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CABECERA PAGINA

[OPINIÓN] El Pacto

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El dolor posee para mí un encanto raro, y que nada enciende más mi pasión que la tiranía, la crueldad y, sobre todo, la infidelidad de una mujer hermosa”.

Leopold von Sacher-Masoch

I

 

—…
M mira. Pide tiempo. Se explica con las manos. No puede desatorar.

Los periodistas no tienen alma. Tienen preguntas. En qué parte del relato subyace el dolor propio. Si tiene el agua hasta el cuello, preguntarle sobre el ahogo es un exceso. Y, un exceso en otro, es un espectáculo. ¿De cuántas formas se ufana la asfixia? ¿Con cuántas manos ahorca la pregunta?
~

B quiere irse del país para “poder ser alguien” y, después de eso, “le crean”. Padece anorexia. Recientemente sufrió un preinfarto. P ha intentado quitarse la vida, sin éxito. A se echó para atrás en la denuncia contra el agresor en común con B y P, después de que su madre desestimara la muerte de Mayell Hernández en manos de su ex pareja, porque “¿y esa muchacha no tenía manos?”. C y M viven para contar lo sucedido. Casi no comen. Tampoco duermen. Se incuba un desastre entre ellas. Perdieron kilos y están a punto de perderse entre sí. Forman parte del grupo de seis denunciantes, de decenas de estudiantes depredadas, en una universidad nacional. Después de que cada una atravesara las tinieblas, lograron reconocerse, reunirse, e ir hasta las oficinas de las instituciones encargadas de hacer justicia, para contar lo que vivieron con su profesor de audiovisuales. Recorrieron por lo menos tres organismos y contaron lo sucedido, para ser remitidas directamente al Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas, Cicpc. Allí, las reciben funcionarios. Todos hombres. Ellas, cuentan lo sucedido. Ellos, plantan una sonrisa a media. Las miran de soslayo. Revisan el vídeo. Son ochos machos con una sola cabeza, un pulpo. A una de las víctimas, la protagonista del cortometraje, le dicen que está “riquita”. Uno en específico cree que “ese profesor tiene que ser marico”, porque a él se le “pararía”. La muchacha se enrosca y se rompe. Los moja. Todos cambian de actitud. La contienen: “tranquila, te vamos a ayudar”. Y, las ayudan.
—Pero, ¿te penetró?
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El profesor H saca a las más inocentes de entre la nube. Descarta las más vívidas. Todo está en la cara. Mientras más niña, mejor. Él ve “algo en ellas”. Se anuncia, “el mejor director de actrices del país”. Las recluta en el propedéutico, trayecto inicial. Tienen entre 18 y 19 años. M tenía 19. Es importante que a pesar de ser mayores de edad, parezcan más rapazas, casi nínfulas. “Veo algo en ti”. Lo próximo es citarlas en un centro comercial del este de la ciudad, cerca de su “oficina”. La mayoría de las seleccionadas, que no se conocen, ni se conocerán entre sí hasta que caiga el telón, vienen del interior a la capital. Todas tienen problemas con su familia. Algunas han sido abusada durante distintos episodios de su infancia. Una vez en el centro comercial, H habla sin parar de cine, de luz: “tú eres mi luz”, intercala piropos con ideas filosóficas, parte de su currículo con películas que deben ver, poesía con enumeraciones de las actrices que ha formado, bajo su “método”. No deja lugar a a dudas. Es un genio. “Tú no ves lo que yo veo en ti”. Suprime toda voz opuesta, principalmente la voz de la presa. La muchacha no sabe lo que quiere, en palabras del cazador: “yo sí sé. Tú vas a ser actriz y yo te voy a convertir”. Es el autoproclamado discípulo de Horacio Peterson. “Mi maestro se vino de Chile, porque quien hace arte no tiene familia”.

