[OPINIÓN] ¡Tambor y canto! La rebeldía cultural venezolana en San Agustín

Venezuela es un país lleno de tradiciones. Las diferentes comunidades a lo largo y ancho del país tienen fechas bien marcadas en sus calendarios. Más que celebraciones religiosas, son eventos colectivos con un sincretismo que refleja la propia historia de la nación.

Aunque todas las manifestaciones folclóricas tienen sus particularidades, las de los pueblos afrovenezolanos son tal vez las más coloridas, en muchos sentidos. La gente que fue arrancada de sus tierras bajo una vil esclavitud nunca dejó de luchar por reconquistar su libertad. Y en el terreno cultural, mezclar sus tradiciones con las prácticas hegemónicas religiosas fue la forma de asegurar su supervivencia.

Siglos más tarde, algunas expresiones como los Diablos Danzantes de Corpus Christi tienen mucho más ritmo que solemnidad. Lo que las comunidades lograron fue sacar a Dios de la iglesia. En este artículo ofrecemos una mirada a esa rebeldía cultural en el barrio más afro de Caracas: San Agustín.

Calentando tambores

Debe haber pocas fiestas más esperadas para las comunidades afrodescendientes que la Fiesta de San Juan. En pueblos como Curiepe (estado Miranda), el San Juan toma proporciones gigantescas y atrae visitantes de otras partes.

Aunque muchos y muchas inician los festejos desde el atardecer anterior, el 24 es el día de las marchas y procesiones. La victoria de Bolívar en Carabobo tuvo la ventaja de convertir el 24 de junio en feriado nacional.

En San Agustín hay dos recorridos de San Juan, que –como parte de la tradición– no se deben cruzar. Uno, más nocturno, a cargo del colectivo “100% San Agustín” y centrado en Marín. El otro, que acompañamos, comienza en la mañana y está a cargo de la Cofradía La Hermandad de La Ceiba. Sus integrantes llevan franelas recordando a Jesús “Totoño” Blanco, un cultor muy querido en San Agustín, fallecido hace pocos años.

Como cualquier celebración religiosa que se respete, el primer capítulo es una misa. Sin embargo, la ceremonia en la pequeña Capilla del Nazareno se siente como un mero preludio de lo que viene. Mucha gente entra y sale. Afuera se empiezan a alinear las niñas y adolescentes que encabezarán el cortejo. Si las mayores parecen entusiasmadas, ensayando los movimientos de sus banderas, algunas de las más chiquitas lanzan a sus madres las miradas de quien preferiría quedarse durmiendo en un feriado.

De repente, y sin previo aviso para quienes están afuera, despiertan los tambores. De la iglesia sale el santo, en los brazos de un “cargador” designado para la tarea. Las niñas y jóvenes, siguiendo la coordinación de su maestro, hacen su formación en la avenida. Detrás del santo salen los tamboreros, y luego el coro. Con un cielo que no se decide entre despejarse o atormentarse, San Juan sale al barrio.

San Juan te lo da

La procesión desborda alegría mientras recorre los caminos laberínticos de San Agustín, tan novedosos para quien viene de afuera como obvios para la gente local. Nadie queda indiferente ante este pequeño mar de color y ritmo. Los cargadores acercan el santo a quien lo solicite, sea para pedir su bendición o hacer alguna promesa.

A las personas mayores, no muy confiadas de estar en buena forma, los organizadores habían asegurado que el recorrido “sería corto” y que “no subiría tanto”. Pero sí subió, hasta donde llega la calle 1 del Manguito. Donde termina el asfalto, empiezan las escaleras y caminerías, que unas veces suben y otras bajan, para llegar a La Ceiba y por ahí descender nuevamente hacia la avenida.

Al recorrido, que dura varias horas, se va sumando más gente. Otras y otros, agotados o con responsabilidades que atender, se retiran de la procesión. En el camino hay varias paradas en casas previamente seleccionadas para recibir a San Juan. Pausas necesarias para descansar las articulaciones y esconderse del sol.

Los y las más jóvenes siguen con los golpes de tambor y las características ruedas de baile. Las señoras mayores intercambian historias sobre sus dolencias, sus nietos y el suministro de agua en el barrio. Dentro de las casas, pequeños grupos cantan las “sirenas”, cantos cortos dedicados al santo, que reposa por un tiempo en los altares sencillos de las familias anfitrionas.

San Juan todo lo tiene, San Juan todo lo da. Pero igual de presente está la generosidad del pueblo de San Agustín. Entre agua, refresco y ron, todo el mundo comparte lo que haga falta para seguir la procesión. Es una comunidad en el sentido más amplio del término, extendida a locales e invitados de igual modo.

