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[MEMORIA HISTÓRICA] Setenta años sin Gaitán

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Hoy, 9 de abril, se cumplen 70 años del magnicidio del político liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán. La actualidad política regional, tal vez como nunca nos invita a indagar sobre este episodio que marcó a sangre y fuego la historia de la nación neogranadina. Estremece la vigencia de su pensamiento.

Bogotá. 9 de abril de 1948. Alrededor de las 9 de la mañana el doctor Jorge Eliécer Gaitán, máximo líder del Partido Liberal, se hace presente en su oficina de trabajo, ubicada en el Edificio Agustín Nieto, Carrera Séptima, número 14-35. El clima es el típico de aquella altura del año: frío, una ligera neblina apenas atravesada por tímidos rayos de sol. Sobrevuelan palomas y los tranvías transportan cientos de almas a sus lugares de trabajo. Toda la zona se encuentra matizada por la invasión de banderas sobre el Capitolio, donde aún se desarrollan las reuniones de la IX Conferencia Panamericana.

GaitanDentro del estudio de trabajo, puede verse al líder liberal junto a sus colaboradores más cercanos. El teléfono no deja de sonar. Es un día con “agenda cargada” para Gaitán: tiene varias reuniones, una de ellas el encuentro con un grupo de jóvenes cubanos, entre los que sobresale un joven, Fidel Castro, acompañado, entre otros, por Rafael del Pino. La idea es dar los primeros pasos para la organización del futuro Congreso de Juventudes Latinoamericanas. También, ya por la tarde, tiene pautada otra reunión, con el político venezolano Rómulo Betancourt.

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Titulado como doctor en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Colombia (1924), Gaitán realiza su doctorado en jurisprudencia en la Real Universidad de Roma, Italia (1927), graduándose con su tesis “El criterio positivo de la premeditación”. En campo estrictamente político, su nombre fue consolidándose como defensor de los trabajadores durante los debates ligados a la Masacre de las Bananeras (1928), en la región de Ciénaga, departamento del Magdalena. Fue Alcalde bogotano en 1936, ministro de Educación y Trabajo entre 1940 y 1944, y congresista desde 1929 hasta su muerte.

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Una de la tarde. Gaitán y sus colaboradores bajan desde el cuarto piso para almorzar y recomenzar una muy extensa jornada de entrevistas. No deja de llamar la atención la presencia, dentro del edificio, de una persona muy joven, jamás vista antes, casi recostada sobre la pared, muy cerca de la puerta del despacho del líder liberal. Acompañado de tres de sus asistentes, sale Gaitán del edificio, rumbo hacia el andén, conversando, sin la menor sospecha de lo que está a punto de suceder.

Menos de quince minutos pasan de la una. Nadie lo sabe. Nadie puede saberlo, pero en ese preciso instante se producirá un quiebre letal en la historia colombiana. Gaitán es uno de los primeros en salir por el portal del Edificio, abrigado por su sobretodo. Apenas si tiene tiempo de dar unos pocos pasos cuando se escuchan los disparos de un revólver, tres según las pericias. Son ruidos secos, estruendosos, a muy corta distancia. Gaitán se desploma, con el cuerpo hacia atrás, casi muerto ya. La confusión estalla, tremebunda. Hay personas que corren, otras que se acercan y observan atónitas. Los acompañantes del moribundo intentan reanimarlo. El cuerpo es transportado a la Clínica Central, junto a su esposa Amparo Jaramillo y varios seguidores. Los médicos intentan reanimarlo pero el abogado agoniza. Tras aproximadamente cincuenta minutos, Gaitán muere, a los 45 años. Cierto consenso nos indica que el aparente asesino del líder liberal fue un tal Juan Roa Sierra, un joven de 26 años, oriundo de Bogotá, venido de una familia de escasos recursos económicos. Gobierna el país el conservador Mariano Ospina Pérez, en el marco de lo que en Colombia ha quedado estampado como el período de la Hegemonía Conservadora (1886 – 1930).