M vivía con su tía, en la periferia de la ciudad. Dormía en una cama con la hermana de su mamá y sus dos hijitos. Iba y venía a diario. Madrugaba para llegar a la universidad. Anochecía cuando ya estaba de vuelta a casa. Se marchó del hogar cuando su madre no le creyó que su padrastro la violaba. Su abuela no tenía ojos sino para las máquinas en los casinos. Su hermano era un imbécil con cédula. Papá, se había convertido en payaso e itineraba por el país, después de estar preso por violencia doméstica, al golpear a su madre. M vivía como había nacido y crecido, después de todo la lágrima se seca, sola. Leyó La venus de las pieles a petición del profesor H, y entonces floreó el bastón del hombre. La novela de Sacher-Masoh era el anzuelo.
—Pero, ¿te penetró?
~

M y C, levantan la mano y juran por el sobrininto de H, lo “más sagrado que tiene”. Emulan el gesto del profesor cuando éste prometía, a cada una, que era “lo más importante”, su mejor amiga, su luz. Hablan con las manos. Lo repiten a él. Aseguran que el “pacto era tan grande, que lo justificaban, naturalizaban el dolor”. Y en la naturalización del dolor, no hay defensa.

¿Que si las penetró?

Me descubro preguntándole cada tanto a M si hubo penetración, sin el menor gesto de humanidad. Varios días después, cuando transcribo su historia, me doy cuenta de que en verdad repetía la pregunta que me hiciera mi madre, luego de confesarle mis constantes huidas de las manos de su hermano mayor, durante toda mi niñez, y ser testigo de cómo éste pagaba con su hijita, mi prima, fallar conmigo. Repetía la única cosa que mamá supo decir:

—Pero, ¿te penetró?

—…

Casi 30 años después entiendo que mi madre, también niña abusada, no sabía qué preguntar.
~

Se cambiaron los nombres por siglas, para proteger la identidad de las participantes en esta historia. Es la primera parte de una pesadilla. El objetivo de contar lo sucedido, además de acelerar los ritmos burocráticos de la justicia, consiste dar el primer paso para desentrañar las redes de la pornografía local y alertar a otras niñas y mujeres sobre las formas en las que actúan los depredadores. La sociedad los pare. La sociedad los debe abortar.

 

II

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¿A caso no es cierto que cuanto mayor es el crimen, más grato resulta el placer del libertino? El trato sexual con una prostituta no presenta el mínimo atractivo para él. Pero fornicar con una mujer “buena” le complace mucho más, desflorar a una virgen todavía más, seducir a una monja muchísimo, más que todo lo anterior, y si la víctima se rehúsa al placer final es mucho más grato obligarla , ¿Y si sufre dolor? Más delicioso todavía. ¿Si muere? Éxtasis, niña mía, absoluto éxtasis.

Marques de Sade

 

