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[CONTRATIEMPO] El movimiento popular: ¿Contratiempo del reformismo?

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“La crítica del pueblo, la autocrítica,
le hace bien al proceso”
(H. Chávez, Enero 2011)


Desde que se inició el proceso constituyente en 1998, quedó en evidencia que el movimiento popular le correspondía uno de los retos históricos más difíciles de los que hubiera tenido que enfrentar en su vida militante. En realidad, los movimientos populares en Venezuela siempre fueron considerados anti-sistema y en esa misma medida, fueron de manera sostenida, apartados del poder e incluso perseguidos.

La situación de los movimientos populares cambió radicalmente con la llegada de Chávez y con la aparición de un marco constitucional e institucional que los ponía en la vanguardia de un proceso que aún ahora, a 18 años de haberse iniciado, sigue mostrando contradicciones, lagunas e incluso franco retrocesos en los modos como los movimientos populares pueden articular sus acciones.

El desempeño de los movimientos populares puede comprenderse desde una perspectiva que tiene esencialmente 4 momentos a lo largo de estos años. El primero sería el reconocimiento por parte del poder político que se viene a consolidar con su participación en la formulación de la constitución nacional y su posterior presencia en el aparato institucional; el segundo referido como instrumento para contener las fuerzas reaccionarias de la derecha desde el 2002 hasta el 2006; la consolidación del movimiento popular como mecanismo de gobierno en el período 2006 hasta el 2013 y que tiene su momento discursivo más importante con la última alocución programática de Chávez el 20 de octubre de 2012 y que, bien se definió como el golpe de timón, constituye el tercer momento. Finalmente, tenemos la etapa actual que podríamos denominarla de la sedimentación del movimiento popular y su domesticación por el aparato de gobierno. Este último período ha demostrado las debilidades estructurales del movimiento popular, las propias y las generadas por la dependencia con respecto a las fuerzas de gobierno. Sin embargo, se revelan fortalezas que es importante destacar porque ellas constituyen la agenda sobre la cual podrá enfrentarse los procesos de domesticación que señalamos como característico de este tiempo. Para decirlo en términos mecánicos, se trata de un tiempo de resistencia.

La resistencia debe entenderse no sólo en términos de una fuerza que hace oposición a otra, sino en un sentido más amplio, la capacidad de definirse y constituirse en la dimensión que revela el carácter insuficiente y “desviado” de la fuerza que se dice estar empujando en una determinada dirección. Es decir, el movimiento popular se constituye en estos momentos en el mecanismo que debe corregir el afán del gobierno por plantear senderos que ponen en entredicho y en condición de precariedad las pretensiones ya no sólo de progreso social sino de debate sustancial sobre el dominio civilizatorio de una propuesta que depreda del medio y de la humanidad. En este sentido, la resistencia adquiere acá la connotación de fuerza que se opone a políticas puntuales o denominadas tácticas, pero además que se constituye en una fuerza que muestra el declive e insuficiencia del discurso sobre el cual se supone gana credibilidad, legitimidad y apoyo popular las fuerzas de gobierno de carácter reformista. Sin embargo, esta resistencia deberá enfrentar otra fuerza que puede constituirse en peligro dependiendo del nivel de insatisfacción y agotamiento que comporte la actual coyuntura social, política y económica. Esa amenaza es la indiferencia y la entrega de los procesos de construcción local, cotidiano y modesto de los movimientos populares en sus esferas de influencia. Conceder la victoria al desgano, a la indiferencia no es sólo ceder a las fuerzas que empujan diciendo que son de izquierda pero que se van quedando en el reformismo, sino que van a generar espacios de influencia a una derecha que anclada en un supuesto discurso de eficiencia económica podrán alcanzar el poder para terminar de estrangular a los movimientos populares y sus experiencias.

Finalmente, quizás tendríamos que volver sobre el discurso que Chávez dió aquel 20 de octubre cuando le encomendó las comunas a Maduro como si le encomendara su propia vida. Las comunas y con ello el espacio para los movimientos populares no pueden esperar que sea Maduro quien las salve por un simple principio del sentido histórico de los movimientos populares como enclaves para la construcción de liderazgos colectivos y la disminución de los liderazgos mesiánicos. Sobre la simpleza de esa tarea radica la continuidad de los movimientos populares como contratiempo para el reformismo. El no hacerlo, nos devolverá a los años 60 del siglo pasado cuando era casi una epopeya consolidar las asociaciones de vecinos.

A fin de cuentas, el tiempo de la sedimentación de los movimientos populares bien podría significar el tiempo para la construcción de experiencias desde una mirada que no tenga que esperar del gobierno para hacer sus tareas.

A Tiempo: La condición de potencia de Venezuela deberá revisarse a la luz del plan de la Patria como un todo orgánico. De lo contrario, tendremos un Plan de la Patria que emulará a un Frankenstein donde ser potencia minera y defender la diversidad ecológica sólo se conjugan en una ilusión que atenta contra la inteligencia de todos.

Emergentes: La soledad con la cual una Universidad como la de Los Andes enfrenta sus propios fantasmas nos revela cuan oscura está la casa que dice vencer las sombras. No tener vergüenza para defender sus propios principios ojalá sean los últimos clavos sobre la urna que ella misma construyó para si y para vergüenza de todos.

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