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Cooper, amigo.

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cooperAyer fuimos a acompañarte en tu último viaje por estas tierras. Fuimos, usando esa hermosa imagen de los que creemos en la pacha mama, a sembrarte en su vientre. Éramos un grupo relativamente pequeño, pero un grupo no de deudos, más bien de amigos. Por ello pasaron allí, cosas tan interesantes.

Estábamos contentos de estar juntos, reíamos, hacíamos comentarios, juegos, chistes. Por ejemplo, mientras sorteábamos las otras tumbas del viejo cementerio de “El Espejo”, hacíamos comentarios imaginando lo que tu irías diciendo de lo accidentado del viaje. (Sabes, por cierto, me gustó mucho que el azar provocado por el mercantilismo brutal, ese que especula, bachaquea, hasta con las parcelas de los cementerios, haya hecho que ahora estés en ese viejo cementerio.  Ese que es un ambiente mucho más parecido a ti, que en uno con aspecto de parque y con olor a cosas finas. Ese cementerio viejo, por ser, como más real, se acerca entre nosotros y nos acerca más a ti).

Te contaba que pasaron cosas muy interesantes, porque al lado de los chistes y los juegos había miradas a los ojos, a esos ojos que conocemos de todos los días, ojos cotidianos, pero que en ese instante estaban distintos. Además, había abrazos espontáneos y sin motivos y encuentros por aquí y por allá. Y al final pasó algo que fue especial. No lo había notado hasta que salimos a la plaza y alguien de los que salieron primero comentó: “Se quedaron como pegados”. Y entonces lo note y era cierto. Pues lo habitual es que cuando termina la parte formal del entierro todos salen. Pero ayer no fue así. Simplemente nos quedamos ahí un rato largo. Hablábamos, reíamos, en grupitos y Laurens leyó aquel especial poema de Borges. Y bueno, estábamos ahí sin prisas. Y sabes ahora me doy cuenta de que nos sentíamos bien. ¡Estábamos juntos, tú y nosotros! Y nos sentíamos bien. Tristes, muy tristes sin duda, pero contentos y bien. Y cónchale, camarada, amigo, eso me parece tan bonito…

Pensé antes en hablar de otras cosas, de tu valor como persona, de tu empeño en luchar, de tu necesidad de vivir, de compartir, de soñar. Pero al darme cuenta de lo especial que fue ese momento y tu capacidad para decirnos cosas, a través de él puedo decirte ahora, sin dudas, que te llevas una buena parte de nuestras vidas, de unas más que de otras lógicamente, pero lo haces indudablemente. Pero sabes, y quizá ahí nos ponemos a mano. Nosotros nos quedamos con pedazos, muchos pedazos de la vida tuya, pedazos que con ese montón de cosas que la vida nos ha permitido el privilegio de compartir, nos hace cada vez más e inevitablemente hermanos, compañeros de ruta, camaradas.

Vez, estamos un poco a mano.
Gracias Cooper por ello. Gracias viejo.
¡Jessica, tu hija tiene razón: “Fue un honor”!
La lucha sigue. ¡La lucha tiene que seguir!

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