Luego de llevarlas a la “oficina”, que en realidad era el apartamento de H con su mujer, las cosas suceden rápido. El primer día, la mujer de H recibe a la presa, ofrece te o café, de acuerdo al gusto. Mientras H desaparece, la mujer muestra y demuestra que sin él no hubiese sido lo que es: publicista, locutora, actriz, modelo, profesora, porque supuestamente sufre trastorno por déficit de atención. En las redes sociales, ésta mujer es un amasijo de frases de autoayuda con reconocimientos a su “maestro y mentor”, el licenciado H (recientemente licenciado, sin haber obtenido el bachillerato). El primer día se muestran cariñosos entre ellos. Y aunque “hay algo” que enciende las alarmas de las muchachas, la presencia de una mujer, el exceso de autoreferencias, los diplomas en la pared, la repetición de conceptos filosóficos, emborronan la intuición. Sientan a M en el sofá. Sin anestesia, le preguntan por su situación familiar, su elección profesional y preferencia sexual. H, insiste en que presiente algo en ella, algo que nadie más percibe sino “una alma sensible como la suya”. “Entre almas luminosas, nos reconocemos”. Repite, y esto lo hará hasta el final, que él no tiene obra porque “por dedicarse al cine, no terminó de estudiar”, y eso le impide hacerse con los créditos. Esa falta la sufre y restriega contra todas. Es neblinoso. Caminan entre humos y niebla.
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Tercer día. H ha pedido a M que se aprenda un poema erótico. Que subraye tres palabras. Las palabras que le parezcan. Evalúa la elección. Ninguna sirve para lo que viene. Él las selecciona: “fuerza, seducción, fuego”. Las hace repetir. Permanecen en el sofá. Pide a M levantarse. “Repítelas de pie. No recites. Hazlo de manera natural”. La lleva al cuarto oscuro. Es una habitación insonorizada, con un estante, dos colchones, un espejo, una silla en medio y la cámara que apunta a la silla. La sienta. Vuelve a pedir que repita las palabras. “Fuerza, seducción, fuego”. Le venda los ojos. Previamente ha inculcado en M la idea de que las mujeres deben empoderarse, que la familia, el matrimonio, la fidelidad son una falacia. Lo único verdadero es la lealtad a la idea. Él tiene una línea de investigación sobre el erotismo, y “el erotismo la transformará en mujer”. Ahí está M, a merced de H, repitiendo a comando las palabras que éste exigió aprenderse. “Fuerza, seducción, fuego”. Está vendada. Oscura en la oscuridad. Muy lejos de todas y todos. Sin saber qué quiere este hombre de ella. Repite y repite las palabras, sin éxito. “Fuerza, seducción, fuego”. H, enardecido, exige sentimientos que M no sabe reproducir. Por un momento la levanta, le amarra las manos de una soga que guinda del techo en el cuarto y continúa en su demanda de los tres vocablos: “fuerza, seducción, fuego”. M tiembla. Respira poco. Recuerda que entonces vestía leggins negro, suéter ancho. H procede a bajarle el pantalón. M se preocupa por la apariencia de sus pantaletas. H sube el suéter que ahora le cuelga a M de los brazos atados. Seguidamente, le desabrocha el sostén. En ese momento, el hombre sale del cuarto por unos minutos y la muchacha queda literalmente colgada de un agujero negro. Es blanca, blanquísima y está erizada. Por cada poro, una ausencia. Piensa, “qué demonios” está haciendo, pero su indefensión es histórica. “Malditos hippies de mierda”, se reprime sentimientos más profundos. El profesor vuelve. Primero, recorre la piel de la espalda de M con hielo. Los pequeños bloques de agua tienen como objetivo insensibilizar la piel para lo que viene luego: esperma de vela. Entonces H, grita y reclama su trío de términos. “Fuerza, seducción, fuego”. M, que solo quería que aquello acabara, decide sacar de las entrañas las tres malditas palabras. “Fuerza, seducción, fuego”. H, en pleno orgasmo, le arrancó la venda y la enfrentó con el espejo. “Fuerza, seducción, fuego”. “Viste, lo que puedes dar. Esa eres tú. En eso te puedo convertir”.
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M recuerda que pensó que por eso su padre, el payaso, era la mierda que era. Ese “método” lo habría convertido en la estafa de ser humano, devenido en padre, que le tocó. H gozaba con la coincidencia esa, que M tuviera un padre payaso. Hubo una siguiente vez, después del cuarto oscuro, en que la mandó a maquillar con otro estudiante como una Joker. Otro “discípulo” le hizo fotos a M: “Tú eres mi luz”. Su método no vuelve al principio, a menos que se trate de exigir “lealtad”. Va in crescendo. “Primero roza con plumas. Segundo, azota con fustas. Tercero, quema. Cuarto, penetra. Quinto, no se va nunca”, explica M. En el escaparate del cuarto se encuentran esposas con y sin peluche, vibradores, consoladores, disfraces, cuerdas, látigos, plumas, velas, aromáticos. Empieza cualquier sesión con aceites. Los riega en las manos de la presa y hace que aspiren este “preparado”, durante 10 minutos. Para entonces, su mano que se adentra desde la vulva, mueve las cuerdas del guiñol en que se convierten todas.
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Año 2013, primero de cinco, en los que M será anulada por H. En su condición, por lo menos siete estudiantes más. Ninguna se conoce. De a poco idolatrarán a H, al punto de hacer y decir lo que el profesor quiere que hagan, que digan. Pero todo parece indicar que la violencia de H contra las mujeres esconde algo todavía más podrido. ¿Cuántas estudiantes continúan hoy bajo su obediencia? ¿A dónde van a parar las fotos y los vídeos “eróticos” que H dirige? Nadie que tropieza con una telaraña sale ileso.

Se cambiaron los nombres por siglas, para proteger la identidad de las participantes en esta historia. Es la segunda parte de una pesadilla. El objetivo de contar lo sucedido, además de acelerar los ritmos burocráticos de la justicia, consiste dar el primer paso para desentrañar las redes de la pornografía local y alertar a otras niñas y mujeres sobre las formas en las que actúan los depredadores. La sociedad los pare. La sociedad los debe abortar.

 

III

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Ella gritó con una súbita nota chillona en la voz, y agitó el cuerpo, y se contorsionó, y echó atrás la cabeza, y mi boca quejosa, señores del jurado, llegó casi hasta su cuello desnudo, mientras sofocaba contra su pecho izquierdo el último latido del éxtasis más prolongado que haya conocido nunca hombre o monstruo.

