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[SARAMAGO] “Esa tontería de ‘la moda joven’, no es buscada por los jóvenes, sino por toda una industria”

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Saramago

Se cumple el 95º aniversario del natalicio del escritor portugués José Saramago. Una evocación sobre varias de sus obsesiones: el devenir de las lenguas, las diferencias entre educar e instruir, el idioma inglés como penetración cultural en naciones que acumulan bases militares estadounidenses, los errores de la sintaxis y la ortografía, el mundo de un diccionario, sus primeros trabajos como cerrajero.


Se cumplen hoy, jueves 16 de noviembre, 95 años del nacimiento del escritor, periodista y dramaturgo portugués José Saramago (1922 – 2010). Hizo pie en este mundo en una feligresía de la minúscula villa de Golegã, región del Ribatajo, cerca de las orillas del río Tajo, a unos 115 kilómetros de Lisboa. Su madre, María da Piedade, su padre, José de Souza: ambos campesinos, sin tierras, padeciendo igual que miles de pequeños labradores la vorágine impiadosa del latifundio de aquel tiempo.  

Por distracción (hay quienes sostienen que se trató de una broma), no más al nacer algo extraño sucedió: Saramago no debía apellidarse Saramago, sino Souza, como su padre. El funcionario del registro civil escribió José Saramago y así quedó por siempre. No fue un buen día para el empleado oficial: como corolario, anotó que el futuro escritor había dado a luz el día 18, y no el 16 de noviembre, la fecha correcta. Aún hoy es un misterio cómo influyeron en el devenir del artista estos errores iniciales.

Mucho se recuerda de los pasos de Saramago por Argentina. Uno de ellos, el último, fue en ocasión de su participación en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, desarrollado a fines de 2004 en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, ámbito en el que numerosos especialistas debatieron sobre la actualidad y el futuro del idioma español, apenas despertado el siglo XXI. El Encuentro, que se extendió por cuatro días, sirvió también para recordar la figura de Ernesto Sábato (1911 – 2011), por quien el portugués sentía profunda admiración.

El Congreso  – igual que lo sucedido en anteriores y posteriores eventos - tuvo sus polémicas: de manera paralela, en la misma ciudad, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel inauguró el “Primer Congreso de laS LenguaS” (sic), encuentro que propuso reivindicar una paulatina recuperación respecto de la memoria y la identidad de las lenguas de las comunidades originarias de América. El propio Saramago se hizo un espacio para participar, junto al nicaragüense Ernesto Cardenal, representantes de universidades y organizaciones de pueblos originarios, quienes abogaron por la “pluralidad lingüística y cultural”.

Prólogo de lujo

Distante de las formalidades lógicas del Congreso de la Lengua en Rosario, un día antes Saramago realizó un conversatorio informal con periodistas y fieles lectores en un “pituco” hotel céntrico de la ciudad de Buenos Aires, donde – vestido con impecable traje negro y corbata al tono – el autor se refirió a las discusiones desatadas en los ámbitos académicos sobre la cuestión del idioma y su futuro en el transcurso de las futuras décadas.  

Para el  autor de “Ensayo sobre la ceguera”, este tipo de debates venían de muy lejos. “Es claro que el tema del idioma y la lengua son temas tan importantes como estratégicos. Si uno ve cuántas naciones tienen en sus territorios bases militares de los Estados Unidos, se ve que el idioma, en este caso el inglés, se convierte en un arma de penetración más”, señaló el premio Nobel, al tiempo que hizo una divisoria de aguas entre el concepto de educación e instrucción que se brinda a los jóvenes en las escuelas.

“Cuando hacemos instrucción estamos haciendo una cosa y cuando educamos realizamos otra. Es una equivocación pensar que personas analfabetas no saben educar. Mis padres y mis abuelos eran analfabetos y sin embargo me brindaron educación, dándome elementos relacionados con valores de respeto y solidaridad”, sentenció.

“Seguramente, si hacemos un viaje por la Argentina encontraremos muchos analfabetos que son personas educadas. Por eso, cuando se cree que en las escuelas se puede educar se está cometiendo un error importante. La escuela no tiene ni condiciones, ni vocación, ni tiempo para educar; más aún, ya hay poco tiempo para instruir, por eso considero que educar es cosa de las familias y de la sociedad civil”, desafió el portugués.

Entre tantas ideas que dejó plasmadas para la reflexión, hubo una que sorprendió a varios, referida al concepto de la “identidad” de los pueblos. “Se habla mucho de la identidad de los pueblos, pero, ¿qué significa eso? No creo demasiado en la identidad de los pueblos, yo creo en el tránsito de las generaciones, esas que recrean situaciones, placeres, padecimientos y sueños. En fin, justamente la identidad está en constante cambio”.

