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[CONTRATIEMPO] La Comuna: ¿El comienzo del fin?

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La aparición casi mesiánica de la comuna como instrumento del cual deberá “manar leche y miel de la tierra prometida” del proceso de transformación en Venezuela, le hace un flaco favor la fuerza que quizás invisible para algunos no ha cesado de aparecer y hacerse cada vez más consciente de sus necesidades, de sus retos y de sus obstáculos. En este sentido, la comuna se ha ido erigiendo paulatinamente en una actriz central en el proceso de reconstitución social y económica de una Venezuela que no volverá a hacer aquella que vivió la ilusión de una democracia petrolera, en la cual muchos tuvieron muy poco, mientras pocos se hicieron del botín que supuso el asalto del poder de una nación petrolera bajo los auspicios y la protección de los Estados Unidos.

La comuna con más derrotas que victorias pero además, con más empeño y constancia que muchos de quienes se definen como protectores y no la protegen sino que la tutela, ha ido dando pruebas de madurez política que puede significar el comienzo del fin de un proceso social caracterizado por los liderazgos que ejercen una amplia influencia a través de los medios, que dominan lo que podríamos denominar la esfera pública hiperconectada pero que se desdibujan en el espacio público concreto en el cual la cotidianidad cede el espacio para que sean otros los que definan y hagan finalmente lo que constituye el sentido fundamental de lo político: Atender las necesidades comunes de seres humanos que comparten esperanzas, desengaños, esfuerzos y derrotas. Porque ese es el espacio público en el cual la construcción política toma cuerpo en la plaza, la esquina, el barrio y hace posible que el sujeto de carne y hueso se constituya en sujeto político de largo aliento, o por lo menos, que pueda superar lo inmediato en término de esperanzas. Allí, en ese encuentro cotidiano se está gestando una dimensión política que invisibilizada se trata de subvertir para hacerla presa del influjo neoliberal/individualista. Veamos.

Los eventos asociados a una hiperinflación descarnada que arropa a todos, tiene una incidencia terrible en lo local, en el entorno inmediato de los individuos que ven su situación como de inevitable sobrevivencia. Los “nuestros” se adelgazan rápidamente a un “yo” extendido a la familia y poco más y eso desalienta las salidas de colectivos en entornos físicos donde se vive y conviven con un “nuestro” que no está en el anillo inmediato de sobrevivencia. A ello se suma lo que ha sido la táctica bélica de la guarimba que pone en acción dos fuerzas disolventes del tejido común. La primera es el secuestro del libre tránsito y eso supone el miedo de salir de casa, el pánico a todo extraño que no sea de la misma pretensión en la supuesta guerra. La segunda es exacerbar la diferencia y hacerla insalvable con aquellos que piensan distintos. La estrategia de introducir actos criminales sin responsables en entornos donde la diferencia política es maximizada deja un espacio público deteriorado en lo físico y en lo que la comunidad se imagina como común: El espacio es sustituido por la incertidumbre y la escena está montada para des-politizar toda acción colectiva en lo inmediato como un acto del enemigo.

Ante este esfuerzo por constituir en un campo de guerra e incertidumbre lo inmediato y cercano, es cuando el esfuerzo de los comuneros en pensarse como un sujeto político integral adquiere mayor relevancia. Precisamente en reunir bajo la idea de hacer de la escuela de la comunidad el punto de convergencia entre educar y seguridad, dieron quizás un paso que no debe ser desestimado por los actores relevantes: los propios comuneros. Desde hace más de 10 años se planteó que la escuela debiera ser el centro de la transformación socio-política en el barrio y la comunidad. El aparato de gobierno fue absolutamente inservible en poder trascender esta tarea porque esencialmente es una tarea de la comunidad educadora antes que la comunidad educativa de cada escuela. La comuna es entonces una instancia de auto-formación y construcción política de un sujeto que aunque no ocupe las redes sociales virtuales, se despliega como red social concreta que debe hacerse digna en el proceso de construir un tejido social distinto. Allí, el gobierno a la retaguardia deberá proveer lo básico para que la política sea hecha por aquellos que se baten la vida cotidiana entre la escasez, el odio y la ausencia de servicios que considerados vitales, desaparecen en medio del asombro de todos y el provecho de unos pocos.

Es bueno que el diálogo se haya establecido con las comunas, porque es probable que podamos ser testigos de dos lógicas que son distintas: la lógica comunera y la lógica del gobierno nacional. Aprender a ser distintos para que todos puedan hacer bien su tarea en cada uno de sus espacios. Eso pasa porque el gobierno no tenga siempre la última palabra. Mejor aún si aprendiera a escuchar sin necesidad de tener todas las respuestas, porque entonces, podría ser posible que el comienzo del fin de los procesos liderados por caudillos diera paso a una política colectiva más compleja pero más rica. Podríamos hablar al menos de un socialismo político anclado no en la clarividencia de los individuos, sino en la constancia y tesón de quienes batallan todos los días. Podríamos entonces aprender a ser gobierno y a ser gobernados desde una instancia menos visceral y más construida en la razón política y con el corazón anclado en la patria, esa abstracción que andan algunos apurados de desvestir de trascendencia para que cada quien salve su pellejo.

No será sin tropiezos, no estarán ausentes las amenazas y mucho menos las posturas altisonantes de quienes cree saber más que el pueblo acerca de lo que es el destino que les espera. Pero eso, lejos de ahuyentar el esfuerzo comunero debe convocarlo para llegar a ser mucho más en número y calidad de transformación y acompañamiento político.

A Tiempo: El tiempo político demanda salidas audaces para un proceso de deterioro material concreto. El diálogo sin acciones, puede terminar peligrosamente en cartas de navegación para el país del “nunca jamás”.

Emergencia: El mundial de futbol, el negocio multimillonario de este año, no debe convertirse en la cortina de humo para que cualquiera violente la paz del mundo. Hay quien lo espera, para hacer su jugada maestra: hacerse de la vida de miles en nombre de la democracia.

Allende: Argentina vuelve al FMI y seguramente serán los de siempre quienes pagarán los errores y jugadas perversas de los pocos. Las redes sociales muestran que Argentina se prepara para un muy crudo invierno.

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