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[PUNTO FINAL] Fidel y la religión

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“Revolución es sentido del momento histórico;
es cambiar todo lo que debe ser cambiado”.(1)

Una crítica que repiten los adversarios de la revolución cubana apunta a su supuesta incapacidad de reforma. Con especial ahínco se etiquetó a Fidel de inflexible, dogmático, testarudo, obcecado en el error. Sin negar que el talante gallego de su estirpe le insufló un carácter más cercano a la porfía que a la condescendencia, es injusto cerrar el juicio histórico sin reconocer también su voluntad de autocrítica, de aprendizaje y apertura a nuevos paradigmas y opiniones.

Un ámbito en el que se aprecia esta capacidad es en la valoración y reconocimiento institucional de la conciencia religiosa en Cuba. Como es sabido, durante los primeros años de la revolución el enfrentamiento entre Fidel y la jerarquía de la Iglesia Católica fue frontal. A medida que la revolución fue definiendo su carácter, el episcopado fue incrementando su oposición cada vez más insurreccional. La expresión más macabra fue la participación eclesial en la Operación Peter Pan, organizada por la CIA, pero ideada por el sacerdote de Miami Bryan O. Walsh, y que sacó de Cuba a 14.048 niños y niñas entre 1960 y 1962. Orquestada con el fin de inducir el pánico de la sociedad cubana, inventó un supuesto plan del Estado para quitar la patria potestad sobre los hijos, lo que justificó la expatriación de los menores bajo excusas y tapaderas. La CIA pensó que los niños estarían sólo un breve tiempo en Estados Unidos, y regresarían a Cuba después de triunfar la invasión de Playa Girón. Pero con el fracaso de esa incursión, y la consiguiente suspensión de los vuelos directos con La Habana, muchos de los padres de esos niños no pudieron viajar, quedando alojados en casas de huérfanos o fueron adoptados por familias norteamericanas. Una operación que pretendía defender “la familia católica” terminó separándola, y muchos niños nunca volvieron a encontrarse con su padres.(2)

Este tipo de prácticas se mantuvieron. La política de Estados Unidos entró en una dinámica de guerra no convencional contra Cuba, que ha pasado por varias etapas y métodos, y que incluso después del restablecimiento de relaciones diplomáticas en julio de 2015 no ha logrado culminar totalmente. En todos estos años, sectores de la Iglesia Católica y líderes evangélicos se prestaron para ejecutar todo tipo de operaciones anticubanas de las agencias de inteligencia de Estados Unidos. No es extraño que desde el Estado cubano se viera a las instituciones eclesiales como la punta de lanza de las conspiraciones del enemigo. Por otra parte, la revolución asumió la idea de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”. No era posible que la esfera religiosa no fuera afectada por cambios tan estructurales. Las congregaciones religiosas dejaron de ser sostenedoras de colegios particulares y la nueva laicidad estatal asignó a las manifestaciones religiosas un carácter estrictamente privado. A la vez, la progresiva influencia de los Estados socialistas de Europa del Este fue marcando una gestión de la “esfera religiosa” con una mirada de sospecha, más aún en el contexto de guerra fría donde la Otan utilizaba a las Iglesias como acicate contra los gobiernos del campo socialista.