Escritura y política

Cuestiones como la sintaxis y las faltas de ortografía en los textos no estuvieron ausentes. Según Saramago, “a estos errores debemos verlos como un juego, como aquellas pintadas en las paredes que desbordan distintas maneras de decir las cosas. Insisto en que todo tiene que ver con la educación y la instrucción. Cuando yo tenía 12 años, prácticamente no había cine, la radio era de una precariedad total, no había televisión ni videojuegos; es decir, nadie tenía el acceso que hoy se tiene a estas posibilidades”.

Y añadió: “En mi juventud, la medida a tomar era sencilla: tomar el libro si algo quería conocer. En la actualidad, con la diversidad y la expansión tecnológica, no es sencillo llamar la atención de un chico por el libro. El niño se pregunta: ¿Cuánto tiempo necesito yo para leer este libro de 200 páginas si en ese tiempo puedo desarrollar cosas más divertidas”.

En tal sentido, el portugués sentenció: “Los chicos tienen el gusto que la sociedad les propone. Esa tontería de la ‘la moda joven’, en verdad no es buscada por los jóvenes, sino por toda una industria, por las grandes empresas dirigidas por señores de grandes panzas. Ellos pasan de moda en moda y todo se trata nada más que de un gran negocio al que muy pocos tienen acceso”.

Sobre el resultado de los comicios presidenciales de aquel 2004 en Estados Unidos, en el que el candidato republicano George Bush se alzó con la victoria, dando inicio a su segundo mandato, el novelista comentó con severidad: “A mí no me preocupa el señor Bush sino el pueblo norteamericano. La Casa Blanca no tiene amigos sino intereses, y esos están a la vista. Que el presidente sea republicano o demócrata para nosotros no cambia nada, porque el poder lo tienen las industrias, las grandes corporaciones, que si quieren mantener un presidente lo mantienen y si quieren quitarlo lo quitan. Y cuando digo que a mí me preocupa el pueblo norteamericano, lo digo por todas las mentiras probadas que se han dicho y que, sin embargo, no han generado un efecto más reflexivo al respecto”.

Antes de todo

Antes de dedicarse de lleno a la literatura – en 1947 publicó, con poca repercusión, su primera novela, “Tierra de pecado” - Saramago realizó tareas de cerrajero y mecánico. Lo de cerrajero, por fuerte insistencia de su padre. En tal sentido, confesó que estas tareas no habían influido de manera decisiva en las temáticas de su obra. Sin embargo, admitió que “tal vez esos oficios me acompañaron a la hora de trabajar con las manos, algo que forma parte de mi personalidad más profunda. Existe una relación directa entre el cuerpo y lo que se hace”.

Aunque subrayó las diferencias en cuanto a la época en que se dedicó a esas tareas y el presente: “Existe una enorme diferencia entre el trabajo industrial ultra mecanizado y aquellos trabajos que yo me esmeraba en hacer por esos años de mi adolescencia”.

”Yo cuido mis instrumentos de trabajo, como el diccionario. Tal vez a esta altura ya no necesitaría el recurso de este texto, pero siempre recurro a él. Siempre siento que al revisar el diccionario abordo un continente nuevo, distinto, que jamás exploré. Y éste, como tantos, es un instrumento de mi actual trabajo”, concluyó el portugués, proponiendo, “por razones de cansancio”, dar fin a un encuentro que nadie de los presentes deseaba que concluyera.

Transcurrieron pocos años de aquella conversación en la ciudad porteña. El 18 de junio de 2010, a los 87 años, en su residencia del archipiélago canario de Lanzarote (Las Palmas, España), Saramago falleció de una leucemia con la que debió convivir demasiado tiempo. Aún retumban las tramas de varios de tus textos, sus obsesiones sobre los senderos calmos y las trampas del lenguaje, la solidez de sus convicciones comunistas hasta el fin de sus días, los recuerdos de una infancia marcada por las penurias económicas de su familia, sus estudios sobre aquel otro portugués, el multifacético Fernando Pessoa, los feroces ataques que recibió tras la publicación de “El Evangelio según Jesucristo” (1991), que llegó a provocar su alejamiento parcial de Portugal, al ser acusado de “anticatólico”.

Se dice que ni el último día de su vida dejó de escribir. Sus cenizas descansan frente a la Fundación que lleva su nombre, en Lisboa, al borde de un olivo antiquísimo llevado allí desde su pueblo natal.

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