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[CONTRATIEMPO] - La desobediencia civil: ¿Refugio del ciudadano o instrumento de chantaje del imperio?

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El tema de la desobediencia civil ha sido interpretado como un mecanismo para deslegitimar “democráticamente” a los gobiernos. Pero, en realidad, la circunstancias en las cuales se da este proceso que se señala de desobediencia, no es más que un eufemismo para referirse a mecanismos de subversión incluso sedición y traición a los principios constitucionales. En este sentido, quizás lo más apropiado sería tratar de dilucidar a qué se refiere la desobediencia civil y tratar e comprenderla en el marco de la actual situación que vivimos en Venezuela.

Quisiéramos partir de la definición de desobediencia civil que aporta Habermas, porque aunque ciertamente de carácter eurocéntrico en su definición y construcción teórica, no deja de ser relevante porque quizás la única democracia constitucionalmente definida siguiendo los lineamientos de la democracia deliberativa propuesta por Habermas, sea precisamente la venezolana.

Habermas señala: “La desobediencia civil es una protesta moralmente fundamentada en cuyo origen no tienen por qué encontrarse tan sólo convicciones sobre creencias privadas o intereses propios; se trata de un acto público que, por regla general, es enunciado de antemano y cuya ejecución es conocida y calculada por la policía; incluye propósito de violación de normas jurídicas concretas, sin poner en cuestión la obediencia frente al ordenamiento jurídico en su conjunto; requiere la disposición de admitir las consecuencias que acarrea la violación de la norma jurídica; la violación de la norma, que es la manifestación de la desobediencia civil tiene exclusivamente un carácter simbólico: aquí es donde reside el límite de los medios no violentos de protesta”[1].

Desde esta definición es fácil inferir que la desobediencia civil es en si misma un acto que reconoce y alerta al Estado de derecho. En sentido estricto, es un acto que pone al estado en relación con un tema concreto al borde de la legalidad y la legitimidad. Es decir, entre lo que es el orden jurídico y lo que es la conciencia ciudadana construida sobre una noción de moral cívica. Sin embargo, hay un elemento que es de consideración fundamental y que nos interesa acá de forma particular para el caso venezolano. El primer aspecto es su condición de ser un acto público cuya ejecución es conocido y calculado por la policía. No es el caso en Venezuela en las actuales circunstancias. En realidad, se ha hecho uso de las redes sociales para mentir, para incluso orquestar acciones en las cuales la policía no puede evaluar ni calcular su respuesta. Este es un aspecto esencial: La capacidad de respuesta de la policía no debe ser excedida por la desobendiencia. ¿Hay algo de esto en las llamadas manifestaciones de la oposición?

De carácter simbólico de forma exclusiva. ¿Es así? Curiosamente, de lo que hemos sido testigos en estos días en Venezuela es de un simbolismo decadente, genuflexo y casi que cómico en relación con lo que se supone es un acto político. Orquestar acciones que lejos de elevar la dignidad del ciudadano, ponen a los protagonistas a ser actores de enfrentamientos contra la policía y testigos silenciosos de ataques a la propiedad pública y privada nos habla de una moral ciudadana ausente.. Gente violando cualquier norma sin saber si en esa violación se están labrando condiciones adversas para ellos mismos. En estas circunstancias, es desobediencia sin lugar a dudas, pero jamás será una desobediencia civil, ni mucho menos. Se trata de un asalto violento a los intersticios de una anomia creciente en una sociedad donde el gobierno parece no terminar de definir una política y aplicarla a carta cabal para que se respeten los derechos de todos. Eso abre espacios para que una fiscal general critique con razón y sirva de puerta trasera para la sedición. Pero, ¿será que la oposición desconoce que esto no es desobediencia civil?

Resulta evidente que estamos en presencia de un uso “interesado” de los términos para un proceso de golpe con visos de civilidad entre sus protagonistas. La afirmación de Guevara de que se trata de incitar a la ingobernabilidad evidentemente plantea el escenario del desconocimiento de las instituciones. ¿Cómo se puede tener tanta ceguera en la oposición para no ver que de lo que se trata es de propiciar la invasión de Venezuela? Pero no hablamos de la “pax americana”, hablamos de un asunto absolutamente más grotesco: la invasión silenciosa del paramilitarismo y el enclave silencioso pero poderoso del terror. Nada parece detenerlos a ellos, porque esencialmente sus vidas no transcurren en Venezuela. De allí que sea tan importante que podamos entender sobre el proyecto de sociedad que ellos propician en Venezuela y no de la sociedad que ellos dicen querer. Estamos atrapados entre el silencio de sus proyectos y el grito ahogado de sus intenciones fratricidas.

El gobierno nacional y al Estado venezolano se le está haciendo tarde para erigirse en defensor y garante de la constitución. Al silencio de algunos poderes y la voz disidente de la fiscalía se van abriendo juegos de tronos que hacen empalidecer cualquier ficción. ¿Podremos los venezolanos caer en la trampa de ser verdugos de nosotros mismos? ¿Podrá el legado de Chávez ser la excusa perfecta para la derrota histórica de la más reciente invención de la esperanza de los pueblos?

El chantaje de parte de la oposición venezolana está devorando la disidencia democrática en ambos lados de un espectro político que a medida que más se polarizan, curiosamente, parecen ser tentados por la salida del autoritarismo. Sobre eso, trataremos en alguna ocasión. Por ahora, nos basta con alertar que detrás del discurso de una desobediencia civil se acaricia el pelaje de la fiera del terror.

A Tiempo: Es casi una ironía histórica que el artículo de Habermas sobre la desobediencia civil tuviera como contexto político la instalación de misiles cruceros nucleares en Alemania. Básicamente porque se daba el debate sobre el sentido “moral” de ser rehenes de la “utopía de la seguridad”. En estos tiempos, la distancia entre Corea del Norte y Estados Unidos se reduce a quien aprieta el gatillo para acabar con la humanidad que conocemos.

Emergentes: Un aumento salarial que se demora meses es una burla innecesaria que se suma a la dificultad de estos tiempos de escasez económica. Ojalá el gobierno haya adelantado los pasos para que se ejecute a la brevedad posible. Sería un alivio enorme para una sociedad que se está consumiendo a si misma, en un arrebato de capitalismo salvaje, donde la solidaridad cedió el paso al oportunismo atroz en contra de todo otro.


[1]Habermas, J. La desobediencia civil. Piedra de toque de del Estado democrático de derecho. En Ensayos Políticos

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