FIDEL Y LA “IMPORTANCIA DECISIVA” DE LOS CRISTIANOS

Todo parecía indicar que Cuba debía seguir esa orientación de modo mecánico, aplicando las mismas restricciones a la práctica religiosa que en Europa oriental. Pero en América Latina la realidad fue mostrando otra cosa. Las comunidades cristianas por todo el continente comenzaron a mirar a Cuba primero con interés, y poco a poco con sintonía y afecto. En 1968 el episcopado latinoamericano lanzó el “Documento de Medellín”, donde reorienta la visión del catolicismo hacia una nueva “opción por los pobres”, que exige cambios estructurales en el continente. En 1971 el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez lanzó su famoso libro Teología de la Liberación. Perspectivas, que puso nombre a un nuevo enfoque teológico que se arraiga profundamente por toda América Latina. En ese marco, y aprovechando su visita a Chile, Fidel se reunió el 29 de noviembre de 1971 con el grupo de los 80 sacerdotes que estaban organizando el nuevo movimiento de los Cristianos por el Socialismo. En ese encuentro comenzó a gestarse una alianza estratégica, que Fidel plasmó al decir aquel día: “El interés grande en esta reunión es sencillamente porque creo en lo que creo, en lo que estamos haciendo, me siento aliado de ustedes. Si uno no creyera que es justo lo que estamos haciendo, sería más bien pesimista, por eso le doy tanta importancia. El Che fue el que dijo que el día que los cristianos tomaran conciencia de las cosas revolucionarias, iban a tener una importancia decisiva. En ese plan es en el que quiero hablar”.(3)

Y el plan cuajó, y se desplegó en los años venideros: en Nicaragua los cristianos no miraron por la ventana los cambios, fueron parte orgánica y protagónica del proceso. Y de la misma forma se involucraron en todas las luchas guerrilleras de América Central. Las comunidades de base reinventaron la Iglesia desde abajo, con obispos como Helder Cámara, Pedro Casaldáliga, Leónidas Proaño, Samuel Ruiz y muchos otros. En el campo protestante ocurrió algo parecido, especialmente en Cuba, donde pastores como Raúl Suárez, fundador del Centro Memorial Martin Luther King, y la pastora Ofelia Ortega, de la Iglesia Presbiteriana, asumieron una voz profética en defensa de los valores de la revolución.

La mejor expresión de este giro es el libro Fidel y la religión. Conversaciones con Frei Betto, que condensa 23 horas de diálogo entre el dominico brasileño y el líder de la revolución. Fueron 379 páginas, que se editaron en 32 países y en 23 idiomas. Más que un repaso biográfico al pensamiento de Fidel, plasma una nueva política de apertura a la diversidad religiosa de la isla, que quebró con una serie de “dogmas” que la tradición soviética arrastraba por décadas. Aunque la Constitución cubana de 1976 determinaba que formalmente no existía ninguna restricción a la libertad religiosa, el propio Fidel reconoció en su diálogo con Frei Betto que en los hechos existía: “Si me preguntan si existe cierta forma de discriminación sutil con los cristianos, te digo que sí, honestamente tengo que decirte que no es una cosa superada todavía por nosotros. No es intencionada, no es deliberada, no es programada”. La desconfianza tenía sus motivos y razones. Pero esa lógica hizo que para muchos funcionarios y burócratas la sola condición de católico fuera motivo suficiente para ser considerado contrarrevolucionario. Pero Fidel apostó a restablecer el diálogo roto a inicios de 1960.

Un recuerdo similar tiene el pastor Raúl Suárez: “Todos sabemos las contradicciones que se dieron al principio de la revolución. Yo no puedo olvidar el año 1984, porque para mí es el año de oro... Por primera vez en el proceso revolucionario Fidel recibe a catorce líderes protestantes. En esa reunión -que duró tres horas y media- mencionó el libro Fidel y la religión, y nos empezó a leer algunos fragmentos para que le diéramos nuestra opinión. Recuerdo que nos leía cosas extraordinarias, cuando dijo que no había logrado tener creencias religiosas, pero que había dedicado su vida a poner en práctica las enseñanzas sociales de ese símbolo llamado Jesucristo, que era muy familiar para nosotros”.

La apertura a la diversidad religiosa culminó en 1991 con el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba que admitió el ingreso a sus filas de todos aquellos que acepten sus estatutos y programa, con independencia de sus creencias religiosas. Un cambio que Fidel sintetizó al decir en ese momento: “El dogma tan predilecto de los reaccionarios sobre la imposibilidad de entendimiento entre cristianos y comunistas se viene al suelo sobre el fundamento de una comprensión profunda de ambas doctrinas”. En ese proceso también jugó un rol muy importante el entonces arzobispo de La Habana y luego cardenal Jaime Ortega. Y desde el campo protestante hay que recordar el enorme aporte de “Pastores por la Paz”, fundado en 1991, en el peor momento del periodo especial, que se jugaron por romper el bloqueo desde Estados Unidos y abrir un canal de ayuda humanitaria en la peor hora de la revolución.

