida por el concepto del desarrollo como fuente de legitimación para el surgimiento y consolidación de nuevas prácticas de extracción. El petróleo propició en el discurso venezolano del siglo XX la figura de la democracia petrolera y la modernización atropellada y fugaz, en esa misma medida falsa y superficial, de la sociedad venezolana. En estos tiempos, parece que el desarrollo ya está agotado como discurso pero también como creencia. Se asoma en Venezuela entre la sombría minería disfrazada de ecológica, una luminosa posibilidad de una economía productiva agroecológica y una industria local de alimentos y de vida simple. Lo curioso de esta situación es que en el pasado las luces y sombras definían el campo de disputa del poder entre corrientes de pensamiento que se puede resumir en conceptos como soberanía petrolera vs dependencia tecnológica, petróleo vs industria petrolera o, corporación trasnacional energética o industria nacional. Las batallas se dan ahora dentro de un mismo gabinete ministerial. En el seno del mismo gobierno se dan las contradicciones que definirán los bloques históricos en pugna por las décadas por venir. ¿Será posible que la revolución bolivariana decante en esta especie de laberinto sin fin?

El segundo aspecto es la demolición de la figura del estado como la fuerza garante del orden y promotora del progreso. Curiosamente, cuando se reconoce en Venezuela la necesidad histórica de restituir el papel del estado como garante de las leyes y la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, se presenta en el propio modo de concebir el gobierno una inercia que apunta a la corporativización del estado, la constitución de enclaves neocoloniales de inspiración variopinta y que tiene precisamente en el estado y su insuficiente presencia y capacidad de gobierno, la más clara muestra de la derrota del estado nacional como forma de gobierno eficiente en la pluralidad de creencias, geografías y humanidades que se desplegaron en la Venezuela que se desbordó a partir de 1989 y que consiguió un cauce pacífico en la constitución de 1999. Una mirada cuidadosa de la constitución de 1999 nos mostrará que en ella hay una suerte de una modernidad larvada o acaso, mejor aún, un enclave moderno en un discurso que va abandonando los grandes relatos y sugiere los locales. Es a la distancia de estos años, una tímida mirada a la aparición de las formas comunales de gobierno, con todas sus promesas y también sus amenazas. Nos cuesta suponer que debamos pensar en justicia supeditada a las comunidades que perdonarán “sus delincuentes” y castigarán a los otros. Nos cuesta pensar que es necesario cuidar el entorno hasta más allá de nuestro radio de afectación. Este es uno de los retos más grandes que finalmente se nos van haciendo patentes en la cotidianidad. De tanto reclamar la territorialidad como factor crítico se nos puede constituir en el único factor importante y habremos dado un paso en la corporativización o feudalización de nuestros espacios físicos. Pero, al mismo tiempo, es en esos espacios donde la posibilidad de cultivar lo que comemos, de cuidar nuestras semillas como el patrimonio más importante para el futuro, nos pone en la senda de una sociedad que precisamente por comunitaria puede ser además, ecológica. Nos va costando, porque tememos perder el falso mundo cosmopolita del consumo como la única forma de ser de una civilización que agoniza y en su agonía, se convierte en amenaza de todo el planeta.

Después de todo, parece que aquella humilde capitanía general que fue heraldo de la guerra más prolongada por la independencia en América sigue estando llamada a ser el ariete con que la humanidad que se hace en el sur, puede construir nuevas formas de civilización. No ha sido fácil, pero todo parece indicar que las batallas que se avecinan serán cuanto más importantes cuanto más toquen las fibras internas de eso que hasta ahora se llama polo patriótico y que contiene en su interior los brillos y miserias de lo humano. Probablemente, Chávez supo quizás desde la finitud de su propia muerte que el eterno retorno algo tenía que ver con la sombría paz venezolana. Después de todo, el poeta es, según parece, la voz con la cual hablan los dioses.

A Tiempo: Llegamos a 4 años de la ausencia de Chávez y aunque su presencia se siente, habría que decir que es urgente estudiarlo para hacerlo más que heroé, el heraldo de una humanidad aún naciente. No ayuda la soberbia ni tampoco la pretensión de detener el tiempo en lo que fueron las últimas decisiones de Chávez. Transitar la historia de los pueblos se hace con los pueblos o no se hace.

Emergencias: La reinvención de la especie humana en términos de razas es un signo inequívoco de que las razones para la exclusión se agotan a pasos agigantados. Los pocos que mucho pueden no quieren y los muchos que poco pueden lo anhelan. Parece que la historia está por parir nuevos senderos.

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