Lolita, Vladimir Nabokov

El cortometraje que presenta M a los oficiales del Cicpc es uno de los cinco que encontraran en la computadora del profesor H. Después de una inspección técnica, los oficiales consignan pruebas de tres computadoras más, una de las cuales es la joya de la corona, “la plateada”. La máquina que las denunciantes aseguran guarda miles de fotos y vídeos de estudiantes.

Hubo una vez que H sentó a M frente a “la plateada” a mirar el vídeo de una de las estudiantes de la “vieja guardia”. En el cortometraje, la muchacha se masturbaba mientras vomitaba un texto. La imagen muestra a H de espalda a la cámara. Su cabeza es la referencia. El corto termina cuando H se encima sobre la chica. “Esa computadora no tiene internet, porque temía que se la hackearan”, explica M.

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La causa de las seis estudiantes ha sido ralentizada. La denuncia inicial ocurrió el 8 de junio. El 11 de septiembre, H golpeó a la defensora pública de las estudiantes en el pasillo de la fiscalía y fue encarcelado en El Valle, durante 48 horas, detenido en flagrancia. Allí, amenazó de muerte a M. Desde entonces, acosa a las 6 a través de terceros. De terceras, más específicamente. En este momento, tiene bajo su “cuido” a otras estudiantes, encargadas de velar por la reputación de H, en la universidad.

La Universidad. Una profesora, al tanto de los delitos contra las seis estudiantes, ha intercedido entre sus colegas para que sean escuchadas. El rector, y luego la rectora, han ignorado sus ruegos. El último recurso de las estudiantes fue emboscar al ministro en cuya cartera se inscribe la universidad, para contar lo sucedido. En ese momento, la rectora “supo” prestar oídos a la denuncia. Lo cierto es que, al estar siendo investigado, la universidad dice no poder hacer nada. Uno de los profesores sensibilizados, porque “imagínate que le hicieran esto a mi hija”, retiró la carga académica a H, so pretexto que el profesor H está cumpliendo labores en un medio de comunicación público.

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M estuvo bajo los influjos de H por cinco años, desde los 19. Durante los cuales fue golpeada, abusada, acosada, grabada, fotografiada, bajo condiciones de sumisión. M vivió en casa de H. El profesor asegura que fue pareja de la estudiante, situación que según él lo excusaría de sus abusos. M, lo niega. A través de las redes, H se muestra en fotografías con la mujer que vive (su compañera, según todas las denunciantes) y junto a su familia, aunque ambos testifican no tener ninguna relación sentimental entre ellos. H, estaría siendo investigado -entre otros delitos- por abuso piscológico, que, de ser comprobado, solo acarrearía talleres para “mejorar” la conducta del profesor.

¿Qué hace H con los cortometrajes? ¿Quién financia la producción? El profesor le promete a las estudiantes enviar las películas a festivales internacionales de cine. Pero no hay prueba de que lo haya hecho, porque enviar los cortos implica pagar por ello, y M duda de la calidad de un trabajo que califica como pornográfico. Una de las veces que la golpeó, ella le preguntaba ¿cuál era la diferencia entre erotismo y pornografía? “Por supuesto que no respondió”, se explica M.

Detalla: “mi corto se hizo con los implementos de los estudiantes: sus cámaras, su maquillaje, en la casa de H. Pero el vídeo de B se hizo con cámaras profesionales”. La diferencia de tiempo entre un corto y otro fue un semestre, en 2017. ¿De dónde salieron los equipos nuevos? ¿Con qué sueldo pagaría H todas sus computadoras, micrófonos, cámaras? Según la estudiante, es muy probable que el profesor estuviera negociando la venta del material pornográfico con empresarios panameños, posibles financistas, sin el consentimiento de ninguna de las participantes.

Fuentes policiales, que prefieren el anonimato, aseguran que la fiscalía que lleva el caso pretende torcer los caminos y enmascarar la posible conformación de una red de distribución y comercialización de pornografía, que acarrearían hasta 20 años de prisión para el profesor H. La violencia contra la mujer solo sería una causa instrumental.

Al final, los policías han ayudado a las denunciantes. Han solicitado al Ministerio Público orden de aprehensión contra el profesor H, en dos oportunidades. Y ambas han sido negadas.