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El crimen de Gaitán tiene una relevancia de tal magnitud en la historia neogranadina, que resulta necesario focalizarnos en lo concerniente al o los autores materiales e intelectuales del magnicidio, que derivarán en los episodios de infernal violencia que se dispararon en todo el país, fundamentalmente en la capital, un verdadero pandemónium sangriento conocido en el mundo entero como “El Bogotazo”.

El periodista Alejandro Vallejo, en una crónica aparecida en la publicación Jornada, escribe sobre el potencial asesino, apenas un muchacho: "(Tenía) un rostro pálido, anguloso, algo demacrado. No se había afeitado durante dos o tres días. En sus ojos brillaba una mirada de odio. No era un ser que estuviera cumpliendo un mero encargo; no estaba pagado simplemente. Ese rostro estaba animado de una pasión feroz. Era un fanático". Muy posiblemente, se trató de la misma persona que, al salir del edificio, Gaitán con sus colaboradores habían visto recostada sobre la pared. Estudios posteriores hablan sobre un supuesto estado de “locura mesiánica” del atacante, con serios desequilibrios psicológicos.

El aparente asesino es rápidamente identificado y, tras una travesía inenarrable de golpes y patadas que arriban desde los cuatro costados, consigue por poco tiempo permanecer dentro de una droguería, a resguardo de la turba que intenta hacerse de él. El propietario del negocio pregunta al joven la razón por la que había matado a Gaitán, respondiendo éste: "Ay, Señor, cosas poderosas que no puedo decir. ¡Ay!, Virgen del Carmen, sálvame". La locura desencadenada se desborda. Roa Sierra, gritando a los cuatro vientos su inocencia y en estado de pánico, es finalmente arrancado del lugar, linchado por cientos de personas que se agolpan en el sitio y arrastrado por la Carrera Séptima hasta la céntrica Plaza Bolívar.

Suele suceder con este tipo de episodios que promueven quiebres históricos: surgen avalanchas de mitos, leyendas y aseveraciones legendarias, por lo que no son pocos los estudiosos que aún no tienen un convencimiento profundo sobre la responsabilidad del joven en el crimen. Con todo, suponiendo, como todo parece indicar, que Roa Sierra es el asesino, resulta insólito que su acción criminal se haya desarrollado por Motus propio, sin cómplices que actuasen en el lugar del hecho, como “campanas”, sostenes de la operación criminal. El propio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, en un escrito describe, fuera de la botica, la presencia de un hombre muy bien vestido que, a los gritos, agitaba a la multitud enfurecida para sacar del “escondite” al joven en estado de shock. Con largos años de experiencia periodística, el escritor revela cómo este hombre, ya atrapado Sierra, se hace humo del lugar tras subirse a un soberbio “carro”.

Inverosímil suponer que el asesinato de Gaitán es obra tétrica de un “joven desquiciado”, solo, suelto, sin un cordón de complicidades. Ante el “inevitable” linchamiento del joven, queda abierta la posibilidad de que, de haber sido éste rescatado con vida, en un futuro proceso judicial se hubiesen desentrañado los vestigios de mil dudas.

Es de suponer, también, que luego de conocido el rápido linchamiento del joven, algunos, o muchos, suspiraron con alivio en Colombia. No son pocos - políticos, sectores de la prensa – los que intentan clausurar con un moño el crimen del líder liberal con el rostro ensangrentado de Roa Sierra rodando por las calles.

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Ya para abril de 1948, es una verdad sin atenuantes que Gaitán, con miras a los comicios 1950, es el candidato que se encamina directo a la presidencia de Colombia. Dueño de una oratoria conmovedora, sus discursos en el Teatro Municipal bogotano, la Marcha de las Antorchas de 1947, la Marcha del Silencio, a pocas semanas de su asesinato, su Oración por los Humildes, aún retumban en la conciencia colectiva colombiana. Acusado mil veces de “comunista” y “desestabilizador”, el líder liberal no tiene freno, lo siente la gente y lo saben muy bien las élites políticas y económicas, liberales y conservadoras. Hasta los comicios de 1946 su ascenso es impactante, de allí en más su popularidad no tiene contención posible. Dígase con claridad: los responsables intelectuales del crimen de Jorge Eliécer Gaitán son lo más rancio de aquellas oligarquías privilegiadas de siempre, azotadas, puestas en evidencia ante los ojos de toda una sociedad por las denuncias que el abogado les propina día tras día, sin descanso, quitándoles respuestas, márgenes de maniobra. Aquella “plutocracia” ya no puede revertir la asunción al poder de Gaitán. De allí que hay que sacarlo de juego.

