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[CRÓNICAS RADICALES] Ella camina con esperanza

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CRONICA L

 “Esperanza deja de ser ilusión,

Esperanza ya no más esperada,

Contundente Fuego Munición Canción,

Sueño vital de Patria Liberada”

 

Se encuentran en Colombia miles de historias desgarradoras de hombres y mujeres cuyo caminar por la vida se vio forzosamente apresurado por el látigo de la violencia: A ella le pertenece una de estas historias.

 

Ella es una mujer joven, baja, flacucha y de expresión aguerrida.

Son aproximadamente las 6 de la tarde y está anocheciendo, ella se sienta frente a mí y me ofrece una taza de café que carga en las manos, me dice que me siente también y que hablemos, empieza contándome que nació en la ciudad, pero cuando era adolescente “lxs echaron a todxs, y si no se iban lxs mataban” y así fue como terminó en el campo.

Se ríe, me cuenta sobre los oficios que ha tenido a lo largo de su vida “A los 11 años comencé a trabajar haciendo zapatos, a los 15 -cuando nos sacaron del barrio- fui cocinera de un famoso restaurante en una parada de camioneros, ahí me tocaba pararme a las 3 de la mañana para poder llegar a tiempo porque eran 2 horas de camino del pueblo hasta allá” su voz empieza a sonar entrecortada y continúa: “A los 16 decidí que me iba con la guerrilla, porque si no lo hacía seguramente los ´paras´ me iban a matar, porque yo quería quedarme en el pueblo ayudando a organizar a la gente para que defendiera sus tierras, pero por esos tiempos cualquier lugar a dónde llegaban las AUC terminaba mutilado, quemado y envuelto en cenizas…”

Pasan apenas unos cuantos minutos desde el inicio de nuestro encuentro y el crepúsculo imponente se roba nuestra atención, sigue la conversa, me cuenta que en sus primeros días “en el monte” lo que más le costaba era que no estaba acostumbrada: la habían mandado para una zona con un clima muy cálido y además todo el tiempo comían las mismas cosas, sus ojos miraban a otro lado mientras me contaba cuanto añoraba entonces cuando había de comer, o cuando trabajaba en el restaurante y podía comer lo que sobraba. Allá casi no comía y no dormía bien: “A los varios meses de ser miliciana me enfermé, en esa zona donde yo estaba era muy común contraer hepatitis, y a mí me dio una tremenda, así que lxs compas ordenaron sacarme a la ciudad para que me recuperara”

Así fue como llegó a Venezuela, lo complejo de su corta existencia no le permitía otra cosa más que intentar resguardarse en un país del que no conocía casi nada. “Yo lo que había escuchado era que había unos ´rojos malos que gobernaban´, y que se robaban niñxs y lxs mandaban a Cuba… ¡Que va! Lo mismo decían de nosotrxs lxs milicianos…Entonces realmente no sabía nada”. Hacemos una pausa corta, viene un carro y hay que pararse a ver quién es, verificamos que todo está bien y seguimos en lo nuestro, nos sentamos nuevamente, me dice que los primeros días en San Cristóbal (la ciudad que la acogió por aquel tiempo) casi no los recuerda, porque estaba muy enferma y no podía hacer casi nada, además no conocía a nadie, y la señora de la casa en donde le habían permitido quedarse era una “doña malacarosa” entonces ni siquiera le hablaba: “Fue casi al mes de estar allá en esa ciudad que comencé a salir y todavía estaba enferma, pero me puse a buscar trabajo y me contrataron en un lugar donde lavaban carros… Yo iba y lavaba carros medio día, el otro medio día me quedaba por fuera para no tener que cruzarme con la doñita de la casa y no molestar”.

Y así fue como comenzó a descubrir la Venezuela de Chávez: en las tardes que pasaba fuera del lugar donde la habían enviado a recuperarse, recorría las calles y hablaba con alguna gente que ya empezaba a conocer: “Para mí era una cosa de otro mundo ver como aquí la gente si podía organizarse y hacer valer sus derechos… y que existiera un presidente al que le importara la gente que no tenía nada”.

Hace frío intenso, pero la conversa irradia el calor propio de un momento de auténtica   empatía, ella sigue comentándome que como le quedaba mucho tiempo libre se interesó por estudiar,  y empezó así a entender muchos de los aspectos teóricos que una Revolución contiene “Cuando yo me metí a la guerrilla no fue porque me interesaba hacer el socialismo, fue por una cuestión de vida o muerte, porque ellxs podían protegerme de algún modo y yo sabía que no eran como los paramilitares, que a dónde llegaban hacían lo que les daba la gana…  fue hasta que comencé a ver, escuchar y leer a Chávez que comencé a entender bien como era la cosa, pero no solamente eso, también fue que en la práctica yo estaba viendo cómo se transformaban algunas cosas que en mí país son inimaginables…”

Ella finalmente mejora, y regresa a ser miliciana en Colombia. Decide que su seudónimo será Esperanza.

Hoy, mucho tiempo después, cobijadas por un lugar cuya aparente tranquilidad es capaz de aflorar emociones efímeramente abrazadoras, y a punto de terminar juntas nuestra añorada y deliciosa taza de café, ella enfatiza que está convencida de que si no se hubiera enfermado, seguramente a los meses se hubiera escapado del frente “Porque una no puede seguir en pie si no está moralizada por algo, aquí se camina mucho y con harto peso, y a veces se siente que el cuerpo ya no aguanta más… y a mí lo que me moralizó fue la Revolución Bolivariana, y hoy me moraliza la idea de seguir caminando y luchando por esos ideales de libertad y de justicia social… Inclusive hoy en día con eso de la crisis y todo se siguen viendo expresiones de verdadera conciencia…El Comandante Chávez para mí sigue siendo un maestro indoblegable, un radical de verdad”

Ella se levanta, me dice que ya tiene que irse porque no puede ausentarse por mucho rato y le toca hacer guardia, se despide diciéndome que se considera “orgullosamente Colombo Venezolana”.

Esperanza es una mujer cuya dignidad encarna a la de dos pueblos históricamente vilipendiados, desde muy joven carga mucho más peso del que muchxs otrxs han cargado, y aun así se le ve erguida, vital, convencida.

Esperanza no puede menos que caminar con esperanza.

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