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[ECONOMÍA] El bucle IV: La paradoja del ahorro, los lingoticos y los petros

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En la medida en que no se dice explícitamente cuál es la razón, uno termina concluyendo que la intención de mandar a la gente a ahorrar es una variación de la política anti-inflacionaria que el gobierno adelanta. Es lo único que tiene sentido. En el entendido que los hacedores de política siguen asumiendo como diagnóstico que la causa de la hiperinflación es el exceso de demanda y de liquidez monetaria. Y que para corregirla, deben corregir entonces el déficit fiscal y parar la emisión de moneda.

Pero existen varios problemas con este diagnóstico. Al menos cinco.

El primero es que es errado, pues nunca han sido tales “excesos” la causa de la inflación en Venezuela ni tampoco el déficit.

El segundo, que la conclusión derivada según la cual hay entonces que mandar a la gente a ahorrar en vez de que gaste –un caso clásico de intento de “enfriar” la economía– es en el menos malo de los casos extemporánea, pues el tiempo en que mayoritariamente la población podía ahorrar ya pasó hace rato.

El tercer problema es que es inútil para combatir la hiperinflación, sobre todo cuando se consideran el problema uno y dos.

El cuarto, que en un contexto de contracción económica –pues no es la hiperinflación el único problema que tenemos- desincentivar el consumo profundiza aún más dicha contracción, lo que de retruque tiene el efecto de incentivar aún más las prácticas especulativas y por tanto la propia hiperinflación.

Y el quinto es un problema que además de económico es político y ético: ¿a qué nivel de subconsumo hay que llevar a los venezolanos para que los precios bajen o al menos dejen de subir? ¿Es entonces la precariedad generalizada el costo social que hay que pagar para que los precios monetarios se estabilicen?

La intención de este texto –que para efectos prácticos dividimos en dos entregas- es dar cuenta de estos problemas. Para al final realizar algunas propuestas que creemos pueden coadyuvar a solucionarlos al menos parcialmente, en el entendido de que, más allá de la situación grave que atravesamos y los panoramas mucho más complejos que se avizoran, el problema principal sigue siendo que las medidas anunciadas en el marco de la reconversión económica de agosto, en su amplitud y ambición, en más de un aspecto son contradictorias y difícilmente pueden convivir unas con las otras.

Emisión monetaria, déficit fiscal e hiperinflación: ¿el huevo o la gallina?

Sobre el primer problema no nos vamos a extender: simplemente no existe manera de demostrar para el caso venezolano, ni la existencia de tal cosa como un “exceso de liquidez monetaria”, ni mucho menos, que la emisión descontrolada sea la causa detrás de la inflación y ahora la hiperinflación. O que lo sea el déficit fiscal. Desde luego, eso no evita que hayan quienes todavía repiten tales especies. Como tampoco evitó -tal y como hemos visto- que dentro del gabinete económico se hayan convencido de ella.

Ya es un punto que hemos abordado recurrentemente. Desde nuestros primeros trabajos en 2013 sobre el alza de los precios en Venezuela. Luego en trabajos junto a José Gregorio Piña en 2015. Y también es un tema abordado amplia y detalladamente por Pasqualina Curcio en este mismo medio (ver acá y acá). Por lo demás, y como comentamos recientemente, incluso dentro de las propias filas de economistas anti-chavistas, hay quienes reconocen que el diagnostico monetarista-neoliberal de la liquidez monetaria como causa de la inflación es un mito.

En cuanto al déficit fiscal, un tema que no se ha tocado tanto como el de la liquidez, obsérvese el siguiente cuadro:

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Como se puede ver, no existe ninguna correlación entre una y otra variable. En 2012, por ejemplo, el déficit aumentó significativamente. Y sin embargo, la inflación ese año bajó con respecto al anterior. Entre 2014 y 2016, pasó al revés: el déficit bajó, pero la inflación se disparó. Y desde 2017 en adelante, el aumento del déficit es para nada proporcional con respecto a la subida de la inflación, ya convertida en hiper. Tómese en cuenta que para los tres últimos años estamos usando datos de la Asamblea Nacional y el FMI, a ninguno de los cuales se puede acusar de chavista.

Para ahorrar hay que tener con qué.

Ahora bien, en cuanto al segundo problema, habría que empezar diciendo que la idea de ahorrar como forma de combatir la inflación e incluso el déficit fiscal no es mala. El tema es que eso tiene su momento: y ese momento ya pasó.

Eso debió hacerse en 2013. Incluso pudo hacerse hasta 2015. Pero ya a partir de 2016 no tiene sentido. Y no lo tiene básicamente por dos razones. La primera porque ninguna tasa de ahorro es lo suficientemente atractiva frente a la inflación como para guardar el dinero en vez de usarlo. Y la segunda, porque para ahorrar la gente debe generar excedentes, entendiendo por tal un diferencial en su ingreso con respecto a lo que destina a sus gastos ordinarios.

En una nota de noviembre de 2013, en medio del dakazo, alertábamos sobre ello. Y decíamos que en vez de estar estigmatizando a la gente de “consumistas” debía considerarse que, ante la inexistencia de mecanismos de ahorro reales, lo más racional dentro del contexto inflacionario que entonces iniciaba era salir a comprar, adquiriendo bienes antes que subieran de precios o refugiándose en aquellos que se revalorizan, como es el caso clásico venezolano de los vehículos, motos, electrodomésticos y, de un tiempo a esta parte, las divisas.

Por otra parte, se desincentivaba también que la gente buscara hacerse directamente de dólares raspando cupo y otras florituras que terminaron generalizándose. Se trataba de tener una lectura no moral de la especulación, entender que en la gente de a pie ésta puede llegar a ser un mecanismo de ahorro indirecto o de protección de su ingreso-patrimonio en contextos inflacionarios o de economías con tendencia a la misma, que ciertamente no debe consentirse ni dejar que se reproduzca pero que tampoco puede combatirse solo policialmente, cosa que tampoco se hizo de manera efectiva por lo demás.