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En la preparación de uno de los últimos cortometrajes, M conoció a C. Se enamoraron. H lo consideró una traición. Dijo a C que “no mataba a M porque él no era un misógino”. C se asustó. Todo se le cae de las manos cuando lo ve. La salud de M es frágil y se cae de las manos también. Antes de que se desplomara el castillo de naipes, M dejó al profesor H ir hasta su casa. Estuvo desde la seis de la tarde hasta la seis de la mañana del día siguiente, amenazándola con tirarse por la ventana, con cortarse las venas. “Tuve que hacer mucha fuerza para que no lo lograra”. Después de aquella escena, se encontraron nuevamente en el trabajo, en el que H era jefe de M. “Yo sé que necesitas el dinero”, convenció a la estudiante. El día que M llegó tarde porque estaba enferma, H entró en cólera e hizo salir a todos de la oficina de aquel medio público. Bramó. Pero antes de que sucediese algo peor, M actuó por primera vez en defensa propia. H “detesta ser expuesto”. M crujió, hasta que un grito abrió las puertas. Y así fue que pudo escapar. En las próximas horas, H haría un escándalo en un café del centro de la ciudad cuando encontrara a las estudiantes M y C, sentadas en una mesa del local. “No las mato porque no soy un misógino, malditas mentirosas”.

M redactó el trabajo de ascenso del profesor H, un texto que habla sobre cómo los humanos juegan a ser dioses y se reconstruyen mediante los avances tecnológicos, avances que luego se revierten en contra de su propia humanidad, un encuentro con el hijo de Mary Shelley.

No todas las denunciantes fueron fotografiadas, ni videograbadas. Todas fueron abusadas. C, se consideró su “llavero”, término con el que señalan a la chica de turno, aquella que lleva y trae la maleta, compra el café, elabora las clases, es asistente, preparadora, “su luz” (otra), mejor amiga. Llegó a poner en duda sus propio aliento en manos de H. “Es un manipulador”.

El amor entre M y C las ha salvado y, a la vez, las ha expuesto a la furia del “traicionado” por la mujer hermosa.

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Después de cinco años, M se habla con su mamá. “Yo estoy segura de que entre esas muchachas (las denunciantes), tú no estás, porque tú si le meterías un coñazo a un tipo como ése”, le dijo la madre a la hija. Excepto una madre de las denunciantes, ninguna sabe lo que sufren sus hijas. H las protegía de la hipocresía de las instituciones como la familia y de los hombres, “quienes no les permitían desarrollarse como mujeres”. Solo él, sabía y podía.

E, es una nueva Lolita y sería la otra mujer de H, ahora. Con sus recién cumplidos 20 años, la estudiante vive intermitentemente en la misma casa con el profesor y su mujer “de siempre” (la de trastornos por déficit de atención). Trabaja para H en el canal público. Recientemente, habría grabado un corto en el que representa a una niña de 15 años, en un trío sexual. Y, ha sido su esclava desde 2014, “su mano derecha”, pero no prospera porque es “negra”, al decir de H. Ella, se mantiene. Se van pocas, otras quedan, muchas llegan.

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Ninguna de las seis denunciantes ha recibido atención psicológica del Estado, además de las expertas que las vieran para determinar que, efectivamente, están diciendo la verdad y han sido abusadas. Este trabajo recurre a siglas para nombrar a las víctimas del profesor H, y contar el modus operandi del “loco”, como le llaman. Es muy probable que haya una inicial para cada “sierva” en las 27 letras del abecedario, y por cada grafema varias presas.

De comprobarse su participación en una red de pornografía donde expone, sin autorización la integridad de sus estudiantes, además de misógino, H sería un delincuente. Y como en toda red, caerían como fichas de dominó sus colaboradores.

El primero en romper el pacto sería el profesor H. Mentiría y usaría “la luz” de sus estudiantes a cambio de divisas. La idea, el espíritu de la idea, se le cayó de las manos y ahora es el cuerpo deforme de una mujer hecha con los pedazos de muchas, que trata de arrancar el velo a su doctor Frankenstein.

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Se cambiaron los nombres por siglas, para proteger la identidad de las participantes en esta historia. Es la tercera parte de una pesadilla. El objetivo de contar lo sucedido, además de acelerar los ritmos burocráticos de la justicia, consiste en alertar a otras niñas y mujeres sobre las formas en las que actúan los depredadores y dar el primer paso para desentrañar las redes de la pornografía local. La sociedad los pare. La sociedad los debe abortar.

 

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