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[CONTRATIEMPO] Los tiempos electorales: ¿Contratiempo de la revolución?

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“La decisión política siempre es una responsabilidad histórica”
(Del libro “Política en tiempos de necesidad”)

Una curiosidad política de las democracias de masas es que el anonimato es el modo de actuación política más determinante. Es así que la responsabilidad de elegir autoridades es de algún modo disipada detrás del expediente del voto secreto. Veamos algunos aspectos de esa curiosidad para evaluar hasta donde la revolución peligra ante el influjo de las elecciones como mecanismo de disipación de la tensión política en Venezuela.

La condición de anonimato en las elecciones tiene su influjo en una concepción de autonomía ciudadana que se veía amenazada por la imposición de la autoridad, cualquiera fuera su origen, para avasallar la voluntad y no permitir el libre albedrío. Es de algún modo la salvaguarda de no ser perseguido o discriminado por su decisión política. En Venezuela, la experiencia de este tipo de discriminación más publicitado ha sido el uso de la lista Tascón para supuestamente contratar personal en la instancia pública. No hace falta señalar que el uso de la misma en lo privado fue aún mucho más perverso. Se obligó a manifestar a los empleados su apoyo a una opción que no les convencía. Pero eso pertenece ahora a ese pasado que muchos se encargan de hacernos olvidar.
En el presente, parece que el anonimato lejos de ayudar a una decisión ciudadana se viene convirtiendo paulatinamente en el reducto en el cual se libra la batalla ya no de las ideas sino de las impresiones, los miedos y las reacciones antes que el cálculo sostenido sobre una razón política. Esta racionalidad demanda pensar no desde lo inmediato y lo individual sino desde lo mediato y lo colectivo. El escenario para el anonimato se convierte en un espacio en el que lejos de encontrarnos con nuestras convicciones y aspiraciones, lo hacemos con nuestros miedos y placeres más íntimos. La situación entonces se revierte así en un espacio que lejos de hacer ejercicio de la ciudadanía hacemos ejercicio de la individualidad sobreviviente. En este escenario, ¿es lícito sugerir que las elecciones serán la solución política para Venezuela?

En primer lugar, debemos dejar clara nuestra convicción que cualquier circunstancia política debe ser resuelta desde la instancia constitucional. Allí, nada puede justificar el retraso en los procesos electorales pautados constitucionalmente. La historia del referendum revocatorio sigue estando en un espacio demasiado oscuro como para suponer que todo es imputable al gobierno de Maduro. El silencio de la dirigencia opositora revela que esa estrategia definitivamente no era su objetivo. En realidad, lo que tenemos ante nosotros es una especie de tragedia democrática: Las elecciones parece ser el mecanismo que la oposición usará para dar al traste con la constitución que les permitió llegar a tener el control de la asamblea nacional. Por otra parte, el gobierno electo y protagonista histórico de la constitución vigente se convierte en agente que difiere la constitución para defenderla. La pregunta que debemos hacernos ahora es sobre el papel que el sujeto político definido en la constitución puede hacer ante estas circunstancias.

El sujeto político es esencialmente ese haz de pluralidades históricas, étnicas, sociales y culturales que atraviesan la geografía y la historia de Venezuela. ¿Podremos darle curso a esa diversidad con la suficiente capacidad para salvar los escollos de los arrebatos autoritarios? ¿Podremos entender nuestros propios límites antes que imponerlos sobre los demás? Este es el reto que estamos experimentando los venezolanos en una suerte de examen para poner a prueba el ejercicio del poder popular. El expediente de la violencia, usado para acelerar la salida de un gobierno evidencia que hay sectores para los cuales el acceso al poder por la vía electoral es definitivamente una “mala” salida. La polarización que es tan útil para contar la victoria al final de las horas es poco útil para pensar el destino de un país. Por ello, quizás sea hora de que todos, sin excepción comencemos por preguntarnos si tiene sentido entrar en una espiral de violencia política. ¿Quiénes la quieren? ¿Para qué la quieren? ¿Podremos pensarnos de un modo distinto al que nos imponen las matrices de los medios?
La situación política actual que busca alivio en las elecciones sólo podrá sostenerse si en ese proceso el libre albedrío se impone. ¿Puede imponerse en las actuales circunstancias? Todo parece indicar que andamos tras un bien que elude los tiempos de lo inmediato y se sumerge en el tiempo histórico, ese viscoso material que algunos desdeñan y otros sacuden sin cesar para preservar fidelidades en momentos de confusión.

La madurez del pueblo y de sus dirigentes es lo que se evaluará en las próximas elecciones. Pretender imponer el imperio de las necesidades sobre los proyectos históricos parece ser la apuesta peligrosa que apelan los viejos modelos neoliberales. Apelar al socialismo, sin ejercerlo es por otra parte, una contradicción que puede costar cara. ¿Dónde está y con quién avanza el pueblo venezolano?

A Tiempo: Las religiones son esencialmente para conectar a los seres humanos entre sí, a partir del reconocimiento de una condición trascendente. Las iglesias que apelan al imperio de la necesidad es porque ya sucumbieron a la oferta de ser Judas de sus propios pueblos.

Emergentes: La denuncia contra el rector de la Universidad de Los Andes en su condición de administrador de recursos públicos brinda una oportunidad magnífica para una conducta política universitaria. Lástima que no se pueda esperar tanto. Pero es lícito decir lo que se espera, para saber el costo de la incoherencia.

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