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[RECUERDOS] Manuel

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38-Manuel Marulanda Velez1964

Hace más de cuarenta años. Realmente no estoy completamente seguro de por qué fui seleccionado, junto con Adolfo, para asistir a ese encuentro. Estábamos allí, además de un fuerte grupo de camaradas colombianos, algunos compas de Ecuador, Bolivia, Perú, 2 compas de Chile y uno de Argentina, así como varios centroamericanos y un mexicano. En realidad, en ningún momento se hizo presentación oficial de nadie, fue a lo largo de los días del encuentro que fuimos conociéndonos e identificándonos.

Cuatro días antes de que terminara el encuentro, notamos un fuerte movimiento de seguridad, superior al ya existente, Francia, una camarada combatiente del lugar me comentó, a la hora del almuerzo: “Viene alguien, se están preparando para recibir a alguien”. Ciertamente como a las 10 de la noche llegó una gente, eran varios y se agruparon en la zona de comandancia hasta muy altas horas de la madrugada. Yo, al fin me quedé dormido. El cansancio y la disciplina le ganaron a la curiosidad.

En el saludo de la mañana, antes del desayuno se aclaró la incógnita. Allí delante de todos nosotros, y sin ser anunciado y sin ninguna presentación, estaba el comandante Manuel Marulanda, el mítico “Tiro Fijo”. Nos dirigió una breve arenga y anunció que permanecería con nosotros todo ese día, por lo menos. En realidad se quedó allí hasta el fin del encuentro. Aunque el sábado al levantarnos para comenzar nuestro camino de regreso ya él y su grupo no estaban por ahí.

Francamente me impresionó la sencillez, la simpleza humana de aquel camarada, era un “campesino”, aparentemente osco y cerrado, pero bonachón y cercano al conocerlo. Nos marcó la sencillez con que nos trató a todos y en la conversa con nosotros, los venezolanos, nos impactó la cantidad de información, de todo tipo, que manejaba sobre Venezuela, sobre el gobierno, la represión, los movimientos revolucionarios y su gama de problemas, la situación económica, todo. Pero especialmente nos sorprendió su capacidad para relacionar cosas y para establecer consecuencias y conclusiones, todo en medio de aquel aspecto de campesino que solo era desmentido por el uniforme y por el enorme respeto con que era tratado por todos. Apenas hablamos un rato, algo más de una hora, bueno un poco más porque nosotros de asomados, nos quedamos a la conversa con los compas de Centroamérica, con los cuales teníamos especial afinidad. Fue la única vez en la vida que pude conversar con él. Lo vi algunas veces más pero ya no hubo otra conversa. Sin embargo aquellos breves momentos han sido suficientes para llenar un espacio que se hizo permanente. El camarada, el revolucionario, el comandante, el hombre llano, simple, todo eso quedó ahí, de forma imperecedera.

El viernes en un breve cruce de despedidas, nos pregunto a Adolfo y a mí que para donde pensábamos ir. Los dos entendimos que no nos pedía un itinerario de viaje, hablaba más bien de la ruta histórica, es decir nos hablaba de todo el camino, de todo el que queda por delante. Temeroso, no de él, sino de la historia le dije que como decía Argimiro solo había un camino y duro o como fuese, había que seguirlo, hasta el final y él me respondió: “Todo camino tiene un principio, sin dudas. Pero ninguno tiene un final definitivo, cuando mucho un nuevo comienzo cada vez. La tarea del revolucionario, del combatiente está en saber entender eso. Que la tarea no termina nunca, se inicia constantemente”. Adolfo y yo nos quedamos callados, no hubiéramos podido decir nada en ese momento.

Al día siguiente muy temprano varios compas de varios sitios, acompañados por un fuerte contingente, partimos en el inició del regreso. Poco a poco nos fuimos separando, cada cierto tiempo un grupo tomaba camino propio. Al final de la tarde, casi noche ya, Adolfo y yo, que ya teníamos como una hora caminando solos, llegamos a una hacienda cerca de un caserío cuyo nombre se me perdió en la bruma del tiempo. Nos recibieron con cariño, nos bañamos, cenamos y nos fuimos a dormir realmente agotados. El domingo lo pasamos descansando, jugando dominó y tomándonos unos tinticos.  El lunes muy de madrugada partimos en un camión cargado de caña para un central azucarero frente al cual esperamos un bus que nos llevó a la ciudad. La aventura, bueno esta parte de la aventura, había terminado. Quedaba por delante una interminable sucesión de nuevos comienzos. Manuel tenía, tiene, razón...

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