No es un tal Roa Sierra quien termina expulsando de este mundo a Gaitán, sino aquellos focos neurálgicos de poder que se ven sobrepasados en el discurso, los argumentos, la capacidad de movilización que genera el “gaitanismo”. En sus discursos, Gaitán pone el acento en donde los elementos de poder más retrógrados sostienen sus cotos de riqueza, entre ellos, uno de los principales: la tierra. Gaitán se sumerge como nadie en la problemática agraria, en la necesidad de entregar títulos de tierras cultivables a los campesinos, en las relaciones entre el capital agrario y el privado, en los derechos laborales de los trabajadores agrícolas. “Paguémosle al trabajo y no al que es el dueño de la tierra”, propone. Habla de la expropiación de todas las tierras ociosas, “quietas”, sin trabajar. Insiste en que dicha tierra debe ser distribuida a los campesinos en propiedad, ingresando estas al patrimonio del Estado, sí, pero bajo la condición que éste intervenga en todo lo referente a un genuino desarrollo agrario campesino. Señala a los ojos de la despiadada represión latifundista.

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Una verdadera red de intereses intocables, dentro y fuera de Colombia, aboga por no escuchar más a Gaitán, pues sus ideas se reproducen como reguero de pólvora. Las altas dignidades de la Iglesia Católica, por siempre un poder desmesurado, tampoco tolera más el vendaval de señalamientos de un hombre que, poco más de un año y medio más tarde será ficha segura en el Palacio de gobierno. Gaitán plantea que la educación no puede estar en manos de la doctrina católica ni de ninguna otra, que se debe abandonar aquel concordato (1887) por el cual la Iglesia maneja a su antojo los destinos de la enseñanza en colegios y universidades, inspeccionando qué se lee y qué no, qué autores se abordan y cuáles se desechan… Más aún: Gaitán propugna una educación libre y gratuita, sin ningún tipo de adoctrinamiento ideológico, ni político ni religioso, que sean los propios estudiantes los que marquen las temáticas curriculares.

GaitanPrensa“No todo el mundo tiene que ser doctor - sostiene -, también debemos formar técnicos”. Aboga por la dignidad de los maestros, “quienes deben recibir un pago justo y no aguardiente distribuido por las licorerías”, como sucedía por aquel entonces ante la ausencia de partidas presupuestarias coherentes para la educación: “Hay que apoyar la alta cultura de investigación y pensamiento, sin olvidar las distintas gradaciones y zonas de hombres que hay que armar con los conocimientos prácticos para los distintos menesteres de la lucha vital; en los ramos del saber humano, forzosas son las gradaciones, pensando en el orden social”.  

Gaitán no calla nada. Fijémonos en estos conceptos que dejan al desnudo, expuestos ante la población, a muchos de sus “correligionarios”: “Los oligarcas conservadores colaboraron con todas las corrupciones de los oligarcas liberales que nosotros criticamos, se enriquecieron con el mismo dinero, hicieron los mismos contratos, no tienen autoridad moral porque se hallan hermanados por el hecho de la especulación de las mismas acciones. Asistieron a las mismas juntas directivas, estuvieron de acuerdo con las mismas iniquidades (…) No encuentro la diferencia que haya entre el paludismo de los campesinos liberales y el paludismo de los conservadores. No encuentro la diferencia que exista entre el analfabeto liberal y el analfabeto conservador. No encuentro la diferencia entre esas inmensas masas colombianas que se ven un día sometidas al cacique que se llama mentirosamente liberal y las oprime y les pone la botella de aguardiente cuando no dan el voto por él para seguirles el proceso y meterlos en la cárcel el día siguiente de su rebelión”.