LAS CONSPIRACIONES FALLIDAS

Toda esta reorientación de las políticas de reconocimiento a la diversidad religiosa, impulsada por Fidel, no fue entendida por las agencias norteamericanas, y mucho menos por Miami. Creyeron que era mera apariencia. Enceguecidos por la caída del campo socialista en 1991, todos apostaron a la tesis de Andrés Oppenheimer, que publicó en 1992 su bestseller La hora final de Castro. La historia secreta detrás de la inminente caída del comunismo en Cuba. Para Oppenheimer esa caída era cuestión de días. Pero a pesar de sus augurios, a 1992 le sucedió 1993, y 1994, y 1995, y Fidel mantenía el rumbo en medio de los dolores y sufrimientos del periodo especial. Algo faltaba, una chispa que incendiara la pradera. Y en 1996 encontraron la oportunidad que buscaban. El Papa Juan Pablo II, el Papa polaco, ícono del anticomunismo, se manifestó interesado en visitar Cuba. Para Miami y Washington era la chispa esperada.

¿Debía Cuba aceptar esa visita? Fidel no lo dudó. Juan Pablo II aterrizó en La Habana el 21 de enero de 1998. Los periódicos de todo el mundo enviaron corresponsales para cubrir el espectacular suceso. Se esperaba que la llegada del Papa sería la ocasión propicia para un levantamiento social “espontáneo” que pondría en jaque la legitimidad de la revolución. Todos los “Oppenheimer” del mundo auscultaban la muchedumbre, pero las protestas no llegaron. Abrían sus micrófonos, pero no encontraban los relatos de su conveniencia. Sin mayor novedad, Juan Pablo II regresó a Roma, dejó un mensaje de apertura de Cuba al mundo y del mundo a Cuba, y una explícita condena al bloqueo. Y Fidel le entregó un mensaje en clave bíblica: “Cuba se enfrenta a la más poderosa potencia de la historia, como un nuevo David mil veces más pequeño, luchando para sobrevivir contra un gigantesco Goliat nuclear que trata de rendirle por enfermedad y por hambre”. La caída inminente que anunciaba Oppenheimer nunca llegó, porque las convicciones revolucionarias del pueblo de Cuba eran mucho más profundas que las especulaciones de los conspiranoicos. Y la religiosidad del pueblo había encontrado un cauce nuevo, despojado de las apariencias y las convenciones del mundo capitalista.

Hoy Cuba goza, de acuerdo a los estándares internacionales, de plena libertad religiosa. No es extraño encontrar cubanos que expresan en público sus preferencias y convicciones, católicas, protestantes, ortodoxas, pero también afro-caribeñas, budistas, o musulmanas. La religión no es motivo de discriminación pero tampoco es lugar para el privilegio, ni excusa para el lucro, ocasión para la avaricia, mecanismo de manipulación, o lugar para el fraude. La revolución ha logrado dar a la fe religiosa un lugar digno, ayudándola a dejar de estar subsumida por el capital. La fe ya no es subterfugio para apropiarse de subvenciones públicas, ni mecanismo de evasión tributaria, abuso de poder, ni clan para alcanzar favores o prebendas. Es sólo un lugar para vivir la esperanza. Tal vez este es uno de los legados menos visibles, pero más significativos, que nos ha heredado Fidel Castro.

Notas:

(1) Fidel Castro, “Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución”, IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, 1º de Mayo de 2000.

(2) Torreira Crespo, Ramón y Buajasan Marawi, José. Operación Peter Pan, un caso de la guerra psicológica contra Cuba. Editora Política, La Habana, 2000.

(3) Pablo Richard. Cristianos por el Socialismo. Historia y documentación. Sígueme, Salamanca, 1976.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 866, 9 de diciembre 2016.

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