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[CONTRATIEMPO] La política instántanea: ¿Contratiempo de la prudencia?

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reloj de mariposas 

“Y así puede decirse en una sola palabra,
que el hombre prudente es en general
el que sabe deliberar bien”
(Aristóteles, Etica a Nicomaco)


Los eventos que se desatan actualmente en Venezuela tienen un curioso signo de urgencia que dista mucho de la noción de conducción política que debiera estar en el espíritu y conducta de quienes están llamados a realizar la conducción de una nación con las difíciles circunstancias que enfrentamos. Es por decir lo menos, asegurar que quienes toman decisiones que comprometen los poderes del estado lo hagan desde una visión de estrategias y no impelidos por las urgencias. Mala consejera es la urgencia cuando se juega el destino de una nación entera.

Es casi un contradicción considerar a la política en términos de lo inmediato porque esencialmente, la política debe estar conducida por una noción que involucra, demanda y se sostiene por el debate que ella encarna: la idea de bien común. Pues bien, es acá donde entonces vuelve a revivir la noción de la política de Aristóteles. Pero ya el revivir de un concepto encarna inevitablemente la mala noticia de que está caduco, al menos puesto entre paréntesis, y es precisamente a ese paréntesis al que queremos referirnos porque en el devenir de los tiempos se ha ido constituyendo en casi una antítesis de las lecciones que encarna el Príncipe de Maquiavelo como precursor del pensamiento político moderno, aquel que puesto en forma breve, se refiere al ejercicio de la política como la estrategia para preservar el poder. Esta estrategia supone un ejercicio prudente en tanto que deberá y acaso esto es hasta trivial decirlo, pero por los vientos que soplan en el mundo no sobra el recordarlo, calcular los distintos escenarios que se pueden desatar en el acto siempre incierto de actuar políticamente.

La prudencia es un acto reflexivo para evaluar las acciones en un horizonte de expectativas que no se trata solamente de las de cada quien sino el delicado ejercicio de pesar y equilibrar las distintas fuerzas que pueden y seguramente desarrollan sus propios horizontes. Acaso acá es donde el ejercicio político debe volver sus ojos a la polis de Aristóteles. Esencialmente, el acto de poder calcular la razón última sobre la cual descansa el carácter gregario del ser humano. Quizás, sea más justo indicarlo como el principio originario de lo político: Desplegar el bien esencial de lo humano. Esto es, traducido a los tiempos de hoy, el acto de permitir que podamos razonar prácticamente sobre el destino de la humanidad. La práctica siendo acá ese acto de subirse a los hombros de la humanidad para intentar otear su destino. Pues bien, la política instantánea es la antítesis de ese esfuerzo y es en estos tiempos el modo perverso como se va dirimiendo en muchos espacios de la Venezuela, la América y el mundo que vivimos, la diferencia política.

La política instantánea es esencialmente imprudente. Esto es así porque lo que se apela como justificación es el impacto inmediato. Allí, lo mediático juega un papel que pone todas las luces en un sólo momento oscureciendo la traza de lo hecho y los posibles cursos del por venir. El acto político concentrado en un instante es esencialmente un acto que despoja de trascendencia siendo que aspira ser un disparador para la ocurrencia de un imponderable. Esto sugiere una condición que expone los bordes de un acto que pretendiendo plenar de sentido un instante, se desdibuja. Veamos con cuidado los actos que han sido casi excéntricos en la política venezolana, latinoamericana y mundial para encontrar que esos actos se van diluyendo en significado y sepultando a sus protagonistas en el espeso aceite del olvido. El drama de tal situación es que la acción que es pretendidamente política no lo es, pero se “vende” como si lo fuera. Un signo inequívoco de la impotencia de esa acción es el uso sostenido de las denominadas redes sociales virtuales como caja de resonancia de la acción supuestamente política que en realidad, es sólo una acción espectacular y especular.

De allí que la posibilidad de que las acciones políticas respondan a una organización social y política quede completamente disminuida porque no hay un sustrato histórico que las permita mostrar como consecuencia de un acto intencional y la puesta en escena para la construcción o continuación de una narrativa de un sujeto político históricamente consciente. Allí radica el drama de la falta de prudencia en la acción política del presente. Desde la inconsecuencia de quienes ahora dicen defender la constitución para derogarla, como de aquellos otros que diciendo que la defienden, la obvian. Es el silencio ante los desastres de las gestiones que violan derechos en Brasil, Argentina y ahora Paraguay para concentrarse en criticar a la única nación que tiene una constitución que contiene sus propios mecanismos de defensa.

El drama de la imprudencia es que se va extendiendo a lo largo y ancho de nuestras sociedades hasta llegar al momento en que a la hora de elegir, optamos por el cálculo inmediato y se nos olvidan las historias de quienes ahora dicen ofrecernos la vida, cuando en el pasado no han hecho otra cosa que sacrificarla ante sus propios intereses.

Finalmente, poco sentido tiene que defendamos los actos políticos por su valor instantáneo cuando la política esencialmente se mide en el tiempo futuro. Ojalá podamos aprender todos de estos tiempos delgados de lo inmediato.


Emergencias: El proceso de negociación con las trasnacionales de la minería y del petróleo deben ser sometidos de inmediato y sin demora al escrutinio público de todos. Sabemos que el afán de los miembros de la Asamblea Nacional son cuidar los intereses oligárquicos del pasado, pero eso no impide que estemos atentos a los intereses oligárquicos de nuevo cuño. Al arco minero y petrolero se le debe armar con las flechas de la transparencia y la participación comunal.


A Tiempo: Los procesos electorales en Venezuela deben realizarse por un asunto de salud constitucional e institucional. Más daño le hace a las posibilidades de transformación transgredir la constitución, que perder temporalmente el poder. Toda mayoría es siempre circunstancial.

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