Otros conceptos esbozados por Gaitán, estremecen por su profundidad, incluso incursionando en la psiquis del llamado sujeto social:

“Ese es un viejo criterio mandado a recoger por inhumano y por cruel y por atroz. Ese es un viejo sistema en virtud del cual el hombre nada cuenta. ‘El hombre debe ser esclavo de la máquina, se le debe proteger, sí, que produzca lo más que pueda, que se le pague alto, pero que produzca mucho para que el rendimiento alto no se detenga’: no importa su psicología, no importa la resistencia de su biología, lo que es importante es que la oligarquía plutocrática gane y dé el espejismo de pagar más cuando más se trabaje, aún cuando quiebre la biología y la psicología del pueblo colombiano, porque la economía de los menos está por encima de la vida de los más. Ese es el viejo criterio de la Plutocracia, defender al hombre, defender las garlanchas, no por el hombre mismo, sino por lo que el hombre pueda dejarse devorar de la insaciable sed de dinero de los que tienen dinero. ¡Nosotros decimos cosas distintas! Nosotros no hablamos de esas minucias, que son todas tendientes a saber cómo se le exprime la última gota al hombre dándole el estímulo de pagarle más para que pueda consumir más alcohol y tener más sífilis. ¡Nosotros tenemos un sentir humano distinto, diverso de estas cosas! Nosotros no decimos que el hombre debe ser un esclavo de la economía, decimos que la economía debe estar al servicio del hombre.

Y en cuanto a sus reflexiones ideológicas más globales, bien vale recordar sus conceptos sobre la noción de los “imperialismos”, que, sin estar sostenidos sobre una concepción estrictamente marxista, sorprenden por sus observaciones visionarias:

“En un principio el imperialismo conquistaba tierras ajenas, llevando allá sus tropas y sus escuadras, he allí el ataque orgánico e internacional; pero cuando la humanidad avanza llegamos al ataque fraudulento contra otras naciones, vemos entonces a los imperialistas planear y consumar revoluciones entre los habitantes de un país, pagarlas, subvencionar altos funcionarios, sujetos influyentes y traidores, que llevarán a pedir protección al pueblo imperialista para develar a los funcionarios, produciéndose así la penetración y la conquista. Es el caso de la adquisición fraudulenta internacional, avanza más la humanidad y llega la conquista técnica; no veremos ya los cañones disparando contra las naciones débiles, ni la provocación de revoluciones internas, el sistema será distinto, legal en apariencia; se enviarán al país que quiere dominarse grandes empresas, bancos poderosos, capitales ingentes que lo irán invadiendo y dominando con la aceptación regocijada de los ciudadanos. Ya no se trata de violar la ley escrita, sino de, mediante la expansión financiera, aun permaneciendo inviolada la legislación, se impondrá el más fuerte desde el punto de vista económico. No se necesitará perpetrar el ataque de derecho al estado débil, sino que será absorbido por las vías legales y quedará entregado legalmente al adversario. He ahí el hecho de la conquista técnica. Ni ahora ni nunca claudicaré nuestro espíritu nacionalista, hoy y siempre lo defenderemos, porque creemos que las naciones latinoamericanas, tienen un peligro cierto en los imperialismos, pero nuestro nacionalismo ha de ser siempre un culto severo y solemne a la República (…)”.

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Como se dijo, el crimen de Gaitán se produce en momentos en que en Bogotá se celebra la tan mentada IX Conferencia Panamericana, con uno de sus ejes centrales: “plantar” los designios del Plan Marshall, que promueve la conversión de América Latina en una suerte de “factoría” provisoria de alimentos y materias primas destinados a una Europa semidestruida luego de concluida la Segunda Gran Guerra (1939 – 1945). Vistos los alcances del discurso “gaitanista”, no puede dejar de vincularse su crimen – al menos de manera colateral – en el contexto de esta Cumbre, evento del que el propio Gaitán es literalmente desplazado.

