[EDITORIAL] Frente a las amenazas externas, ¡la soberanía es innegociable!
Venezuela se enfrenta en este momento a una creciente amenaza militar por parte de Estados Unidos. La administración Trump ha movilizado buques de guerra, un portaaviones, miles de soldados, bombarderos y otros medios al Mar Caribe.
El objetivo declarado de la Casa Blanca de combatir el narcotráfico no convence a nadie. En cambio, entre oficiales anónimos y comentaristas hay un consenso de que el fin real es el “cambio de régimen”. Las opiniones difieren sobre si hay capacidad y voluntad suficientes para lograrlo.
Desde Venezuela, no hay alternativa que no sea tomar esta amenaza en serio, prepararnos lo mejor posible para los diferentes escenarios, y recordar lo que nos hace luchar en primer lugar.
Una narrativa falaz
La administración Trump es conocida por su alergia a la verdad y a los hechos. Su narrativa de que Venezuela es un “narco-Estado”, el centro del huracán del tráfico de droga en el hemisferio, para justificar esta creciente escalada, es un claro ejemplo de ello.
Desde luego, la crisis de sobredosis en Estados Unidos, así no se acerque a las cifras absurdas que difunde Trump, se debe más que todo al consumo de fentanilo. Y Venezuela no tiene nada que ver con fentanilo, que se produce casi exclusivamente en México con precursores de origen chino.
Más allá de eso, informes de fuentes que van desde la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito hasta la misma DEA han relatado a lo largo de los años que Venezuela juega un rol marginal en el tráfico de droga en el hemisferio.
Es un hecho que la crisis y el bloqueo han mermado las capacidades del Estado venezolano, lo que a su vez ha permitido que grupos armados tomen control de partes del territorio nacional para impulsar actividades ilícitas, desde el contrabando hasta la minería. Zonas fronterizas terrestres (Táchira, Apure) o marítimas (Sucre) son ejemplos de esto.
Pero aún así, menos del 10 por ciento de la cocaína producida en Colombia fluye por territorio venezolano. El narcotráfico es un negocio. Violento y destructor, pero un negocio al fin y al cabo. Y mover droga en pequeñas lanchas de isla en isla en el Caribe no es la forma más eficiente de hacerla llegar a Estados Unidos, el gran consumidor. Por eso la gran mayoría de la droga viaja por el Pacífico directamente a Centroamérica antes de entrar en EEUU por tierra.
Sin embargo, esta realidad no ha impedido a la administración Trump propagar el mito de que el gobierno venezolano está “inundando” el país con droga a través del Tren de Aragua y del Cartel de los Soles. Si en el primer caso se trata de una exageración absurda de un grupo sin ningún tipo de comando centralizado a gran escala, en el segundo prima la ausencia de evidencia seria que conecte el alto mando venezolano con actividades ilícitas.
Entonces, ¿a qué propósito sirve esta narrativa? Simplemente, los neocons, con Marco Rubio en la cabeza, llegaron a la conclusión de que no convencerían a Trump con base en argumentos sobre “libertad” y “democracia”. Así, cambiaron la música de forma a apelar a la lógica de “mano dura” del magnate-presidente.
Los tambores de guerra
En este momento, se concentran en el Caribe destructores, buques de asalto anfibio, submarinos y se acerca un portaaviones con su escolta. Entre los navíos y las bases en Puerto Rico hay más de 10 mil soldados movilizados. A esto se suman medios aéreos: drones, helicópteros, cazas y bombarderos. Los aviones de guerra ya han entrado repetidas veces en la zona de información de vuelo de Maiquetía.
La guerra es todavía sólo una amenaza, pero ya ha cobrado víctimas. Entre los bombardeos en el Mar Caribe y en el Pacífico ya se suman más de 60 civiles ejecutados extrajudicialmente. Sin embargo, diferentes analistas coinciden en que el poder de fuego que se concentra es absolutamente excesivo para una misión de hundir peñeros en alta mar.
La pregunta es: ¿qué sigue? La extrema derecha venezolana —encabezada por el Nobel de la Paz menos pacífico que se pueda imaginar— sueña con una invasión directa norteamericana. Luego de 25 años sin fuerza y apoyo suficientes para tomar el poder, espera llegar a Miraflores montada en un helicóptero Apache.
Un escenario así, además de que no se desarrollaría como una película de Hollywood, tiene un potencial de muerte y destrucción que no hace falta describir.
Opinadores más “optimistas” recuerdan la aversión de Trump a meterse en situaciones complejas, que requieren compromisos largos y costosos. Una intervención militar en Venezuela para instalar un gobierno títere tendría todas estas características. Esta corriente de opinión recuerda que a Trump le encantan las bravuconadas para luego retroceder con algo que pueda vender como una victoria.
En este caso, es difícil retroceder luego de un despliegue de esta magnitud sin hacer “algo”. Con su triunfalismo característico, Trump ha dicho que ya se controló el narcotráfico por mar y que vienen los ataques en tierra.
Sin una fuerza suficiente para una invasión terrestre, mucho se especula sobre potenciales bombardeos, si serán contra supuestos blancos del narcotráfico (e.g. galpones y pistas clandestinas) o si se aprovechará la excusa para atacar bases militares venezolanas, o incluso para intentar asesinar a figuras de alto rango. Este escenario, así busque hacer un daño simbólico que se pueda presentar como “misión cumplida”, puede fácilmente escalar y salirse de control.
La defensa de la soberanía
Frente a las amenazas, tan concretas como letales, la respuesta de los venezolanos y venezolanas, así como de la militancia internacionalista, tiene que ser la defensa de la soberanía de la nación. Es una posición antiimperialista sin tonos grises.
Esta soberanía va más allá de la bandera, el himno, el control del territorio o el rechazo a que el gobierno del país se decida en una capital extranjera. Como dice la Constitución, “la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo”, y es ese pueblo el único que tiene el derecho de decidir los destinos de la nación. Para gente chavista, como nosotros y nosotras, el reto es volver a construir esa mayoría que asuma el socialismo como horizonte político.
Hace 20 años, el imperialismo sufrió una derrota contundente en Mar del Plata. “ALCA, ALCA… ¡al carajo!” dijo el Comandante Chávez. Desde ese momento, hay muchas lecciones para este momento de tensión y peligro.
La primera es la claridad ideológica de Chávez, planteando una posición firme frente a Estados Unidos, no buscando halagar ni dialogar con el enemigo histórico. En honor a la célebre frase del Che, “al imperialismo ni un tantico así”. Otro punto importante, que no depende solamente de Venezuela, fue la unidad regional, la apuesta por un proyecto integrador en vez de la búsqueda por separado del mejor acuerdo con el hegemón del Norte.
Estados Unidos opera hoy en un giro estratégico para intentar reimponer su hegemonía en el hemisferio occidental frente a la creciente presencia de China. El control de recursos, como el petróleo venezolano, es fundamental en la preparación para la futura e inevitable confrontación con el gigante asiático.
Pero acá está en juego mucho más que los hidrocarburos, que en este contexto de bloqueo ya son sujetos a negocios menos soberanos que antes. En Venezuela se gestó un proyecto, verdaderamente transformador y anti-capitalista, incompatible con el neocolonialismo norteamericano. Solo rechazando la injerencia y la amenaza extranjera con una posición firme, en defensa de la soberanía y no negociando su entrega, podremos seguir luchando por ese horizonte.
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