[OPINIÓN] Libertarismo y fascistización social

*Por: Felipe Kohler

La creciente fascistización social que atravesamos a nivel mundial amerita un análisis detenido y continuo de la evolución de los discursos de la ultra derecha. Sin duda, la constitución de gobiernos ultra conservadores, como el del banquero neoliberal, Guillermo Lasso, son tan solo una expresión más del momento histórico que atravesamos: el capitalismo se encuentra desechando la democracia burguesa, perfilándose con una lógica que se acerca cada vez más al fundamentalismo de mercado, al mismo tiempo que vuelve a encender la mecha de la estrategia anticomunista de la Guerra Fría. La normalización de lo políticamente incorrecto vuelve a ser una táctica recurrente de la ultra derecha en momentos de crisis múltiples del capitalismo, además de la cooptación ideológica del descontento y la desesperanza de un sistema abiertamente en decadencia.

Las corrientes libertarias, promovidas por el brazo blando del imperialismo yanqui, las ONGs -y entre ellas sobre todo aquellas ligadas a Atlas Network y con afinidad a las ideas de la escuela económica austríaca- parecen perfilarse como la expresión actual de las juventudes de extrema derecha en América Latina. De una de ellas, Ecuador Libre -fundada por el propio presidente Lasso-, emergió la mitad del gabinete del gobierno actual. Estas ONGs constituyen una red intelectual de la ultra derecha con presencia en todos los países del continente, y nexos con el partido neofascista e hispanista Vox, el expresidente español José María Aznar, o el españolísimo Mario Vargas Llosa. Entre sus filas se perfilan personajes de la calada de Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente de Brasil, la influenciar guatemalteca Gloria Álvarez, la hispanista y “provida” ecuatoriana, María “Mamela” Fiallo, o el economista “rock star” argentino y posible futuro diputado, Javier Milei.

El libertarismo se destila como herencia ideológica de fundamentalistas de mercado como Friedrich A. Hayek o Ludwig von Mises. Hayek, junto al también economista e ídolo libertario Milton Friedman, habían convertido a la dictadura pinochetista chilena en su discípula y laboratorio por excelencia, desatando la doctrina del shock con toda su violencia en contra del pueblo chileno por casi dos décadas. Esta lógica, la cual detesta todo lo común y toda regulaciónestatal, predica la realización total del capitalismo a través de su “funcionamiento perfecto”, sin intromisión institucional alguna, bajo la autorregulación de la mano invisible del mercado. Al mismo tiempo, el libertarismo se enuncia desde un profundo desprecio por la estructura institucional estatal social. Toda política social pasa a ser catalogada como socialista o comunista, en una estrategia recurrente de revivir el espectro del comunismo alrededor de sus trincheras ideológicas, con el objetivo de sembrar el miedo, dividir, cooptar y conducir a su lógica maniquea. En este sentido, el libertarismo concibe a las desigualdades de todo tipo como un producto endémico de la sociedad, tildándolas incluso como elementalmente positivas y parte del “orden natural”, el cual no debe ser intervenido bajo ninguna circunstancia.

De cierta manera, el libertarismo parece indicar a un error estructural e histórico de la izquierda: la contradicción de que el reformismo no desemboca en la “igualdad progresiva” de la sociedad, sino más bien en la fascistización social de las élites económicas, la radicalización de sus discursos y la movilización de juventudes desencantadas con una izquierda tildada como vieja y aburrida, al no saber reinventarse. El anticomunismo se ha apoderado de la lógica colectiva de tal manera, que tan solo una evocación descontextualizada del comunismo desemboca -de forma irónica- directamente en la fascistización social. Sin embargo, este resultado no es producto de coincidencia, sino que justamente corresponde a la lógica del momento histórico actual. La militarización de las sociedades, la imposición del discurso securitista, al mismo tiempo que la careta liberal de la democracia y la libertad, conllevan a la reinstauración ideológica del enemigo interno, la lógica de exterminio bajo la cual se perpetraron incontables masacres y crímenes de lesa humanidad a lo largo de América Latina en el siglo XX. Desatando el exterminio anticomunista en el continente, se contabilizan cientas de miles de desapariciones y ejecuciones extrajudiciales, además de esterilizaciones forzadas, tortura sistemática, golpes de Estado, bombardeos, despoblaciones forzosas, detenciones arbitrarias y guerras internas prolongadas o perpetuas.