Lo cierto del caso es que a estas alturas del partido solo una minoría muy selecta puede darse el lujo de comprar carros o electrodomésticos. Y no solo por los precios estratosféricos en que estos se manejan (mayoritariamente en dólares, valga agregar), sino porque dados los precios de los bienes de consumo diario, el nivel de ingresos salariales (que es el caso de la mayoría de la población) no lo permite. O para decirlo en cristiano: en estos momentos el salario que ni siquiera alcanza para cubrir lo básico del consumo familiar menos que menos alcanza para ahorrar.

Y esta es la misma razón por la cual de entrada la ciudadanía de a pie ve con recelo a los lingoticos y el ahorro en petros. Dado el nivel de precios actual y sobre todo el ritmo de aumento que llevan, es de esperarse que todos los ingresos que perciba la gente de aquí a fin de año los destine al consumo, no al suntuario como otros años sino al de los bienes más básicos incluso tomando previsiones para el arranque del 2019.

Por otra parte, suponiendo haya quien tenga la intención y capacidad de ahorrar, difícilmente lo hará en lingoticos, ya que el rendimiento que ofrecen no es para nada atractivo con una tasa superior al 200% de inflación mensual. Claro está que siempre habrá quién los compre. Pero en el agregado –que es lo que importa- son excepciones.

La paradoja del ahorro

En cuanto a los problemas tres y cuatro, que preferimos abordarlos conjuntamente en el ánimo de abreviar, viene al caso recordar un fenómeno que se enseña en todos los manuales de economía básica, incluso los malos, y que se conoce como la paradoja del ahorro.

La paradoja del ahorro plantea que, si en medio de una recesión, las personas buscan ahorrar como mecanismo para proteger su ingreso, la demanda agregada o nivel de consumo caerá, lo que inevitablemente acarreará una caída de las ventas y por tanto de la producción, o lo que es lo mismo, una mayor paralización de la actividad económica. De más no está decir que esto también termina afectando al Estado, en la medida que al caer la actividad económica disminuye la recaudación de impuestos y por tanto se ahonda el déficit fiscal.

Cuando Keynes formuló esta paradoja no consideró contextos inflacionarios. Pero resulta obvio que lo mismo que aplica para contextos de estabilidad de precios también lo hace para contextos en que no lo hay solo que exponencialmente. Así las cosas, en los actuales momentos nuestros, todo lo que la gente no gaste en consumo no solo atenta contra la economía familiar, sino también contra la nacional.

Los “actuales momentos nuestros” se traducen en lo siguiente: una caída del PIB estimada en un 34% desde 2014 hasta 2017. Y proyectada para 2018 de 50%. Se dice fácil, pero en términos reales significa que el tamaño de la economía venezolana retrocedió 20 años, es decir, al mismo nivel de 1998, pero con la población y necesidades del 2018.

A la par, una hiperinflación que algunos estiman en un millón por ciento para cierre del año, pero que en todo caso no será menor a 500.000%. Y una caída de las importaciones superior al 70%.

El manual dice que para recuperar la senda de crecimiento hay que detener la inflación y promover las inversiones productivas. Y en líneas generales eso es cierto. Pero dejando de lado el conflicto político, el asunto es que hacerlo del modo convencional ajustando mediante un shock de demanda liberando precios y contrayendo el poder adquisitivo –que es exactamente lo que se esta haciendo más allá de lo retórico- en contextos que ya no son inflacionarios sino hiperinflacionarios con contracción profunda de la actividad económica es inútil y además tiene efectos catastróficos.

Es inútil porque cuando a la gran mayoría de la población le alcanza para lo básico, el consumo más que una “función económica”, como gustan decir los expertos, pasa a ser un acto de subsistencia. Y en tal virtud, antes que disminuirlo aún más, la gente se las ingeniará para mantenerlo (lo que incluye bachaquear, revender, etc.) a sabiendas que lo contrario es precarizarse aún más.

Por otro lado, hay que considerar que existe un sector de la población que cuenta todavía con suficiente poder adquisitivo, donde hay que incluir a los ricos de toda la vida y los recientes, pero también a todos aquellos que reciben remesas de sus familiares en el extranjero. Uno de los efectos perversos de esto es que si bien no son suficientes como para estimular la demanda agregada (conforman menos del 20% de la población) ni equilibrar las cuentas nacionales, sí lo son para alimentar el espiral hiperespeculativo y por tanto desequilibrar aún más el cuadro, lo que incluye impulsar el repunte del dólar paralelo en un esfuerzo por mantener los diferenciales de los cuales se sostiene su poder adquisitivo.

En resumen: convocar a la gente a ahorrar en este contexto de puja distributiva e hiperinflación que se da no a pesar de la recesión sino precisamente por ella, no solo no tiene sentido en lo individual-familiar ni en lo nacional, sino que resulta contraproducente al tiempo que no tendrá efectos significativos para contrarrestar el alza de precios.

A este respecto, consideramos que hay que repensarse las cosas, pues de lo contrario ocurrirá -y esto es lo catastrófico- que nos hundiremos definitivamente en un bucle regresivo similar al que viven economía como Zimbabue, que ni moneda propia ya tiene y que de la hiperinflación pasó a la deflación y la gente debe optar entre vivir de agricultura de subsistencia o especulando con monedas reales o virtuales.

En la siguiente parte ahondaremos más sobre esto, pero además plantearemos algunas alternativas que nos parecen viables de practicar si bien suponen repensar en su conjunto las medidas de agosto.

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