Minutos después del asesinato, arde Colombia con el mencionado “Bogotazo”, un hecho que, por su magnitud, sería imposible de describir en estas páginas. Sólo decir que buena parte de la zona céntrica, igual que otros puntos de la capital, quedan en llamas: edificios públicos, tranvías, vehículos, iglesias, edificaciones de todo tipo, casas particulares, locales, entidades bancarias, almacenes y todo el andamiaje ligado a la ambientación de la ciudad, desde faroles a postes eléctricos, adoquines de avenidas y calles completas; saqueos a tiendas y todo tipo de negocios… Todo en medio de las barricadas que levantan parte de un pueblo enfurecido, “grupos de choque” que el gobierno envía para frenar a los “vándalos”; liberales contra conservadores, conservadores contra militares. A lo lejos se escuchan detonaciones de dinamita; desde terrazas y azoteas los francotiradores tienen su “día de gloria”. No es claro establecer límites calendarios a lo que hoy se recuerda como el “Bogotazo”, aunque se estima que el mismo se extiende durante casi 48 horas. Aún el día 10 continúan los disturbios y la confusión. Hay quienes hablan de 2.300 muertos, otros estiran la cifra hasta 3.500.

Concluyendo, no fueron pocos los interesados en que la rabia popular – sin liderazgos visibles - se transmutase en un verdadero loquero. Es decir: al genuino reclamo de sacar del poder a Ospina por parte de una población decidida a todo, se le sumaron elementos agitadores – policías y civiles – entregando armamento a troche y moche, profundizando el descontrol colectivo, promoviendo saqueos para que el “hecho político” se transforme en “vandalismo”, desvirtuando por momentos el elemento central de tanta furia: el asesinato del líder liberal. En medio de las más espeluznantes escenas de terror, hubo repartija de aguardiente y chicha al por mayor entre la muchedumbre… También, se asegura, durante los momentos más álgidos, en algunas cárceles y dependencias policiales se abrieron las puertas como por “arte de magia”, saliendo de allí desde presos liberales hasta personajes más vinculados al delito que a su interés por los aconteceres políticos nacionales.

Aplacados los enfrentamientos más duros, Ospina disuelve el gobierno y, cual prestidigitador, saca de la galera una extrañísima coalición de ambas fuerzas, conservadoras y liberales, el 12 de abril, tres días después de iniciado el estallido. Increíblemente, la IX Conferencia Panamericana continuó deliberando entre los escombros de la ciudad, con calles oliendo a sangre y muerte, con secuencias escalofriantes de velorios y entierros de miles de almas, como si nada grave hubiese sucedido.

El crimen de Gaitán con su consecuente “Bogotazo”, podemos describirlo como la antesala de lo que en Colombia se denomina como el período de “La Violencia”, una época en donde las escenas más lúgubres se apoderan del país. Esta violencia, fundamentalmente la pugna endémica entre liberales y conservadores, no permitirá que otros colores de ideas políticas cobren fuerza y se expresen sino a través, también, de la violencia.

Con otras palabras: el regreso del conservadorismo más rancio al país, el crimen de Gaitán, el “Bogotazo” y la estampida de miles de liberales y no liberales que se marchan al campo para enfrentar la represión que ahora se reproduce, son hechos determinantes, constitutivos, para que estalle la metástasis de la violencia en Colombia, de características complejas de comprender, que promueven un armado de vínculos de relaciones culturales, específicas, de reglas y patrones de convivencia, que calan en las profundidades de toda la sociedad.

La violencia política en Colombia no nace con el crimen de Gaitán, en absoluto. Pero sí debe destacarse que a partir del magnicidio ésta toma nuevas formas y se consolida con un ímpetu que pocos llegaron a imaginar, formateando en la sociedad pautas de conducta, códigos de convivencia, segmentaciones, reflejos condicionados, construcciones subjetivas en la vida cotidiana, tomando forma, consolidándose, una multiplicidad de nuevos actores en disputa - diversos, heterogéneos, con múltiples intereses y patrones ideológicos – que aún transcurridas casi dos décadas del siglo XXI, tienen diversos niveles de preponderancia.

Setenta años han transcurrido del crimen de Jorge Eliécer Gaitán. Teniendo en cuenta la actualidad política y social regional – inundada de pasos en falso, extraños fantasmas y perplejidades varias – por múltiples razones, el actual podría no ser cualquier aniversario. De allí que valga la pena indagar sobre la vigencia del pensamiento del “El Negro”, como solían llamar al líder liberal.  

 

(Fin)

 

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