Como si la historia volviese a repetirse, se conjugan nuevamente condiciones materiales parecidas a las de inicios del siglo XX, a cien años de su desenlace en el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Si bien las nuevas corrientes de la ultra derecha se distancian y diferencian de los fascismos históricos del siglo pasado, la lógica inherente a ambas etapas de radicalización de la ultra derecha termina siendo la misma. El libertarismo pasa a librar la “batalla cultural” en contra de la amenaza del comunismo, volviendo a antagonizar las contradicciones de clase al punto de cooptar y capitalizar el desencanto con el capitalismo. Negando su origen residual en el capitalismo, esta corriente ideológica coopta y se encubre tras un supuesto discurso antisistema, obviando que son producto y consecuencia directa de la radicalización del propio sistema.

Al igual que el nazismo y el fascismo italiano y español, la ultra derecha se vuelve a apropiar de elementos ideológicos e incluso luchas y reivindicaciones históricas de la izquierda. Producto de la descontextualización crónica provocada por el ahistoricismo capitalista, la ultra derecha coopta estéticas, movimientos y causas en favor de la permeación de la lógica neoliberal y su funcionalidad al mantenimiento del libre mercado y el estatus quo. La cooptación de movimientos contrahegemónicos y la creación de nuevos mercados se enmarca en la lógica capitalista de expansión por medio de la repetición indefinida del proceso de reacumulación originaria. Así, el capitalismo llega incluso a vender la propia revolución.

Al igual que en los años 20s y 30s del siglo pasado, actualmente atravesamos una etapa del capitalismo caracterizada por una dinámica acelerada de convulsión social, política, económica y también ambiental, tomando la forma de una suerte de espiral descendiente. Una vez que la lógica fundamentalista de la ultra derecha, residuo directo de los desequilibrios, las desigualdades y el mismo carácter inherentemente sistémico de crisis del capitalismo se desata, su desenlace puede ser todavía más catastrófico que las propias crisis que la evocan. El fascismo se constituye como proceso fundamentalmente contrarrevolucionario, destinado, una vez más, a cooptar, desmovilizar y desarticular un momento prerevolucionario. Nos encontramos atravesando nuevamente por un momento de claroscuro, permeado por crisis que parecen interminables y por ende, mantienen a la subjetividad en un estado continuo de suspensión, alienación e incertidumbre. Este fue y vuelve a ser el caldo de cultivo de la extrema derecha.

La extrema derecha, a diferencia de amplios sectores de la izquierda y a pesar de su lectura profundamente ahistórica, capitaliza la incertidumbre actual de las crisis capitalistas a su favor. Nuestro programa, desde el método marxista y el comunismo, debe enfocarse primordialmente en una lectura detallada y consecuente del momento histórico y una debida asimilación de la seriedad que amerita el panorama actual. Sin entender la realidad material de este momento histórico y las lógicas sistemáticas que lo sostienen, la conceptualización y realización de un proyecto histórico estructuralmente transformador se vuelve imposible. Así, la historia tiende a repetirse en diversos marcos históricos, si no se llega a romper con el círculo vicioso inherente también al sistema capitalista.

Un proyecto que pretenda hacerle frente a la fascistización social y la lógica del fundamentalismo de mercado libertario, debe enunciarse en su fundamento desde el antifascismo. En este sentido y ante la radicalización de los discursos protofascistas de la ultra derecha, se vuelve necesaria la radicalización de los conceptos de la izquierda anticapitalista.

En este contexto, nuestra tarea histórica se encuentra en la confrontación ideológica, la interpelación discursiva y la generación de nuevos sentidos desde el antifascismo, el antipatriarcado, el antirracismo, el antiespecismo y en definitiva, el anticapitalismo. Esta resignificación de conceptos, métodos y luchas debe necesariamente sobrepasar cualquier bloque ideológico tanto de la propia izquierda como justamente también de la ultra derecha radicalizada. La desesperanza del capitalismo, con una lógica del “todo está bien”, debe ser contestada con un proyecto histórico fundamentado en la construcción de mundos mejores posibles, por medio de la construcción de nuevas formas de resistencia, reexistencia y organización. La izquierda debe volver a confiar en su propio proyecto histórico, despejando cualquier margen de incertidumbre que pueda articularse por medio de la ultra derecha, como también desde los sectores reformistas. Nuestro proyecto histórico, ayer, hoy y siempre, se llama comunismo.

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