La marcha por fin regresa a la avenida principal, deteniendo el tráfico y atrayendo nuevas atenciones. Llega a las últimas paradas y poco a poco se va disolviendo en la noche de fiesta en el barrio.

La Santísima Cruz de Mayo

La celebración de San Juan ocurre pocas semanas después de otra importante tradición que pudimos presenciar: el Velorio de la Cruz de Mayo. En San Agustín del Sur, uno de los varios velorios de la Cruz de Mayo se realiza en la entrada del registro civil. Es un evento modesto pero no por eso menos lleno de color.

Mireya Peña, cultora y militante, explicó a Tatuy Tv que hay varias hipótesis para el origen de esta celebración, desde los rituales paganos convertidos en cristianos, hasta la influencia indígena y especialmente la afrovenezolana. “Los negros, con el tiempo, hemos mezclado nuestra cultura con otras creencias culturales y religiosas”, dijo.

Aunque el componente religioso está bien presente, la Cruz en Venezuela tiene una estrecha relación con la Naturaleza en sus diferentes expresiones. “Es una fiesta agraria”, afirmó Mireya. “Es una oportunidad para agradecer por el inicio de las lluvias y desear buenas cosechas.”

Durante esta celebración en San Agustín, se ven varias cruces. Las decoraciones tienen colores vivos, algunas con flores de papel, otras de tela o de seda. En la mesa, diferentes frutos son ofrendas a la Cruz, simbolizando las fértiles cosechas deseadas.

“Hay creencias que dicen, por ejemplo, que el papel que se le quita a la Cruz cuando se desviste se debe botar o quemar porque ya recogió todo lo malo”, añadió Mireya. “También se dice que la Cruz escoge el color de su traje. Es una celebración con mucha mística.”

En fiestas como San Juan y la Cruz de Mayo nunca falta la gastronomía tradicional, especialmente la dulcería. En San Agustín, reflejando la migración interna desde finales del siglo XIX, las costumbres culturales remiten a las comunidades de origen, sobre todo poblaciones como Barlovento y los Valles del Tuy, ambas en el estado Miranda.

¡Vengo a cantarte!

La ceremonia en San Agustín empieza con rezos y luego se lucen los y las decimistas. En diferentes actos, los poemas abarcan una secuencia de temas: primero un saludo a la Cruz, luego la celebración de la llegada de mayo con sus lluvias, los deseos que se piden, el significado de la ceremonia, etc. Algunas personas traen sus décimas escritas, o rinden tributo a poetas locales. Los y las más audaces las improvisan en el momento.

Los recitales de poesía se alternan con la música tradicional. El grito “¡tambor y canto!” da la señal para que arranque la percusión. El género que predomina es la fulía, un ritmo fuertemente asociado a la Cruz de Mayo (escuchar canción arriba), que alterna un coro colectivo con estrofas cortas a cargo de quien tenga una pequeña flor que se pasa de mano en mano.

Los tamboreros se turnan cuando hace falta, pero los tambores nunca dejan de repicar, hasta que se dé la señal para volver a las décimas. Algunos de los y las vocalistas intercambian pequeñas provocaciones, mientras entre la asistencia circula una botella de “vino de jengibre”, capaz de espantar todos los males. 

La poesía y el ritmo siguen mientras haya aliento. La comisión de logística garantiza que nadie se vaya sin cenar. Al final, queda expresada la veneración a la Cruz, y mientras se esperan las benditas lluvias, ya en San Agustín se “cosechó” comunidad.

Mi patria querida

El frente cultural es fundamental en la lucha por una sociedad distinta, digna y más justa. El capitalismo extiende sus tentáculos no solo a través de la explotación y la expansión de las corporaciones transnacionales. Es un sistema que mercantiliza todo a su paso y coloniza los imaginarios populares.

En Venezuela, diversas personalidades y organizaciones del mundo de las artes vienen sonando las alarmas sobre la penetración de la industria cultural transnacional, que margina a los creadores y creadoras venezolanas. La defensa de la soberanía pasa también por proteger y difundir las tradiciones culturales.

En ese sentido, la Gran Misión “Viva Venezuela mi Patria querida” es un paso importante para reconocer que este frente de batalla existe y no puede ser ignorado en un proceso que se pretende transformador. Aunque surja en un contexto inevitablemente electoral, el protagonismo que han tenido los cultores y cultoras ofrece razones para el optimismo.

Sin embargo, no hace falta un programa estatal para reinventar la rueda. Ejemplos como los aquí descritos se han manifestado a lo largo de siglos, evidenciando cómo los pueblos, con sus infinitos poderes creadores, transforman sus costumbres en actos de resistencia. En casos como San Juan o la Cruz de Mayo, se subvierte el rol de la iglesia, se rescatan los tambores africanos, se lleva la celebración al barrio y se comparte en comunidad. ¡Tambor y canto!

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